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Yo jugué ajedrez en mi adolescencia, y no
me fué muy mal. Un par de veces llegué
a ser vice campeón juvenil en Uruguay, lo
cual demuestra mi pasión por el juego ciencia.
Luego, el cambio de país y los avatares del
destino hicieron que me alejara del ajedrez pero
no del respeto que me produce como disciplina y
como deporte.
En esa época uno se encontraba en proceso
de formación, lo que significab que estaba
desarrollando mi propia personalidad ajedrecística.
¿Era un jugador aguerrido apasionado
por las combinaciones, o era un tipo volcado hacia
la solidez y lentitud del juego posicional?. ¿Era
un analítico de las aperturas, o mi fuerte
estaba en el conocimiento de finales?. A medida
que iba madurando, iba tomando como guía
a aquellos maestros cuyo estilo de juego admiraba
e intentaba imitar; y, en aquella época,
yo admiraba a Bobby Fischer.
Fischer fue una especie de supernova en el mundo
del ajedrez. Una estrella que brilló muy
fuerte durante unos pocos años, luego explotó
y desapareció en la oscuridad sin dejar
rastro, lo cual sirvió para tejer todo
tipo de leyendas. Desde que se había muerto
hasta que estaba internado en un siquiátrico,
o que los rusos lo habían raptado. Lamentablemente
las leyendas son mejores cuando son fantasía
que cuando se materializan, y así fue como
después de varios años uno pudo
contemplar el desabrido (y fugaz) regreso a la
actividad que el gran maestro norteamericano tuvo
en 1992. Y, por supuesto, toda la debacle que
vino después.
Sinceramente deseaba de todo corazón que
Bobby Fischer Contra el Mundo me gustara.
En la era de Internet, y en donde la información
fluye a borbotones por todos lados, parecía
que la leyende de Bobby Fischer había quedado
olvidada o inexplorada. Y cuando escuché
de la existencia de este documental de la HBO,
pensé que me daría un puñado
de revelaciones que me sirvieran para conocer
mejor a mí idolo y, lo que es mejor, para
entender por qué pasó lo que pasó.
Lamentablemente el film de Liz Garbus es demasiado
escueto en todos los aspectos: explora poco, registra
testimonios poco interesantes, y prácticamente
no cuestiona nada. Arranca con el match contra
Spassky y regresa en el tiempo a la infancia de
Fischer... y jamás termina por revelar
algo medianamente interesante.
El problema es la falta de una posición
tomada. Sin dudas es interesante ver material
fílmico del campeonato del mundo de 1972
en Islandia, o contemplar imágenes de los
primeros torneos de Fischer, pero acá faltaba
un análisis más profundo, y la decisión
de ponerse a favor o en contra del personaje en
cuestión. Todo da a entender que Fischer
vivió en una familia desgarrada y con una
madre demasiado egocéntrica, factores que
influyeron en su obsesión por el juego
(como escape) y en su conflictiva personalidad.
A medida que Fischer hacía carrera se multiplicaban
sus mañas y todo da a entender que la enorme
presión padecida por el campeonato del
mundo (vencer a los soviéticos!) hizo que
los muros mentales que contenían a su inestable
personalidad explotaran por los aires. El documental
le dedica poquísimo tiempo a la guerra
de nervios que Fischer despachó contra
Spassky, y a la cantidad de presiones, idas y
venidas que tuvo el match. Si a usted le interesa
la trastienda del evento, mejor consígase
el libro del GM David Levy, el cual es muchísimo
más abundante en detalles que el relato
lavado de los hechos que presenta el documental.
Bobby Fischer Contra el Mundo es un tibio
esfuerzo en explorar una personalidad fronteriza
y apasionante. Es tan correcta y equilibrada que
resulta insulsa, especialmente cuando llega al
momento más interesante de la vida de Fischer
y es cuando se sume en el anonimato luego de renunciar
a defender su título frente a Anatoly Karpov
en 1975. Es el momento en que este individuo brillante
se convierte en un ermitaño misántropo
y antisemita (aún cuando él mismo
era judío), unido a iglesias de dudosa
moral, huyendo de las autoridades norteamericanas
(debido a jugar un rematch con Spassky en Yugoslavia
en 1992, en el momento en que había un
fuerte embargo de la ONU contra dicho país),
y festejando la caída de las Torres Gemelas
como si fuera un cachetazo al establishment
estadounidense que quería atraparlo. Falta
información, faltan pausas y faltan juicios
de valor, y es por ello que el documental termina
por convertirse en una experiencia apenas correcta
pero insatisfactoria, ya que no complace ni a
los ajedrecistas ni a los neófitos en la
materia, rozando en la superficie de un individuo
enigmático y apasionante. |