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Por Alejandro Franco:
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Había una vez un respetable
fabricante de autos que sabía que su fin
estaba próximo y decidió hacer su
última movida para expirar con el brillo
de una supernova. Decidió llamar al diseñador
más famoso del mundo, le pidió que
le dibujara un auto deportivo, totalmente innovador
y que enloqueciera al público de tal manera
que saliera corriendo a comprarlo en la concesionaria
más próxima. El propósito
falló, pero el auto se negó a morir
y resurgió de las cenizas sobreviviendo
a la empresa que le dió vida por más
de cuarenta años.
Esta es la historia del Avanti.
La crisis de Studebaker
Para mediados de los años
50 el fabricante independiente de autos Studebaker
estaba en crisis. A principios de la década
le había ido muy bien, pero los tres grandes
de Detroit - la GM, Ford y Chrysler
- estaban copando el mercado con avances tecnológicos
y una febril guerra de precios.
La desesperación los
hizo cometer malos negocios. Se asociaron con
Packard, otrora fabricante de los autos
más lujosos de Norteamérica, pero
la fusión casi los llevó a la ruina.
Buscaron capitales privados, los cuales costaron
demasiado caro y, si a esto se suma el bajo volumen
de ventas y el escaso margen de ganancias que
le quedaba para tener precios competitivos en
el mercado, resultaba obvio que la Studebaker
estaba sangrando dinero.
A fines de los 50, el nuevo
socio Packard se fundió y parecía
que Studebaker iba por ese camino, hasta
que su presidente Harold Churchill decidió
despacharse con algo nuevo y surgió el
Lark, un sedán compacto económico
que le inyectó vida y dolares a la alicaída
empresa. Pero, en vez de modernizar la fábrica,
la gerencia decidió salir a invertir en
otras áreas - concretamente, en fabricas
de máquinas para el campo y en empresas
agroquímicas -, de las cuales que conocía
realmente poco. Churchill se enojó por
el giro de los negocios que habían tomado
los accionistas y fue reemplazado por el joven
Sherwood Egbert, quien se encargaría de
la diversificación de la empresa de ahora
en más. La primera decisión de Egbert
fue la de revivir la marca, y para ello debía
desarrollarse un auto deportivo que fuera revolucionario.
Para ello volvieron a llamar
a Raymond Loewy - famoso por haber rediseñado
la botella de Coca Cola y el logo de Lucky
Strike -, quien había dibujado
alguno de los más grandes éxitos
de la marca en los años 50, como el 1951
Champion "cabeza de bala"
y la cupé Starliner de 1953.
Loewy reclutó un grupo
de talentosos y se dispuso a diseñar un
auto desde cero en tan sólo 40 días
- un plazo irrisorio, considerando que las
grandes marcas tardaban más de 2 años
en concebir un nuevo modelo -. Decidido a
ser revolucionario, el equipo de Loewy dibujó
un modelo totalmente diferente a lo conocido,
y casi de porte europeo: carecía de
líneas rectas, no tenía parrilla,
era escueto en sus adornos, y visualmente era
futurista.
La gerencia de Studebaker
aprobó el auto entre gallos y medianoche,
y se dispusieron a fabricarlo ya, aunque
ello representó desprolijidades de todo
tipo en la parte de ingeniería. Se tomó
la base del Studebaker Lark y se le montó
una base de fibra de vidrio. Aunque la fibra de
vidrio era algo prometedor en aquella época,
tenía su cuota de problemas - era difícil
de pintar y carecía de rigidez, con lo
cual debia ponerse un exoesqueleto debajo, lo
que liquidaba las ventajas de su poco peso
-. Todo esto culminó en que la terminación
del nuevo auto - llamado Avanti
- dejaba mucho que desear.
A pesar de ello, el Avanti
no sólo era visualmente innovador. Tenía
barra antivuelco y los paneles estaban atornillados,
algo que era inusual para la época. Tenía
suspensión y frenos reforzados. Lamentablemente
el motor era el viejo 4.7 litros que databa de
1951, ligeramente modificado, pero carente de
potencia y excesivamente pesado.
Aún con todo ello lo
presentaron en Nueva York en 1962 y se aprestaron
a lanzarlo para el año siguiente, ya que
no lograban resolver problemas de calidad del
producto. El Studebaker Avanti salió
con un precio elevado, compitiendo con el Ford
Thunderbird y con el Corvette Singray,
autos que eran claramente superiores. La empresa
contrató a varios pilotos para ir a marcar
récords con el nuevo auto, los cuales se
usaron en la campaña publicitaria.
Pero el coche no fue un éxito.
Era caro, poco potenciado y difícil de
manejar. Una producción de 3.800 autos
en 1963 y 800 en 1964 no alcanzaron ni por asomo
a rescatar la marca tal como lo habían
planeado los directivos. Los problemas arrastraron
a Sherwood Egbert, el que había recibido
un diagnóstico de cáncer en el estómago
en dicho año, y su vitalidad comenzó
a menguar. En 1966 la Studebaker cerró
- fabricando sus últimos modelos en
Canadá - y en 1969 Egbert falleció.
Y si bien la corporación siguió
viviendo a través de los agroempresas adquiridas,
nunca más fabricó coches.
Renaciendo de entre las cenizas
Pero... no estaba todo dicho.
En 1964, sabiendo que el final estaba cerca, Nathan
Altman y Leo Newman - dueños de una
cadena de concesionarios Studebaker -
le compraron a la empresa el nombre Avanti,
los moldes, las piezas sobrantes y hasta una parte
de la fábrica original. Decidieron revivir
al Avanti como una cupé de lujo,
hecha en pequeña escala.
Si bien la fibra de vidrio
era la causante de las desprolijidades de calidad
del auto, también probaron ser su salvación:
Altman y Newman pudieron armar a mano más
Avantis debido a la facilidad de manejo
de los moldes remanentes de producción.
Así surgió el Avanti II,
esta vez con motores comprados a Chevrolet,
más livianos y potentes. Hasta el mismo
Loewy quedó asombrado con el producto,
adquiriendo uno para sí mismo en 1972.
Siguió siendo un auto
caro, costando el doble de un Ford Mustang
equipado a full y con un precio similar
al de un Jaguar tipo E. Con 200 autos producidos
anualmente, Altman y Newman vendían singularidad
y exclusividad, y aspiraban a llegar a los mil
autos anuales.
El fallecimiento de Altman
en 1976 pareció signar el fin de la empresa,
la que fue vendida a Stephen Blake 6 años
más tarde. Blake elevó la calidad,
negoció acuerdos con los concesionarios
Cadillac y planeó hacer un convertible...
pero se extendió tanto que las deudas originadas
por tantos proyectos lo sepultaron. ¿Todo
terminó allí?. No, nada
que ver.
Los restos de la empresa fueron
adquiridos por u$s 750.000 por el empresario texano
Michael Kelly, quien decidió inyectar dinero
para relanzar el Avanti, incluyendo el
demorado proyecto del convertible. En 1989 fabricaron
350 autos - la mayor producción de Avantis
en la era post Studebaker -, pero (como
pasó con Blake), se excedieron en ambiciones
y en 1991 la empresa entró en quiebra.
Pero... Tom Kellogg
- miembro del equipo original de de diseño
de Raymond Loewy - se metió en el tema,
y comenzó a hacer versiones modificadas
para los miembros de los clubes Avanti de
toda Norteamérica. Se unió uno de
los dueños de dichos clubes, Jim Bunting,
y fundaron la AVX Cars. Pero las cosas
se empantanaron y Bunting decidió vender
la AVX a Michael Kelly en 1999. Kelly comenzó
a armar Avantis en base a Pontiacs Firebird,
vendiendolos a la friolera de u$s 79.000 cada
uno. Cuando el Firebird dejó de
fabricarse en el 2002, los Avanti de Kelly
fueron adaptados usando la base de los Mustang
GT. Incluso en el 2006 estaban planeando una
camioneta SUV, basada en el chasis de la
Ford Super Duty.
Parecía que las cosas
estaban en orden, y la producción se había
trasladado a Cancún, Mexico, pero... en
el 2006 Kelly fue arrestado por el FBI bajo
14 cargos de fraude. La empresa siguió
unos meses más, pero en el 2007 la producción
quedó paralizada.
Y aunque parece el final, quizás
no lo sea. El Avanti ha demostrado ser
un auto con carisma, un producto que ha cautivado
a generaciones enteras y que los ha enamorado
de tal manera de procrear, en cada década,
a algún emprendedor dispuesto a continuar
con el proyecto, ... fabricando un coche que nació
hace cincuenta años y que ha probado ser
atemporal.
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