| Por
Giselle Uset : gismia@hotmail.com
Si tomamos como tema la Convivencia es porque efectivamente
no es fácil. El convivir es un arte y no todos lo conocen,
y de los que han aprendido sus reglas, muchos no la ponen en práctica.
Se da demasiado a la ligera la suposición de que el mundo
de relación con los otros es algo espontáneo, algo
natural, que no debe ser modelado, reconducido y, por supuesto,
aprendido.
El aprendizaje de las relaciones sociales se circunscribe únicamente
al mundo de los niños: estos si deben aprender unas normas
de comportamiento que los integre sin traumas en el mundo de los
adultos. Pasada esta edad se considera -equivocadamente- que el
aprendizaje ha terminado y que el adulto cuenta con los conocimientos
necesarios para hacer frente a toda la complejidad del tejido social.
Tal vez sea así para algunos, pero serán casos excepcionales;
el resto de los hombres, para no fracasar en nuestro convivir necesitamos
de vez en cuando reflexionar sobre nuestra propia conducta: sacar
experiencias, proponernos nuevos modelos a seguir. La espontaneidad
casi siempre es mala, arrolla todo lo que tiene por delante; sólo
después, pasado un tiempo, se ven las consecuencias que esta
forma irreflexiva de vivir trae consigo. La sencillez es otra cosa
distinta, no debe confundirse con la espontaneidad. La sencillez
sabe de censuras que se atienen a las normas más elementales
de educación. La espontaneidad, en cambio, salta por encima
de todo lo establecido: solo existe un valor, el que yo lo pienso
o lo siento así.
Cuando la vida empieza a andar por el derrotero del subjetivísimo
exarcebado, pronto surgirán problemas en el horizonte
de la convivencia. Los demás tienen en común muchas
cosas con nosotros, que nos hacen felices, que afianzan ese lazo
de unión con ellos. Es que el hombre como ser social que
es no puede dejar de abrirse a los demás. En el diseño
de su personalidad hay este rasgo de compartir la vida con sus semejantes.
Pero, igualmente, es verdad que a este deseo de compartir se oponen
obstáculos, que provienen de la propia individualidad que
no termina de integrarse en el contexto social al cual pertenece.
Es entonces cuando se hace necesaria -como acabamos de decir- una
reflexión que reconduzca nuestro comportamiento a las claves
de verdad y bien. Pero hablar de verdad y bien como metas a realizar
no es una tarea fácil. La convivencia esta muy necesitada
de estos dos valores para que no se destruya.
Sin la verdad la convivencia se hace imposible. La verdad
es el gran presupuesto de todas las relaciones sociales. Sin embargo,
el que sea (teóricamente) no quiere decir que de hecho se
establezca como realidad. Si la verdad reinara en nuestra convivencia
como un valor indestructible, esta resultaría evidentemente
más fácil. Muchas de las dificultades que se plantean
en nuestro trato con los otros tienen su origen en medias verdades
o mentiras más o menos maquilladas. La verdad, además
de hacernos siempre mas libres, nos acerca también más
a los otros. Pero esta verdad ha de ser compatible con el bien:
sin esa disposición de ánimo de benevolencia para
los demás no es posible la convivencia. No ya que se haga
difícil, sino que se convierte en imposible. El desear y
el hacer el bien a los demás es el punto de partida y de
llegada de la convivencia. Si no hay este deseo de querer para los
demás lo mejor, la convivencia se convierte en una falsedad,
y convivir se hace difícil.
El arte de la convivencia.
¿Por que decimos que la convivencia es arte? Lo decimos
porque la buena convivencia no es algo que nazca espontáneamente
de los que la componen. No. Convivir supone muchos conocimientos
que hay que saber manejar en su momento oportuno: por eso su condición
de arte.
Se equivocan quienes piensan que la convivencia surge de la suma
de espontaneidades. La espontaneidad tiene en algunas ocasiones
su papel en nuestra relación con los otros, pero un papel,
qué duda cabe, muy limitado. No todo lo espontáneo
es bueno para nuestro vivir con los demás. Si cierta espontaneidad
garantiza un trato sencillo y desenfadado, también es origen
de muchos problemas, que podrían haberse evitado de haber
tenido un mayor control de la propia conducta. No todo lo que
se puede hacer y decir, debe hacerse y decirse. En discernir
entre lo que se puede y debe radica el acierto, el éxito
de nuestro comportamiento y, por tanto, de nuestra convivencia.
Hay reglas, normas, pautas que sabia -podríamos decir artísticamente-
manejadas nos ayudan a que nuestra sensibilidad, y mas concretamente
nuestra convivencia, ande por caminos seguros sin tropezar con demasiados
obstáculos. Por acertada que sea nuestra actitud ante los
demás, por muy contrastada que esta esté, es inevitable
que esporádicamente surjan dificultades, fracasos. Pero aun
en esos casos será fácil remontar esos obstáculos
y volver a la normalidad.
Hace muchos años en los Colegios se estudiaba la asignatura
de Urbanidad, y con este aprendizaje se intentaba erradicar la mala
educación, porque ésta dañada la convivencia.
El mal educado termina siempre por molestar, en un primer momento,
puede que tenga gracia; después, provoca irremisiblemente
el rechazo: hay que estar de muy buen ánimo para aceptar
sin molestarse comportamientos groseros. De todo lo dicho anteriormente
se deduce que atenerse a una determinada regla de urbanidad facilita
el trato de los unos con los otros haciendo amable la vida. Se ha
criticado, en alguna ocasión, que la urbanidad enfría,
que mata las relaciones sociales, y partiendo de este presupuesto
se ha hecho una apología de una falsa naturalidad que todo
lo permite. Estamos de acuerdo en que sujetar a la conducta a un
sinfin de reglas es algo engorroso, que termina por cansar, y lo
que es peor, desemboca en la hipocresía. Pero al afirmar
que la urbanidad es necesaria, a la vez estamos poniendo veto a
todo tipo de conductas artificiosas que complican innecesariamente
la vida. Siempre en la vida hay el dilema entre el poder (hacerse)
y el debe (hacerse). Aceptar cuando lo que se puede, se debe
es un arte que requiere del uso de la inteligencia, de la sensibilidad
y de la cultura. Hay que manejar sabiamente en momentos concretos
normas universales, haciendo uso de la epiqueya cuando esta sea
necesaria.
Por supuesto que estas normas de las que estamos hablando pertenecen
a un código cultural y son revisables; pautas de conducta
de ayer ya no sirven para hoy. De acuerdo. Pero descalificar a unas
no supone eliminar a todas. Es mala, desde luego, como norma de
conducta, la artificiosidad en las relaciones sociales, por que
nos alejan de los otros, interponen barreras que impiden un trato
confiado y sencillo. En algunas épocas se ha abusado, efectivamente,
de este complicado entramado en que la urbanidad se resuelve. La
persona quedaba apresada, encorsetada por estas reglas, que lejos
de facilitar el éxito en la convivencia, obtenían
todo lo contrario: un envaramiento digno, en todo caso, de ser admirado,
pero no querido. Y ahí radica su fallo: en matar con las
formas el contenido del amor, que debe estar presente en toda convivencia.
La gente se lleva bien con los otros en la medida que los ama, el
amor es el gran catalizador de todas las deficiencias que se pueden
dar en nuestro vivir con los otros. |