Historia argentina: la historia del Proyecto Huemul

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Historia argentina: la historia del Proyecto Huemul

Por Alejandro Franco – contáctenos

¿Por qué la Argentina nunca ha podido transformarse en potencia?. La respuesta es simple: por los gobernantes de turno. Sean políticos o militares de facto, hayan llegado a través de elecciones transparentes o compradas, tengan el signo político que tengan… todos ellos se han caracterizado por dejar un rastro de destrucción, corrupción y proyectos monumentales inconclusos. El deseo de perdurar en el tiempo – la utopía de la eternidad – los ha llevado a embarcarse en proyectos faraónicos que, si no han servido como excusa para llenarse los bolsillos, al menos han estado basados en ideas mal pergueñadas. Y lo peor de todo es que el mandatario siguiente – fuera quien fuera, incluso del mismo signo político del gobernante anterior – venía, paralizaba el proyecto en proceso o simplemente lo demolía, y se dedicaba a construir su propia monstruosidad para desatar un ciclo que no tenía fin.

La dura realidad es que la historia argentina está plagada de anécdotas exóticas como la que ahora nos ocupa, en donde un científico nazi le vendió a Perón la idea de generar fusión atómica de manera compacta e ilimitada, una idea tan deslumbrante como descabellada que terminó por seducir al General, el cual estaba mas que deseoso de convertir a Argentina en una potencia regional de poderío tan formidable como inigualable.

Un austríaco flojo de papeles

Todo empieza en 1946. Intelectuales y universitarios detestaban a Perón y sus métodos, y cuando éste gana las elecciones lo primero que hace es una masiva purga universitaria. Pone en la calle a 1.500 docentes – la élite científica de la Argentina -, los cuales salen disparados a México, Estados Unidos y Europa en busca de oportunidades laborales y un clima político mas tranquilo. Perón puebla los cargos vacantes con títeres – comisarios politicos de escasa formación intelectual -, lo que termina redundando en una drástica baja de calidad de la educación universitaria. En otros casos ni siquiera hay candidatos potables para ocupar los puestos, y por ello quedan desiertas carreras y universidades enteras.

Semejante sangría de cerebros atenta de manera terminal el proyecto de Perón de industrializar (y militarizar) el país, convirtiéndolo en una potencia regional. A falta de cientificos propios decide importarlos, y qué mejor lugar para salir de compras que la Europa de la post guerra. El problema es que Estados Unidos y la URSS se han llevado a los mejores talentos y lo que queda de sobrante son fugitivos y desempleados, tipos con problemas de papeles que no logran salir de Alemania para probar suerte en otros lares pero cuyo antecedente de colaboracionismo con el régimen nazi representa una seria desventaja a la hora de postularse a cualquier tipo de proyecto allende los mares.

La cacería de talentos de Perón termina con un surtido bastante extraño: para el aspecto civil de su proyecto industrial logra seducir a Pedro Dusio, que venía huyendo de Italia después de dejar en bancarrota a Cisitaliauna selecta fábrica de coches deportivos de élite -. Dusio viene y establece Cisitalia Argentina y AutoAr a cambio de una jugosa paga que le permita llevar adelante su soñado proyecto de construir una escudería de Formula 1 con coches de diseño propio (esta historia la desarrollamos en extenso en nuestro portal hermano AutosDeCulto). Por otra parte las instalaciones militares de Córdoba se reciclan para crear tractores y utilitarios como el Rastrojero Diesel. El aspecto militar viene por la fabricación de tanques y aviones; pero el Nahuel DL-43 no está a la altura de los Shermans norteamericanos, los cuales se consiguen por toneladas a precio de ganga en Europa, ya que para Estados Unidos es mas barato venderlo como sobrante de guerra que repararlos y repatriarlos con un altísimo costo de logística. Comprando Shermans usados (a cambio de alimentos) Perón resuelve el primer problema, pero le queda el de los aviones. Trae dos colaboracionistas nazis – Emile Dewoitine y Kurt Tank -, quienes trabajan en dos versiones paralelas de lo que sera el primer caza jet criollo: el Pulqui. Tank trae su propio equipo y, entre ellos, figura un austríaco de ideas muy fumadas: Ronald Richter.

Estrictamente hablando, Richter no pertenecía al compacto grupo de colaboradores que Tank había formado en la Focke-Wulf durante la guerra; de hecho se habían conocido en Londres durante 1947, cuando Tank estaba intentando convencer a los británicos de que lo contrataran para el desarrollo de aviones.  El austriaco había causado una fuerte impresión en Tank con un par de teorías suyas – de que era posible construir un motor atómico de avión, con lo cual dispondría de potencia y una fuente de energía casi inagotable; y la otra de que se podía construir un reactor de fusión nuclear de poder ilimitado -, y terminó por presentárselo a Perón.

Perón no puede disimular su cara de alegría mientras Richter se hace el interesante en esta foto tomada para la prensa. ¿Quién creería que Perón podría ser engañado por un austríaco parlanchin y flojo de papeles académicos?

Perón no puede disimular su cara de alegría mientras Richter se hace el interesante en esta foto tomada para la prensa. ¿Quién creería que Perón podría ser engañado por un austríaco parlanchin y flojo de papeles académicos?

Mientras que sus ideas eran revolucionarias, lo cierto es que Richter distaba mucho de ser un Einstein extraviado en la Europa de la post guerra. En realidad era un físico mediocre con algunos delirios de grandeza y unos cuantos conceptos mal aprendidos. Ciertamente había trabajado con la élite científica alemana durante la guerra en el desarrollo de un acelerador de partículas, y hasta había hecho algunos experimentos con Hidrógeno pesado, generando un principio de reacción nuclear; pero, para una tesis, sostuvo que habia descubierto rayos “Delta” emitidos por la Tierra, los cuales tenían propiedades asombrosas. El comité encargado de evaluarlo no solo dictaminó que sus conclusiones eran disparatadas sino que los dichos rayos Delta no eran mas que rayos X que el planeta emitía, un hecho científico conocido desde hacía años.

Con su locuacidad y sus ideas disparatadas Richter sedujo a Perón y éste le facilitó identificación y pasaporte argentino, un hábito que el General ya había practicado al importar a Kurt Tank y todo su equipo de la Focke-Wulf en 1947. Por otra parte le dió un cheque en blanco para iniciar su proyecto, el cual arrancaría en Córdoba en instalaciones aledañas a donde Tank y los suyos creaban el Pulqui II.

Una fortaleza en Bariloche

En 1949 el laboratorio de Richter sufrió un incendio y el austríaco adujo que se trataba de un sabotaje (!), producido por potencias extranjeras temerosas de que Argentina se convirtiera en una potencia nuclear a nivel mundial.

Lo cierto es que hay una realidad oculta tras la propuesta de Richter a Perón, y es que el austriaco habia enviado un par de proyectos a Adolfo Hitler durante la guerra, los cuales presagiaban la construcción de una bomba termonuclear. El borrador fue descartado de plano – posiblemente por inexactitudes científicas – pero lo cierto es que, durante la estadía de Richter en Argentina, la idea de que su verdadero propósito fuera darle la bomba nuclear a Perón siempre sobrevoló el ambiente. Incluso durante una confusa conferencia de prensa en 1951 Perón usó el termino termonuclear – lo cual alarmó a medio mundo y Richter tuvo que salir a dar una extensa charla a periodistas de todos los medios para dejar en claro que su proyecto era energético y que la Argentina no estaba en condiciones de fabricar una bomba nuclear -.

Quien le hacía una marcación casi personal a Richter era Enrique Gaviola, presidente de la Asociación de Fisicos Argentinos. Para Gaviola Richter era un fraude, una máquina de devorar dinero produciendo experimentos fallidos. Todos los avances del proyecto eran comunicados por Richter en persona, pero la realidad es que nunca le hizo una demostración a las autoridades de sus logros. Otros miembros del equipo de Richter – como Guido Beck, Walter Seelmann-Eggbert y Richard Gans – tambien comenzaron a percibir esto y se alinearon con Gaviola, generando un memo de advertencia destinado a Perón… el cual terminó siendo descartado de plano. El austríaco tenía al General en el bolsillo y, tras el accidente de Córdoba, partió a Estados Unidos y Europa a dar conferencias sobre sus avances… dando la señal de que, si se le cruzaba una oferta mejor, directamente no regresaría a Argentina. Perón decidió retenerlo y para ello, le ofreció una fortuna en fondos para el proyecto – 300 millones de dolares (valor al 2003), lo cual era un disparate para la época, además de un laboratorio de avanzada en la solitaria isla de Huemul en Bariloche -. Richter regresó con una sonrisa en el rostro y en Marzo de 1950 se estableció en Bariloche, contemplando como se iniciaban las obras de construcción del reactor.

Richter en su laboratorio en Bariloche; todos los modernos aparatos importados que se muestran en la foto estaban simplemente de exposición y ni siquiera estaban conectados (!)

Richter en su laboratorio en Bariloche; todos los modernos aparatos importados que se muestran en la foto estaban simplemente de exposición y ni siquiera estaban conectados (!)

Si Gaviola y la AFA guardaban alguna esperanza de supervisar a Richter (o, al menos, desenmascararlo), el golpe de gracia le llegaría en Mayo de 1950 cuando Perón fundara la Comisión Nacional de Energía Atómica, omitiendo a Gaviola y poniéndose a sí mismo, Richter y al ministro de Asuntos Técnicos en los puestos principales. La AFA había sido ignorada y ahora el proyecto Huemul seguía un camino independiente y único bajo la mirada personal del mismísimo presidente.

Un proyecto monumental

Luego de casi un año de construcción el nuevo laboratorio de Richter – situado en la isla Huemul en Bariloche – estaba terminado. Era un gigantesco bunker construido con tal abundancia de materiales que hubo escasez de cemento y ladrillos en toda la Argentina durante un año ya que el proyecto acaparaba todo lo que se producía en el país.

Richter, con Perón en el bolsillo, siguió pavoneándose con sus logros… aunque no demostraba ninguno. Para 1951 argumentaba haber terminado el Thermotrón, un aparato de fusión nuclear capaz de producir energía ilimitada. Le hizo una demostración a la gente de la Comisión Nacional de Energía Atómica, diciéndoles que habían sido testigos de la primera fusión termonuclear del mundo.

La CNEA comenzó a mostrarse escéptica de los logros de Richter. Después de todo el austriaco se había mandado una costosa macana tras otra – hizo construir un reactor de concreto sólido con paredes de 4 metros de espesor… pero olvido poner paneles para acceder a su interior y cuando quiso perforar la estructura terminó partiéndola, lo que devino en su posterior demolición -, y ahora hasta los aliados desconfiaban de su palabra. Con la demostración de Richter ocurrió algo parecido: un espectógrafo roto produjo algunas lecturas, detalle que notaron los técnicos de la CNEA pero no Richter, quien se negó a repetir el experimento.

Por su parte Richter cambiaba todos los dias el diseño del laboratorio. Mandó construir uno, perforando 14 metros la roca viva de la montaña, pero mas tarde lo anuló y decidió llenar su interior con concreto.

Mientras los costos se disparaban, el delirio se iba a las nubes. Perón estaba convencido del éxito del proyecto de Richter, de que iba a construir plantas similares por toda la Argentina y que iba a poder vender energía a países vecinos… comprimida en paquetes del tamaño de una botella de leche (!). Mientras tanto Richter fanfarroneaba ante la prensa, diciendo que él conocía el secreto de la bomba de hidrógeno pero que Perón le había exigido trabajar en un proyecto pacifico de energía nuclear. Todo ese delirio culminó el 7 de Abril de 1951 con Richter recibiendo la medalla de oro del Partido Peronista por sus servicios a la Nación.

Mientras tanto los estadounidenses observaban de lejos los avances de Richter y Perón, y los calificaban de poco confiables. Al gobierno peronista le negaron apoyo científico, lo que derivó en que el austriaco tuviera que salir a buscar equipamiento en Europa. La comunidad científica se rebelaba contra las aserciones de Richter, diciendo que eran 95% propaganda. Manfred von Ardenne, un físico germano reclutado por la URSS, fue el mas ferviente detractor de las ideas del austriaco: “nada de lo que trabajó durante la guerra funcionó, y tenía la tendencia a confundir fantasía con realidad”.

Tal revuelo causaba Richter que Hans Thirring, director del Instituto de Fisica Teorica de Viena, comenzó una investigación sobre el austriaco. Había sido apadrinado por el renombrado Heinrich Rausch von Traubenberg, quien había definido a Richter como un excéntrico; pero von Traubenberg había fallecido en 1944 y no había fuentes directas para confirmar la veracidad de sus afirmaciones. La tesis de Richter se quemó durante la guerra y, cuando la universidad de Praga lo invitó a volver a exponerla, el austriaco se lavó las manos, diciendo que Thirring era un ratón de biblioteca, un individuo con un fuerte complejo de inferioridad posiblemente soportado por opositores politicos al gobierno peronista.

Caida de una mentira

El coronel Gonzalez – compañero de Perón en el golpe de estado de 1943, y elegido personalmente por el General para supervisar el proyecto Huemul – comenzó a protestar sobre los devaneos de Richter. En febrero de 1952 le dijo a Perón que debía echar al austriaco o él renunciaría. Perón tomó la dimisión de Gonzalez y puso a otro subordinado fiel en su lugar, el capitán de navío Pedro Iraolagoitía… quien no tardó mucho en levantar quejas similares a las de Gonzalez. Con mas tacto que su predecesor Iraolagoitía convenció a Perón – por fin – que debía formarse una comisión para chequear la veracidad del trabajo de Richter.

Los restos del faraónico proyecto de Richter en la actualidad. Descartados en los 60, fueron utilizados por el Ejército para práctica de tiro en la década del 70.

Los restos del faraónico proyecto de Richter en la actualidad. Descartados en los 60, fueron utilizados por el Ejército para práctica de tiro en la década del 70.

Para no dar el brazo a torcer – o al menos, darle a entender a la CNEA de que tenía sus dudas sobre Richter, a quien había defendido a capa y espada -, Perón armó su propia comisión investigadora compuesta de Iraolagoitía, dos ingenieros, un físico y un sacerdote. En setiembre de 1952 el comité visitó las instalaciones de Richter en Huemul y le pidieron una demostración de lo avanzado hasta el momento.

Cada miembro del comité dió su propia opinión, incluyendo el físico – Jose Antonio Balseiro, quien apenas apuntaba 33 años en aquella época pero perfilaba como una eminencia en física y que en el futuro jugaría un papel muy importante en el desarrollo de la energía atómica en Argentina -, quien dijo que ahí no estaba ocurriendo nada relacionado con la experimentación atómica. Para la fusión se precisaban 40 millones de grados Kelvin, cuando los experimentos de Richter a duras penas alcanzaban los 100.000 Kelvin como máximo. En Febrero 1953 presentó su informe a Perón y éste, visiblemente molesto, le pidió a Richter una refutación sobre los dichos de Balseiro.

Ya para esa época los fisicos Richard Gans y Antonio Rodriguez estaban participando en la revisión del trabajo de Richter. No sólo encontraron la respuesta del austriaco inadecuada sino que, asistidos por una brigada militar que ocupó las instalaciones de Bariloche, descubrieron – para su horror – que ni siquiera el grueso del instrumental estaba conectado.

Todo el proyecto Huemul había sido un costoso fraude.

Después del ocaso

Balseiro inmediatamente le escribió a Perón diciéndole que la mayoría de las instalaciones de Bariloche podían ser recicladas, dando lugar al Instituto de Física de Bariloche.

Mientras tanto Richter fue puesto en arresto domiciliario entre 1952 y 1955. Asumiendo el escarnio del bluff del austríaco, Perón decidió que era mejor que desapareciera de manera rápida y silenciosa, y le ofreció a Richter un boleto de ida a cualquier lugar que eligiese. Pero la demora en sus tiempos de respuesta terminó superponiéndose a la caída de Perón en 1955, y los miembros de la Revolución Libertadora terminaron por meter a Richter en la cárcel. Acusado de fraude, fue liberado poco tiempo después y fue a probar suerte a Libia – el único lugar a donde lo autorizaron a viajar, ya que su pasaporte estaba retenido -. Como nadie se interesó en sus proyectos regresó a Argentina, instalándose en Monte Grande y donde terminaría falleciendo en 1991.

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Poco antes de morir dió una extensa entrevista al periodista Mario Mariscotti para su libro Huemul. Allí contaba como Perón quiso hacerle un monumento en Bariloche, y cómo terminó devolviendo la medalla de oro a la Lealtad Justicialista que el general le había dado. Vivía en una casa vetusta, conduciendo el mismo Cadillac que usaba en sus épocas de gloria de la década del 50. Seguía paranoico, pensando que continuaban espiándolo desde las épocas de Perón décadas pasadas. Carecía de pasaporte – se lo habían sacado en 1955 – pero aseguraba que tenia carta blanca para entrar y salir del país cuando quisiera. Consiguió un trabajo anónimo y deambuló por Vicente López y otros lugares del Gran Buenos Aires, esquivando a los “espías y saboteadores” que lo perseguían. Prometió escribir su verdad sobre Huemul pero, como todas las cosas que emprendía en su vida, jamás pudo concretar el libro, y fallecería en el anonimato.

A pesar del bluff, el fiasco de Richter sirvió para impulsar los esfuerzos de la energía atómica en Argentina. En todo caso su mayor legado fueron las impresionantes instalaciones de Bariloche … las que terminaron siendo usadas por los militares para prácticas de artillería en la década del 70. Ah!. Y se hizo merecedor de una ópera – Richter, ópera documental de cámara -, escrita por Mario Lorenzo y Esteban Buch, y estrenada en el 2003 en París.

Curiosa herencia de un delirante que engañó al político mas astuto de toda la historia argentina, y al cual convenció de darle una fortuna para financiar sus delirios de superpotencia meridional.