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Con mi esposa llevo 18 años de noviazgo.
Formalmente estuvimos de novios 3 años, y hace
15 que nos casamos. En ningún momento sentí
que tuviera llevar la carga del título del matrimonio,
palabra que suele transformar las relaciones y que, a
veces, termina por arruinarlas. Ustedes podrán
pensar que somos un par en un millón, y que hemos
sido bendecidos por alguna suerte especial. Permítanme
contarles que en nuestra vida de casados, ni bien recibimos
la libreta, comenzaron a pasar desgracias y tristezas
durante años: yo quedé desempleado ni bien
volví de la luna de miel (la empresa donde trabajaba
cerró sus puertas ante la imposibilidad de pagar
aguinaldos un 31 de diciembre), mi suegro falleció
de Cáncer a los cinco meses, estuve casi un año
sin trabajo, me tocaron empleos detestables, mi esposa
(que vivía en San Nicolás y se mudó
conmigo a Buenos Aires) comenzó a deprimirse por
el exilio porteño, y esto terminó por desembocar
en un Cáncer de Ovarios que se llevó todas
nuestras posibilidades de ser padres. Los problemas no
terminaron allí; como si estuvieramos orinados
por un elefante nos traicionaron compañeros
y conocidos, nos quedamos sin trabajo en el 2001, y el
golpe de gracia terminó por darle el bendito señor
De la Rúa, que en diciembre de dicho año
nos dejó con una mano atrás y otra adelante.
Con un par de pasajes y $ 10.- en el bolsillo, tuvimos
que clausurar nuestro departamento (con todos los muebles
adentro) y nos fuimos a (sobre) vivir con lo puesto a
San Nicolás, parando con mi suegra bajo el mismo
techo y haciendo changas durante un año y medio.
Y tuvimos desde ese entonces algunos regalitos más,
como una enorme pelea familiar y varias situaciones laborales
que nos dejaron al borde de repetir la funesta experiencia
personal de diciembre 2001.
Yo suelo creer en varias cosas. Primero, que la
vida suele manejar un bizarro sistema de compensaciones,
y lo que se va por un lado es indemnizado (de algún
modo) por otro. Segundo, el destino de las personas
es definido por una mezcla de suerte y decisiones personales,
las cuales si son acertadas te permiten ir por un camino
tranquilo y medianamente estable. En todos estos
años he aprendido de algún modo que la
felicidad no es sólo reirse sino también
disfrutar de los momentos en donde no hay problemas.
Cuando usted se encuentre aburrido de su rutina, viendo
en el televisor el mismo programa por enésima
vez y se lamente de su suerte, agradezca de que Dios
no le ha quemado la casa con un rayo o de que no haya
una desgracia en puerta. La gente sólo aprecia
lo que tiene cuando lo ha perdido, y esa es una
de las conclusiones que sacamos después de todo
lo que hemos vivido.
Todas las personas casadas han vivido crisis a lo largo
de su matrimonio, sean de la misma pareja, de trabajo,
familiares ... y de lo que se le ocurra. En general
el ser humano tiene una capacidad de supervivencia y
adaptación sorprendente, y termina por asumir
y organizarse en situaciones gravísimas en cuestión
de horas o días. Eso no quita de que, luego
de semejante experiencia, la gente sobreviva de manera
íntegra - cada uno reacciona de manera diferente
a una situación límite -, pero todas las
situaciones dejan su marca y la sabiduría de
uno consiste en descubrir qué es lo que se puede
aprender de la desgracia. Yo les puedo contar que mi
relación con Cristina es fantástica y
sólida, y ello nos ha permitido superar todas
las tormentas que se nos han presentado. Las crisis
son una prueba de fuego para la pareja: o las afianzan
aún más, o terminan por destruirlas.
Pero tanto la manera de enfrentar las crisis como la
convivencia (que es el tema que nos ocupa) son sólo
facetas de nuestra relación de pareja. Si
la raíz no está sana, es difícil
que el árbol sostenga demasiado peso y lo más
probable es que termine por derrumbarse. Sería
ingenuo decir de que existe una receta universal para
ser feliz con otra persona; hace años una conocida
me dijo que cada pareja termina por crear su propia
receta de equilibrio, y lo que le sirve a ella no le
sirve a otros. Hoy en día llevamos adelante
un excelente matrimonio (aunque peque de falta de modestia),
pero debe quedar claro que también hemos pagado
altísimos costos para llegar a este momento.
Sin embargo hemos sobrevivido y acá nos encontramos,
compartiendo nuestra experiencia con los demás.
He aquí una lista de cosas que he aprendido
en todos estos años y que nos ha llevado a tener
una convivencia pacífica y feliz:
- todos los seres humanos hemos sido criados como personas
individuales y egoístas durante veintipico de años
de nuestra vida. Pero pasamos a una situación radical
al momento de casarnos, en donde debemos comenzar a compartir
todo de un día para el otro. Al momento de
resignar egoísmos y comenzar a pensar de manera
comunitaria (la pareja, la familia), su matrimonio comienza
a funcionar. Quienes fracasan es, en parte, porque no
quieren sacrificar ninguno de sus espacios y costumbres
que tenían desde que eran solteros.
- al momento de discutir (lo que es lógico,
ya que ningún grupo de personas puede funcionar
en armonía todo el tiempo), tenga claro cúal
es el límite entre la necedad y la falta de respeto.
Una vez pasada esa frontera, no hay manera de volver
atrás. Una cosa es discutir situaciones e
ideas, y otra intentar ganar posturas a costa de denigrar
a la persona con la cual se convive todos los días.
Esas victorias pírricas suelen dejar profundas
lastimaduras que afectan a toda la relación.
- sea paciente y tolerante, y exíjalo a su
pareja. Ustedes dos (y sus hijos, si los tienen) son
los únicos que pueden habitar su hogar. Las
posturas ideológicas de trinchera terminan por
matar a los bandos en pugna.
- aún si hay disenso, resuelva las secuelas
de la pelea en cuestión de horas. No deje que
la herida se agrande; retroceda y recomponga relaciones.
Evalúe tambien si el motivo de la discusión
era tan importante como para arruinarle el día
(una cosa es discutir sobre la venta de una casa y otra
sobre cómo se prepara una ensalada).
- disfrute de todas las pequeñas cosas que
le da la vida. Desde un cachivache artesanal
que haya encima de su televisor hasta un día
con un buen clima o la música que pasan por la
radio. Todas las cosas que forman parte de su hogar
son suyas, usted las ha elegido (sin importar si usted
es hombre o mujer, o ha sido una elección conjunta)
y están en su casa para hacerlo feliz. Usted
vino a esta vida a disfrutar, no a sufrir, y hasta le
diría que es un acto de irresponsabilidad no
amar las cosas que le rodean, que son suyas y que usted
las ha elegido.
- intente ponerle humor a las cosas que hace.
Yo sé que a veces las cosas salen para el demonio
y que resulta imposible, pero el humor es tanto o más
contagioso que la mala onda. Si hubo un problema fuera
de casa, que eso quede en la puerta de su hogar. Si
hoy tiene un problema de resolución imposible,
no se desespere y aguarde a mañana a que se le
ocurra algo. A veces el tiempo es una alternativa
de decisión. Pero no deje que las malas situaciones
se hagan carne, porque así es como la gente se
enferma y, a su vez, puede enfermar a otra gente. Y
los problemas pasan pero los daños a la salud
(física y mental) pueden ser permanentes.
- sea honesto, no se obligue a situaciones que no
le gustan. Por supuesto, sea sensato al armar esa
lista de "situaciones que no le gustan", y
evalúe entre lo que es una tontería y
lo que es justificado. Cualquier diferencia, convérsela
con su pareja y llegue a un acuerdo.
- no guarde facturas viejas. Toda diferencia fundamental,
cuando se archiva, termina por agigantarse con el tiempo
y puede explotar en cualquier momento de manera sorpresiva.
- establezca una situación de paridad. Yo
creo en personas que se complementan, y con mi esposa
tengo una relación de compinches. Muchos
hombres piensan que el matrimonio es un feudo y terminan
explotando la situación inicial (de enamoramiento
e ingenuidad) en su propio beneficio. Déjenme
decirles que todas esas situaciones terminan con los
roles invertidos y todos los victimarios se transforman
en víctimas, derivando (en algunas ocasiones)
en situaciones más propias de un siquiatra (o
de la crónica policial) que de un terapeuta de
parejas.
- y, mi último punto, es que recuerde siempre
por qué eligió a su actual pareja como
cónyuge. Todas las cosas que usted admiraba
y amaba de su pareja están todavía allí,
sólo que los sucesos de la vida pueden haberlas
empañado o enterrado. Está en usted en
mantenerlas a flote y vigentes, no sólo para
su regocijo, sino porque también el favor le
será retribuído. |