|
Jennifer era una pequeña
de nueve años que gustaba de pasar sus
ratos libres jugando y subiéndose a los
árboles. Pero un día comenzó
a quedarse en casa y, después de varias
jornadas, su madre la interrogó. Jennifer
rompió en llanto y le contestó:
- Tengo miedo que el tío
Calabaza quiera jugar otra vez a las escondidas
conmigo.
"Tio Calabaza"
era el apodo que le habían puesto los niños
del barrio al guardia del parque, un hombre al
cual le faltaba un diente delantero y que gustaba
de hacer muecas, lo que le daba el aspecto de
una calabaza de Halloween. Cierta tarde el hombre
había persuadido a la niña para
que jugase con él a las escondidas.
- ¿Y qué pasó
entonces? - le preguntó la madre a
la niña.
- El tío Calabaza
me acarició allá abajo - explicó
llorando Jennifer.
"Quedé paralizada"
cuenta la madre. "Seguí hablando
con mi hija y me enteré que el guardia
se había limitado a tocar los genitales
de mi niña por encima de la ropa, sin hacerle
ningún daño físico".
"Luego la estreché entre mis brazos
y le dije que muchos adultos (no muchos, pero
sí algunos) hacen con los chicos ciertas
cosas que no deberían. Le pedí que
se tranquilizara, que estaría a salvo,
y que su padre y yo nos encargaríamos de
que el tío Calabaza no le volvería
a hacer nada parecido".
El ultraje infantil es
un tema que a nadie le gusta tocar, pero la madre
de Jennifer actuó como corresponde; creyó
en el relato de su hija y le dijo que había
hecho bien en decírselo.
Los especialistas declaran
que el daño síquico que se produce
cuando los padres no le creen o no escuchan a
sus hijos es aún mayor que el producido
por el incidente mismo. Es mucho más
común de lo que uno piensa, que los padres
tomen la actitud de que se tratan de imaginaciones
o mentiras. Y la negación es aún
mayor cuando el responsable resulta ser amigo,
conocido o familiar de los padres... lo cual es
cierto en una abrumadora mayoría de los
casos.
El ultraje sexual no es algo
raro. Ocurre en todos los grupos económicos
y raciales. En un estudio realizado en Estados
Unidos en 800 estudiantes universitarios reveló
que un 19% de las chicas y un 9% de los varones
sufrieron al menos un ataque sexual durante su
niñez.
Por desgracia sólo tiende
a denunciarse los casos menos traumáticos
(como que un desconocido se le exhibe desnudo
a una criatura) y no los peores, aquellos en donde
la víctima termina en la sala de urgencias
de un hospital. Cuando los padres descubren
que sus hijos han sido ultrajados, se sienten
aliviados si el incidente no llegó al coito
y, por ello, minimizan su trascendencia.
Esto se suele llamar como el
síndrome de "aquí no pasó
nada", y esto alcanza tanto al que se
mostró desnudo ante un menor, lo acarició
o incluso le practicó sexo oral. Mientras
no haya penetración, todo está bien.
Pero todo incidente sexual
con un menor es una agresión que repercute
en la estima de dicho menor. La intimidad del
pequeño ha sido violada. El o ella han
sido forzados a hacer algo que le produce un profundo
sentimiento de vergüenza y confusión.
Como los padres se sienten
confundidos y no saben qué hacer con la
criatura ultrajada, resulta necesario que recurran
a profesionales capacitados que los asesoren para
afrontar estas situaciones. Lo importante es que
los padres crean en sus hijos cuando éstos
les informan de estos incidentes. Muchos adultos
creen que los niños inventan casos de ultraje;
pero los cierto es que la estadistica ha probado
de que los niños no son capaces de exagerar
la gravedad de dichos incidentes.
En el caso de la adolescencia,
los sentimientos pueden ser confusos. El descubrimiento
de la sexualidad, el uso de ropas y maquillajes
provocativos le pueden dar la sensacion al menor
de que ellos contribuyeron de alguna manera al
ataque. Y a veces los padres son reacios a
tocar estos temas, por temor a provocar en ellos
pensamientos alarmantes o, en el peor de los casos,
generar una actitud de encierro y rechazo por
parte de los adolescentes. Sin embargo hay varias
maneras de generar la apertura, preguntando cómo
fue su dia en la escuela (o el secundario) y dando
la oportunidad a que el menor pueda explayarse
en sus propios términos.
Los padres deben estar atentos
a los cambios repentinos de conducta en sus hijos
y la posibilidad de que un incidente sexual pueda
haber sido la causa. Por ejemplo, una madre que
verificó que su hijo - al regreso de una
temporada de campamento - comenzó a tener
pesadillas y a negarse a ir a dormir si no le
dejaban la luz prendida. Al comenzar a sondear,
el hijo le contó a la madre que, luego
de relatar cuentos de fantasmas, los consejeros
se metían en la misma bolsa de dormir con
los chicos durante la madrugada.
Como la mayoría de los
atacantes son varones, resulta de fundamental
importancia la actitud del padre frente a la situación,
ya que es el referente masculino que posee el
menor. Es necesario que el chico / chica recuerde
que no todos los hombres son iguales al que lo
ultrajó.
Si usted se ha enterado de
que su hijo ha sufrido un ultraje, adopte las
siguientes medidas recomendadas por los especialistas:
- Ofrezcale al niño
consuelo y manifieste tristeza por lo ocurrido.
- Asegúrele al pequeño
que hizo bien en contar lo sucedido. La
mayoría de los atacantes sexuales amenaza
a la víctima para que guarde el secreto.
Con sólo manifestarlo, el menor se quita
una enorme carga de vergüenza y temor.
- Deje bien establecido
que la culpa es del atacante y no del menor.
Use la analogía de que el atacante
es un ladrón y que no todos los adultos
actúan de igual manera.
- Convenza al niño
de que el atacante será castigado.
Si el ofensor es un amigo o pariente, la accion
legal será muy difícil. Pero los
registros policiales demuestran de que el ultraje
rara vez es delito de una sola ocasión.
A la larga o a la corta será descubierto
nuevamente y obtendrá el castigo que
se merece.
- Los padres deben llevar
a su hijo a una revisión pediátrica.
Quizás el incidente no haya pasado
de un manoseo pero, si hubo penetración,
el especialista puede revisar al chico y detectar
si hubo contagio de alguna enfermedad venérea.
El otro punto es el de la
ayuda sicológica. Si no hubo violencia
física y si los padres pueden hablar del
incidente con el niño sin reservas, quizás
no sea necesario recurrir al sicólogo.
Pero si usted o su hijo se siente incómodo
de hablar del tema, es necesario que intervenga
un terapeuta especializado en esta clase de temas.
Los padres deben suministrar
información preventiva a sus hijos. El
viejo consejo de no aceptar nada proveniente de
desconocidos ha perdido efectividad, gracias a
que el grueso de los agresores suelen ser amigos
de la familia o parientes de la misma.
Sin generar una sensación
de paranoia constante en el chico, prevéngalo
de cualquier contacto físico que pueda
perturbarlo. Que aprenda a diferenciar entre una
normal manifestación de cariño y
una indeseable caricia sexual.
El objeto de discutir tales
temas es darle la confianza suficiente para que,
cuando llegara el caso, se sientan seguros de
recurrir a sus padres para decirles lo que les
ha ocurrido. Lo importante es que los pequeños
jamás acepten la promesa forzada y/o amenaza
de que el incidente es sólo un secreto
entre él y su agresor. El guardar dicho
secreto puede resultar mucho más perjudicial
que la agresión en sí, además
de dejar en las sombras un acto de inhumanidad
e injusticia. |