Cine, TV, Video: crítica: Una Guerra Privada (2018)

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Ignorada por los Oscars, este alegato antibélico acerca de los horrores de la guerra – y cómo calan hondo en el alma de una cronista de guerra – merecía mucho mas reconocimiento, especialmente por el tour de force de Rosamund Pike.

Cine, TV, Video: crítica: Una Guerra Privada (2018)

Por Alejandro Franco – contáctenos

Si alguien creara un puesto de trabajo en el mismísimo infierno, siempre habrá alguien dispuesto a ocuparlo. El por qué es la gran incógnita, la pregunta desesperada por una respuesta y que sólo puede entenderse en términos personales. En A Private War no sólo tenemos la crónica de un corresponsal de guerra – trabajo ingrato si los hay – sino que tiene el plus de ser mujer. ¿Qué es lo que lleva a esta mujer a ponerse en la primera fila de las balas y las explosiones, sondeando en una guerra tras otra… en un infierno tras otro?. El filme ensaya diversas teorías y hay palabras precisas de la misma Marie Colvin – una norteamericana que vivió en Inglaterra y se volvió un prócer de la prensa británica -, pero la respuesta es única, secreta y personal.

La prensa la ha alabado, la gente la considera un panfleto (al menos por lo que uno ve en las críticas de usuarios norteamericanos de la IMDB), pero nadie establece un punto de vista objetivo. Marie Colvin es una persona desagradable – desaliñada, alcohólica, fumadora empedernida… su femineidad es casi inexistente a excepción de los escasos momentos donde regresa a la civilización y se viste de gala para recibir innumerables premios por su obra -, pero no es una misántropa. Por el contrario, ella cree en que su misión es darle voz a las víctimas de la guerra sin importar bandos ni ideologías. La guerra destroza pueblos enteros, familias…. y es un espectáculo dantesco tan poderoso que a Marie le resulta imposible sacar la vista. Ella estaría en condiciones de retirarse, de buscar un puesto en un escritorio – su carrera es impresionante – pero no puede estar quieta; regresa compulsivamente una y otra vez a los escenarios de pesadilla que la persiguen durante el día y la noche. En mas de un sentido, la Colvin de Rosamund Pike es un clon del personaje de Jeremy Renner en The Hurt Locker: no conocen otra vida, no pueden vivir en otro lado, su hogar está entre medio de las explosiones, la sangre y los edificios destruidos. Pero al contrario de Renner, a la Colvin de Pike la amargura la devora y en el transcurso de diez años se convierte en una sombra de lo que era: desgreñada, tuerta, esquelética, con la voz ronca por el alcohol y el cigarrillo, ese esqueleto viviente sólo revive cuando siente las balas zumbando sobre su cabeza. No, no, esa mujer definitivamente no está bien pero… ¿cómo detenerla?.

La protagonista habla del miedo… pero ella no lo tiene. No es inmune al dolor ajeno – puede deshacerse en lágrimas al ver los cadáveres de los niños destrozados en Irak o las niñas violadas en Libia por las milicias de Ghadafi -, pero es capaz de dispararle preguntas suicidas al dictador libio a boca de jarro, o de meterse a hacer un reportaje en un edificio que están bombardeando. Es temeraria pero también inconsciente, su búsqueda de la verdad pone muchas veces en peligro al equipo que la respalda – un sutil y excelente Jamie Dornan -, porque la mujer se sale de la vaina, no sigue las rutas defendidas por las fuerzas aliadas y se adentra solita en los caminos mas prohibidos. Al final la reportera se ha convertido en un fantasma, enviciada con exponer la verdad hasta el punto de desestimar advertencias sobre emboscadas y ataques que hay en su zona. Ella se ha convertido en los ojos de los lectores del primer mundo, atragantándolos con su desayuno dominical al exponer en primera plana las imágenes de masacres de las guerras de turno; pero el privilegio de la exclusividad también le ha quemado el cerebro y no hay nada en el mundo que pueda borrarle la impresión del espanto. Como le dice el personaje de Dornan en un momento, “tienes mas guerra encima que muchos soldados”.

La perfomance de Rosamund Pike es potente, aunque hay un par de momentos en que la decrepitud queda al borde de la caricatura (especialmente cuando muestra a la Colvin consumida en sus años finales). La entrega de la actriz es total e irreprochable. Que A Private War haya quedado fuera de la carrera del Oscar es un sacrilegio que pareciera atender a un motivo político – la carrera de Colvin abarca las invasiones de Afganistán, Irak, la Primavera Arabe y la Guerra Civil Siria – que la Academia no quiere asumir en este momento ni, mucho menos, darle pantalla. Es una lástima porque la perfomance de Pike es encomiable y el libreto tiene su cuota de aciertos. Definitivamente no es un filme para cualquiera, pero sí uno sólido, destacable e inteligente.

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