Historias de vida: acerca de la timidez

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Estar en un estado de represión nos impide vivir una vida plena. Atreverse a cruzar el límite y ganar independencia de decisión es el primer paso para salir de la prisión mental que nos hemos auto impuestos y que nos impide ser libres y felices.

Historias de vida: acerca de la timidez

Por Alejandro Franco – contáctenos

Yo era un niño tímido.

Cuando comienzo las frases así, me hace acordar – a mi señora y a mí – aquel sketch de Les Luthiers sobre el predicador Warren Sánchez, un chanta que siempre tenía testigos comprados de sus milagros, y cuyos testimonios comenzaban diciendo “yo era un  pobre infeliz…”.

Pero sí, yo era – y sigo siendo aunque en menor parte – tímido.

Según la Wikipedia, la timidez es un trastorno del comportamiento que afecta las relaciones sociales. Es una sensación de inseguridad constante que te hace callar cuando tenés que decir algo, te impide actuar como querrías, y te coarta las relaciones con tu entorno: no sabés acercarte a quien te interesa, te cuesta integrarte a un grupo… Todo esto tiene un costo: el personal, que es una sensación de frustración constante y una soledad irremediable – apenas tenés un par de amigos -, y uno social, que es que la gente no te entiende y te considera agrio y antipático. Y cuando uno se comporta de manera reservada, es presa fácil de matones y acosadores, los bullys que le dan nombre al bullying (y, por qué no, el mobbing; porque el rechazo a la gente “rara”, callada, no se circunscribe a los círculos sociales de tu infancia y tu adolescencia; los adultos – que padecen el desequilibrio de la soberbia y el exceso de poder – también caen en la discriminación y el acoso, sea en círculos de conocidos y/o en el trabajo mismo).

No tengo recuerdos de mi mas temprana infancia como para saber si yo tenía otra personalidad (o era mas desinhibido) antes del divorcio de mis padres, el cual ocurrió cuando yo tenía 7 años. Lo que sí se es que el divorcio fue la bomba atómica que afectó mi vida y despertó mi timidez, la cual comprimió buena parte de mi existencia hasta los veintipico de años.

Si la falta de mi padre me hacía sentir un extraño – hablamos de hace mas de 40 años, cuando el divorcio estaba visto como una rareza; hoy en día las tablas se han dado vuelta y lo raro es encontrar a alguien casado luego de mas de 10 años de matrimonio -, la sobreprotección de mi madre terminó por resultar asfixiante. Toda madre ama a su hijo y quiere que el mundo no lo dañe, pero también es cierto que uno debe llevarse algunos porrazos en la vida para aprender y entender de qué se trata. Es como la bicicleta; al aprender a usarla, siempre te vas a caer al principio pero luego terminás por andar. Ahora, si vivís en una probeta, con alguien interponiéndose todo el tiempo para defenderte, elegir tu ropa, tu comida y tus gustos, nunca vas a poder despegar, descubrir quién eres en la vida.

Ciertamente la timidez se vuelve preocupante si pasa mucho tiempo y no sabés cómo lidiar con ella. Yo he ido descubriendo cosas con el tiempo que me ayudaron a entenderla y sobrellevarla. Si eres tímido/a, lo primero que debes saber es que no hay nada mejor que volar por tí mismo. Ser independiente, tomar tus propias decisiones. Cuando tenía 18 años vivíamos en Uruguay en condiciones muy humildes, y mi madre y mi tío descubrieron una oportunidad de trabajo en Argentina, algo que nos permitiría vivir mucho mejor y sin carencias. Para ello mi madre se vino a Buenos Aires y, antes de irse, me dió un curso rápido de unos pocos meses para aprender a cocinar, mantener la casa y pagar las cuentas. Ella me mandaría un giro de u$s 100.- por mes (en esa época, era un montón de plata) y, de pronto, me vi solo e independiente, saltando al agua con apenas un par de clases para aprender a nadar.

Desde ya los primeros tiempos fueron terribles. Hacer la cola en un banco para pagar las cuentas (rodeado de extraños) era una tortura. ¿Tomar el colectivo solo?. Siempre cuento lo mismo: estaba tan acostumbrado a que mi madre hiciera todo por mi que estuve una hora en la parada del ómnibus para animarme a levantar el brazo y hacerle señas para que pare.

Oh, sí, la timidez en su grado extremo es una tortura constante.

Pero ése fue el año del verdadero despegue. Primero, porque me había metido en un círculo de ajedrez – en donde me defendía bastante bien y llegué a jugar la final de dos campeonatos nacionales juveniles – y había hecho un grupo de amigos grande. Claro, cuando tienes un motivo común de charla y ves las mismas caras varias veces por semana, es fácil adaptarse y encontrarse entre pares. Salíamos en barras, comíamos pizza y tomábamos cerveza, era una gran vida. Segundo, porque salía solo, me manejaba los horarios, cuidaba una casa, hacía las compras y me cocinaba, me lavaba la ropa, manejaba el dinero y los estudios… tenia todas las responsabilidades de un adulto. Fue uno de los años mas felices de toda mi vida.

Pero, claro, la condición era terminar el secundario y venirse a la Argentina, y cuando se cumplió sufrí un retroceso enorme. No sólo había perdido amigos e independencia, sino que me dí cuenta de que el factor preponderante en mi timidez eran las obsesiones y el excesivo control de mi madre. Volví a salir solo, pero no tenía quien me acompañara. Fuí a los círculos de ajedrez de Buenos Aires, pero era un clima muy seco y serio y no lograba adaptarme. No me hallaba, no tenía amigos, no tenía manera de hacerlos porque trabajaba con mi tío en un empleo en donde todas eran empleadas. Y para esa altura, mi cultura de vivir en una probeta me inhabilitaba para acercarme con éxito a cualquier chica.

Si la independencia que tuve a los 18 años fue el adelanto (el trailer) de lo que podía ser mi vida, yo quería recuperarla a toda costa y por eso decidí plantar bandera a los 22 años. Claro, fue una rebeldía adolescente tardía pero rebeldía al fin. Decirle a mi madre lo que no quería hacer – por ejemplo, no seguir con mi carrera universitaria, conseguir una novia y amigos, vivir la vida y disfrutar del dinero de mi salario – fue todo un revuelo. En teoría yo tenía una vida prolija y ordenada, era muy bueno estudiando y todo parecía destinado a convertirme en un profesional de éxito con un buen pasar económico; en la realidad yo era una persona desgraciada, viviendo una vida que no era mía (o que decidí sin demasiada convicción) y sin haber disfrutado las mieles de lo que todo adolescente vive. En aquel entonces había descubierto la computación – primero por el trabajo, después por los juegos – y descubrí que eso era lo mío. Y yo, que había sido un estudiante de excelencia durante toda mi vida, me había “rateado” (faltado) a todas las clases del primer cuatrimestre en el cuarto año de la carrera de contador. Me iba solo a caminar, a los cines, a las salas de videojuegos… definitivamente estaba en crisis: no era feliz, quería hacer cosas diferentes, quería vivir experiencias y, sobre todo, quería tomar las riendas de mi vida. En aquel momento tenía un gran amigo y compañero de trabajo a mi lado, y durante meses de charlas (y tomando su experiencia como base, porque él también había dejado el estudio), un día me animé a decirle a mi madre que abandonaba la carrera universitaria y que quería recuperar mi libertad. Para qué, era como si hubiera estallado la Tercera Guerra Mundial.

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Mi madre era en absoluto una persona mala. Era generosa y tenía bueno humor, pero también era demasiado metiche en todo, y eso la metió mas de una vez en problemas. Ahora yo había pegado el portazo y, harto de mi timidez, decidí que era hora de vivir aventuras. Era abril de 1990 y fue uno de los momentos mas memorables de mi vida.

Y cuando descubres el sabor de la independencia, es cuando te animas a mostrarte tal como eres en todo tu potencial. Eres libre y te puedes desinhibir sin dramas. De viejo (a los 23 años!!) tuve mi primera novia. Y luego mi segunda. Y después me volví un picaflor con todas las chicas del trabajo. Y después conocí a mi esposa y me casé y nos fuimos a vivir juntos a nuestro hogar. Y si la vida quiso probarme una vez mas sobre mi timidez – que estaba mucho mejor, pero que seguía flotando en el aire; cada vez que empezaba un trabajo nuevo, pasaba meses antes de animarme a hablar con mis compañeros y hacer amigos -, sería en una de las tantas ocasiones en que me encontré desocupado y me postulé para un trabajo en una empresa que fabricaba sistemas. Claro, toda la vida refugiado en una computadora como un nerd, pensaba que me darían un puesto de soporte… pero al gerente le gustó mi currículum surtido – con experiencia contable, liquidando sueldos, operando y programando sistemas – que decidió que iba a ser mucho mas útil como vendedor de software.

Y de pronto estaba en gigantescos salones de reuniones, rodeado de gerentes que me llevaban 20 años o mas de edad, y explicándole a todos lo que hacía el sistema que vendía en la pantallita de una laptop monocroma, y respondiendo a decenas de preguntas al unísono sobre distintas funciones del software. Al principio era aterrador, y luego me volví canchero. Incluso llegué a dar un breve seminario sobre sistemas de facturación para supermercados en un salón de reuniones en el edificio de IBM de Retiro… y rodeado de diez gerentes de supermercados medianos y grandes que estaban ávidos de respuestas.

Si la primera lección sobre como vencer a la timidez es la necesidad imperiosa de ser independiente (y aprender a tomar tus propias decisiones y descubrir tus propios gustos, conocerte a ti mismo), quizás la segunda lección sea que te animes a hacer algo que nunca harías y que requiere que seas totalmente desinhibido. Es cierto, en mi caso fue una terapia forzosa – si no aceptaba ese trabajo, no sé de qué hubiéramos vivido en aquel momento -, pero hay otros métodos menos traumáticos y mas voluntarios que puedes encarar, como ir a una academia de baile, hacer teatro o cantar en una sesión de karaoke. Es ir mas allá del límite que te has autoimpuesto, y descubrir que aun tienes margen para hacer mas cosas… y que, pasada la vergüenza inicial, todo va cuesta abajo, sin esfuerzo, fácil y hasta puedes disfrutarlo. No, aún tengo rezagos de mi timidez en mi interior, pero soy una persona mucho mas realizada y feliz de lo que era en mi adolescencia o a mis veinte años. No dejes que la timidez te arruine la vida; doblégala, ve a donde nunca antes te animaste a ir, haz cosas que jamás te hubieras animado a hacer, descubre que el corset interior es mental, imaginario y que puedes romperlo en cualquier momento. Porque precisas ser libre para ser feliz y la timidez son unas cadenas imaginarias que te impiden hacerlo.

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