Cine, TV, Video: crítica: Entre Vino y Vinagre (Wine Country) (2019)

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Los bodrios prosperan en Netflix y ahora es el caso de esta comedia con ribetes dramáticos, en donde un grupo de ex alumnas de SNL se pasa de rosca y desmadran el show frente a una directora inexperta que no sabe como disciplinarlas y ponerlas al servicio de la historia.

Cine, TV, Video: crítica: Entre Vino y Vinagre (Wine Country) (2019)

Por Alejandro Franco – contáctenos

En general Saturday Night Live no se caracteriza por el equilibrio – cuando la pegan, hacen algo genial; sino, todo es exagerado y hasta grotesco -, y lo mismo puede aplicarse a sus alumnos. Surgieron valores perdurables y otros increíblemente anodinos y molestos – desde Chevy Chase a John Belushi -, pero al menos Amy Poehler y Tina Fey venían zafando con altura, probando que lo suyo era el análisis fino de las situaciones diarias en vez de la caricatura y salvándose del estigma SNL. Pero acá Poehler quiere lanzar mas alto de lo que le da el brazo y termina haciendo una especie de Sideways con estrógenos, donde las observaciones son redundantes, no hay prácticamente historia ni conclusiones válidas, y la gracia brilla por su ausencia a pesar de reunir a seis comediantes de talento para la obra. Y vista la chapa de Netflix, qué mejor manera de calificarla de “otra mediocridad subsidiada por Netflix, que sólo busca vender con la chapa del casting en vez de conseguir un libreto potable”.

Grupo de cuarentonas en crisis se reúnen, después de muchos años, para emprender un viaje al “país del vino” – la región de Napa en California -, en donde pueden emborracharse, sacarse las frustraciones de encima y festejar el cumpleaños número 50 de una de ellas (Rachel Dratch). Pero el viaje deja al descubierto sus debilidades y las induce a un estado de revelación donde descubren el verdadero sentido de sus vidas… o al menos esa es la intención del filme porque, en los fotogramas, no aparecen materializadas por ningún lado. No solo porque la honestidad brilla por su ausencia en el libreto – son todos estereotipos exagerados: la pasada de rosca, la lesbiana zarpada, la sicóloga extremadamente analítica que lleva una vida de porquería a pesar de darle consejos a los demás; la que vive para su carrera; la figurita anodina y anónima; la miedosa que, para colmo, está a la espera del resultado de una prueba sobre un posible cáncer de mama -, sino porque no hay historia de fondo sino una excusa para la exageración y la improvisación. Estos personajes pasan por 10.000 temas por hora y no llegan – en ninguno de ellos – a ninguna conclusión importante, y lo único que tenemos son gags físicos sin demasiada gracia. Todo es muy trivial y te da la impresión de que el equipo de producción aprovechó la plata de Netflix para financiarse un viaje a las bodegas californianas en vez de aplicar todo el esfuerzo en el libreto e intentar decir algo interesante.

Al menos Tina Fey zafa porque lo suyo es un cameo extendido, pero el resto deja mucho que desear y ninguna deja una impresión positiva. Como los chistes que dan en el blanco aparecen en cuentagotas – aquí y allá – el filme aburre y se vuelve frustrante. Quizás la mayor culpa no sea del cast sino de Amy Poehler como directora, la cual respeta demasiado a sus amigas / ex compañeras de SNL como para disciplinarlas y ponerlas al servicio de la historia. O quizás sea porque la historia – este viaje está basado en otro que las actrices vivieron hace una década y que, al parecer, les cambió sus vidas – no tenía las cualidades suficientes como para ameritar una película, con lo cual todo se hunde en el estiramiento, la banalidad y la falsa profundidad de unas conclusiones que no terminan por interesarle a nadie.