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Dos parejas de padres se reúnen para conciliar
diferencias luego que el hijo de uno le arrancara
dos dientes de un golpe al hijo de otro. Las cosas
comienzan de manera civilizada hasta que una cadena
de hechos fortuitos comienza a provocar rispideces
entre unos y otros, y al final todos terminan perdiendo
la compostura y gritándose de manera salvaje.
Así se podría resumir, en 5 líneas,
en lo que consiste Un Dios Salvaje.
Si uno la analiza al detalle, verá que
es una obra hueca. Aún cuando se trate
de una comedia negra, en el crescendo dramático
jamás se produce un giro con lo cual los
protagonistas terminen por cambiar o descubrir
algo revelador. Para colmo, el final es tan abrupto
que a uno le da la sensación de que se
trata de una broma del director, y que en un par
de minutos la narración continuará
con un climax más satisfactorio. Pero nada
de ello ocurre.
En el hemisferio norte adoran la obra teatral
en la que se basa el filme, siendo representada
por Ralph Fiennes o Jeff Daniels, en Londres y
Broadway respectivamente. Básicamente es
un pretexto para el lucimiento de los actores,
que comienzan de manera tranquila y terminan en
un masivo ataque de nervios. Y sin duda hay diálogos
afilados y momentos graciosos, pero la obra en
si jamás termina por darle un cierre a
la situación que ha provocado.
Es posible que Un Dios Salvaje intente
ser una autopsia a lo que escondemos todos nosotros
tras nuestra fachada civilizada. Dada las circunstancias
correctas, todo el mundo puede convertirse en
un agresivo déspota capaz de disparar las
cosas más salvajes. Aquí hay
un matrimonio de clase media (Jodie Foster y John
C. Reilly) - ella, ama de casa con un trabajito
en una libreria e infulas de escritora; él,
vendedor de herrajes - que confronta a una
pareja de clase alta (Kate Winslet y Crhistoph
Waltz) - ella, asesora de una firma; él,
un despiadado abogado defensor de los intereses
más turbios de las grandes corporaciones
- por un incidente escolar ocurrido entre
los hijos de ambos. Mientras que al principio
todo va demasiado formal (por culpa del personaje
políticamente correcto de Foster), las
cosas se disparan cuando al abogado que compone
Waltz se le termina la paciencia y la diplomacia,
y saca a relucir sus afilados dientes. Lo que
sigue es una catarata de acusaciones mutuas y
análisis cínicos de cada uno de
los personajes, lo que desemboca en una carnicería
generalizada cuando entra a jugar una botella
de whisky en el medio.
Las perfomances son excelentes - y entre semejante
nivel se destaca John C. Reilly, al que le tocan
en suerte las líneas más jugosas
del libreto -, y la dirección es buena.
El problema es el material de base, que se engolosina
en los fuegos de artificio de la retórica
y no provee ninguna conclusión satisfactoria.
Pero, si a usted le gusta ver un gran ejercicio
actoral y entretenerse un rato con algunas salidas
mordaces, Un Dios Salvaje le dará
un rato placentero, aunque el balance final resulte
inconcluso. |