Historias de vida: acerca del poder y la maldad

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Cuando la gente recibe dinero o poder, son raros los casos en que se comportan igual que antes. Es en ese momento en donde afloran desequilibrios que estaban ocultos, la necesidad de abusar a los demás y de demostrar el alcance del poder recibido.

Historias de vida: acerca del poder y la maldad

Por Alejandro Franco – contáctenos

Ya tengo cincuenta años y, a lo largo de mi vida, he podido descubrir patrones que se repiten. Sea por experiencia propia o por el estudio de la historia, lo que he visto es que existen contados casos en que la gente – al recibir algún tipo de poder – sigue actuando con el mismo grado de mesura y modestia que tenía antes. Y no hablo solo de gobernantes o políticos sino de individuos comunes que recibieron un cargo, una responsabilidad – por pequeña que sea – y se transforman en pequeños déspotas, petimetres que gustan de hacer sufrir a los demás.

Todos hemos sido, en algún momento de nuestra vida, víctimas de algún abuso. Ya sea tener un padre o un jefe prepotente, un compañero de trabajo o de escuela que nos acosaba, un individuo con algún tipo de poder sobre nosotros que lo ha usado para hacernos sufrir. No importa si dicho poder es real – ese acosador puede despedirnos, subir nuestra renta, exponer nuestros secretos o bombardearnos con insultos – o uno que nosotros le otorgamos en calidad de víctimas – como ocurre en el bullying: el individuo que nos acosa no es diferente a nosotros y, en vez de enfrentarlo (o quitarle poder haciendo caso omiso de sus afrentas), preferimos agachar la cabeza, vivir aterrorizados, escapar a su presencia -. Pero lo cierto es que, muchas veces, ese proceso se transforma en un circulo vicioso: quien ha sido prepoteado se transformará en prepotente en la primera ocasión que le den algo de poder para demostrarlo; quien es infeliz utilizará los medios que tiene a mano para intentar satisfacer su frustración provocando el daño a los demás. Eligiendo al individuo mas débil o el mas indefenso de un grupo, o aprovechando que nadie dispone de capacidad de respuesta porque, de algún modo, creemos que nuestra vida depende del abusador.

Yo creo que el ser humano depende de un equilibrio interno. Si has vivido de manera justa, tienes un código de ética de valores fuertes, y conoces tus virtudes y tus limites, puedes ejercer el poder sin ser un déspota. La razón es tener la capacidad de entender al otro, de ponerse en su lugar. De imponer límites con justicia y de ser razonable a la hora de dar órdenes. Es una cuestión de autocontrol y de equilibrio moral, en donde sabes que – aún con todo el poder del mundo – si te transformas en un abusador no serás mas feliz… simplemente porque tu felicidad, tu equilibrio se encuentra en otras cosas mas importantes: la satisfacción de cumplir con tu trabajo y disfrutarlo, el goce de tener un núcleo familiar unido por el amor y la comprensión, el deseo de ser justo como guía de tus acciones.

Pero no todo el mundo es así. La gente envidia. La gente es insegura y teme a aquellos que creen que están mas capacitados que ellos mismos. La gente tiene vidas inestables y se descarga con el abuso en su ámbito de trabajo. O simplemente es la ceguera del poder, la creencia de que el mismo ha sido recibido por ser superior – en algún aspecto – y ello coloca automáticamente a los otros en situación de inferioridad.

¿Es el abusador una mala persona?. Desequilibrada, seguro; mala, no necesariamente. Aunque suene polémico, el concepto de la maldad me parece discutible. La maldad implicaría la existencia de una conciencia y el disfrute del dolor ajeno (y para mí eso llevaría un lastre emocional que culminaría en el remordimiento), y no estoy seguro de que eso exista en el caso de la mayoría de los abusadores. En cambio yo soy un convencido de que el abusador sufre algún tipo de trastorno sicológico por el cual se comporta de manera diferente a una persona normal. Si posees un sistema diferente de valores morales te resultará normal comportarte de manera aberrante (contra ciertas cosas o personas) y podrás dormir con la conciencia completamente tranquila. Cuando hablo de este punto suelo poner a los nazis como ejemplo: aún cuando odies al resto de la humanidad, no puedes matar a millones y permanecer completamente indiferente (y dormir tranquilo por las noches)… a menos que seas un sicópata que considera al resto de los humanos que son “diferentes” (porque no participan de tu ideología o porque entran en una lista de defectos que los descalifica como “normales”) como objetos, cosas cuya suerte no te importa en absoluto – del mismo modo de que, cuando matamos una hormiga o un mosquito, no nos produce ningún tipo de remordimiento de conciencia -. El dolor ajeno le resulta indiferente, la obsesión con el diferente (perseguirlo, exterminarlo o hacerlo sufrir) se transforma en un modo de vida, la carga moral es nula porque cree que está en lo correcto.

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Es por ello que en los casos de acoso no existe negociación posible entre el abusado y el abusador. El abusador no detendrá su conducta, es una persona con la cual no se puede razonar, y lo único que puede hacerse es apartarse de su camino. Si sus valores morales fueran mas normales, quizás se podría razonar con él, hacerle comprender que su accionar está equivocado; pero su conducta es automática, disparada e imparable, se ha transformado en un modo de vida del cual le resulta imposible desprenderse. Si la persona a la cual odias y torturas todo el tiempo desaparece o sale de tu camino… ¿qué harás con tu vida?. ¿Saldrás a buscar otra victima para satisfacer tus necesidades?.

El poder transforma a la gente, aún cuando se trate de obtener el cargo mas mínimo e intrascendente. Es como una experiencia reveladora en donde salen a la luz las heridas mas ocultas del ser humano. Si dispones del poder mas mínimo sobre un grupo de gente, eso te vuelve diferente y te coloca en una posición de superioridad. El tema es ver qué haces con ese poder – que puede ser algo tan estúpido como ser el coordinador de un grupo de lectura – y estar atento a tu conducta; porque si descubres de que el rol de jefe te gusta – no para guiar a un grupo de personas hacia el cumplimiento de una meta, sino para descargar todas tus frustraciones dando gritos y ordenes arbitrarias -, entonces te place por las razones equivocadas y precisas urgente la ayuda de un profesional. La vida te ha puesto en una situación en la que has descubierto un desequilibrio oculto y, si no buscas ayuda, el mismo puede expandirse y contagiar al resto de los aspectos de tu vida, alterando de una vez y para siempre a todos los aspectos de tu personalidad.

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