Es
un placer presentar, en nuestra sección literaria,
este clásico de Julio Cortazar, texto sobre el
cual se basó (libremente) otro clásico
de la cinematografia como Blow Up de Michelangelo Antonioni
Nunca se sabrá cómo hay que contar esto,
si en primera persona o en segunda, usando la tercera
del plural o inventando continuamente formas que no
servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron
subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos,
y sobre todo así: tú la mujer rubia eran
las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus
nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.
Puestos a contar, si se pudiera ir a beber un bock
por ahí y que la máquina siguiera sola
(porque escribo a máquina), sería la perfección.
Y no es un modo de decir. La perfección, sí,
porque aquí el agujero que hay que contar es
también una máquina (de otra especie,
una Contax 1. 1.2) y a lo mejor puede ser que una máquina
sepa más de otra máquina que yo, tú,
ella-la mujer rubia-y las nubes. Pero de tonto sólo
tengo la suerte, y sé que si me voy, esta Remington
se quedará petrificada sobre la mesa con ese
aire de doblemente quietas que tienen las cosas movibles
cuando no se mueven. Entonces tengo que escribir. Uno
de todos nosotros tiene que escribir, si es que todo
esto va a ser contado. Mejor que sea yo que estoy muerto,
que estoy menos comprometido que el resto; yo que no
veo más que las nubes y puedo pensar sin distraerme,
escribir sin distraerme (ahí pasa otra, con un
borde gris) y acordarme sin distraerme, yo que estoy
muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie,
ya se verá cuando llegue el momento, porque de
alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta
punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin
y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere
contar algo).
De repente me pregunto por qué tengo que contar
esto, pero si uno empezara a preguntarse por qué
hace todo lo que hace, si uno se preguntara solamente
por qué acepta una invitación a cenar
(ahora pasa una paloma, y me parece que un gorrión)
o por qué cuando alguien nos ha contado un buen
cuento, en seguida empieza como una cosquilla en el
estómago y no se está tranquilo hasta
entrar en la oficina de al lado y contar a su vez el
cuento; recién entonces uno está bien,
está contento y puede volverse a su trabajo.
Que yo sepa nadie ha explicado esto, de manera que lo
mejor es dejarse de pudores y contar, porque al fin
y al cabo nadie se averguenza de respirar o de ponerse
los zapatos; son cosas, que se hacen, y cuando pasa
algo raro, cuando dentro del zapato encontramos una
araña o al respirar se siente como un vidrio
roto, entonces hay que contar lo que pasa, contarlo
a los muchachos de la oficina o al médico. Ay,
doctor, cada vez que respiro... Siempre contarlo, siempre
quitarse esa cosquilla molesta del estómago.
Y ya que vamos a contarlo pongamos un poco de orden,
bajemos por la escalera de esta casa hasta el domingo
7 de noviembre, justo un mes atrás. Uno baja
cinco pisos y ya está en el domingo, con un sol
insospechado para noviembre en París, con muchísimas
ganas de andar por ahí, de ver cosas, de sacar
fotos (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo).
Ya sé que lo más difícil va a ser
encontrar la manera de contarlo, y no tengo miedo de
repetirme. Va a ser difícil porque nadie sabe
bien quién es el que verdaderamente está
contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que
estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente
cuento una verdad que es solamente mi verdad, y entonces
no es la verdad salvo para mi estómago, para
estas ganas de salir corriendo y acabar de alguna manera
con esto, sea lo que fuere.
Vamos a contarlo despacio, ya se irá viendo
qué ocurre a medida que lo escribo. Si me sustituyen,
si ya no sé qué decir, si se acaban las
nubes y empieza alguna otra cosa (porque no puede ser
que esto sea estar viendo continuamente nubes que pasan,
y a veces una paloma), si algo de todo eso... Y después
del «si», ¿qué voy a poner,
cómo voy a clausurar correctamente la oración?
Pero si empiezo a hacer preguntas no contaré
nada; mejor contar, quizá contar sea como una
respuesta, por lo menos para alguno que lo lea.
Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo
aficionado a sus horas, salió del número
11 de la rue Monsieur LePrince el domingo 7 de noviembre
del año en curso (ahora pasan dos más
pequeñas, con los bordes plateados). Llevaba
tres semanas trabajando en la versión al francés
del tratado sobre recusaciones y recursos de José
Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago.
Es raro que haya viento en París, y mucho menos
un viento que en las esquinas se arremolinaba y subía
castigando las viejas persianas de madera tras de las
cuales sorprendidas señoras comentaban de diversas
maneras la inestabilidad del tiempo en estos últimos
años. Pero el sol estaba también ahí,
cabalgando el viento y amigo de los gatos, por lo cual
nada me impediría dar una vuelta por los muelles
del Sena y sacar unas fotos de la Conserjería
y la Sainte-Chapelle. Eran apenas las diez, y calculé
que hacia las once tendría buena luz, la mejor
posible en otoño; para perder tiempo derivé
hasta la isla Saint&endash;Louis y me puse a andar
por el Quai d'Anjou, miré un rato el hotel de
Lauzun, me recité unos fragmentos de Apollinaire
que siempre me vienen a la cabeza cuando paso delante
del hotel de Lauzun (y eso que debería acordarme
de otro poeta, pero Michel es un porfiado), y cuando
de golpe cesó el viento y el sol se puso por
lo menos dos veces más grande (quiero decir más
tibio, pero en realidad es lo mismo), me senté
en el parapeto y me sentí terriblemente feliz
en la mañana del domingo.
Entre las muchas maneras de combatir la nada, una de
las mejores es sacar fotografías, actividad que
debería enseñarse tempranamente a los
niños, pues exige disciplina, educación
estética, buen ojo y dedos seguros. No se trata
de estar acechando la mentira como cualquier reporter,
y atrapar la estúpida silueta del personajón
que sale del número 10 de Downing Street, pero
de todas maneras cuando se anda con la cámara
hay como el deber de estar atento, de no perder ese
brusco y delicioso rebote de un rayo de sol en una vieja
piedra, o la carrera trenzas al aire de una chiquilla
que vuelve con un pan o una botella de leche. Michel
sabía que el fotógrafo opera siempre como
una permutación de su manera personal de ver
el mundo por otra que la cámara le impone insidiosa
(ahora pasa una gran nube casi negra), pero no desconfiaba,
sabedor de que le bastaba salir sin la Contax para recuperar
el tono distraído, la visión sin encuadre,
la luz sin diafragma ni 1/25O. Ahora mismo (qué
palabra, ahora, qué estúpida mentira)
podía quedarme sentado en el pretil sobre el
río, mirando pasar las pinazas negras y rojas,
sin que se me ocurriera pensar fotográficamente
las escenas, nada más que dejándome ir
en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil
con el tiempo. Y ya no soplaba viento.
Después seguí por el Quai de Bourbon
hasta llegar a la punta de la isla, donde la íntima
placita (íntima por pequeña y no por recatada,
pues da todo el pecho al río y al cielo) me gusta
y me regusta. No había más que una pareja
y, claro, palomas; quizá alguna de las que ahora
pasan por lo que estoy viendo. De un salto me instalé
en el parapeto y me dejé envolver y atar por
el sol, dándole la cara, las orejas, las dos
manos (guardé los guantes en el bolsillo). No
tenía ganas de sacar fotos, y encendí
un cigarrillo por hacer algo; creo que en el momento
en que acercaba el fósforo al tabaco vi por primera
vez al muchachito.
Lo que había tomado por una pareja se parecía
mucho más a un chico con su madre, aunque al
mismo tiempo me daba cuenta de que no era un chico con
su madre, de que era una pareja en el sentido que damos
siempre a las parejas cuando las vemos apoyadas en los
parapetos o abrazadas en los bancos de las plazas. Como
no tenía nada que hacer me sobraba tiempo para
preguntarme por qué el muchachito estaba tan
nervioso, tan como un potrillo o una liebre, metiendo
las manos en los bolsillos, sacando en seguida una y
después la otra, pasándose los dedos por
el pelo, cambiando de postura, y sobre todo por qué
tenía miedo, pues eso se lo adivinaba en cada
gesto, un miedo sofocado por la vergüenza, un impulso
de echarse atrás que se advertía como
si su cuerpo es tuviera al borde de la huida, con teniéndose
en un último y lastimoso decoro.
Tan claro era todo eso, ahí a cinco metros-y
estábamos solos contra el parapeto, en la punta
de la isla-, que al principio el miedo del chico no
me dejó ver bien a la mujer rubia. Ahora, pensándolo,
la veo mucho mejor en ese primer momento en que le leí
la cara (de golpe había girado como una veleta
de cobre, y los ojos, los ojos estaban ahí),
cuando comprendí vagamente lo que podía
estar ocurriéndole al chico y me dije que valía
la pena quedarse y mirar (el viento se llevaba las palabras,
los apenas murmullos). Creo que sé mirar, si
es que algo sé, y que todo mirar rezuma falsedad,
porque es lo que nos arroja más afuera de nosotros
mismos, sin la menor garantía, en tanto que oler,
o (pero Michel se bifurca fácilmente , no hay
que dejarlo que declame a gusto). De todas maneras,
si de antemano se prevé la probable falsedad,
mirar se vuelve posible; basta quizá elegir bien
entre el mirar y lo mirado, desnudar a las cosas de
tanta ropa ajena. Y. claro, todo esto es más
bien difícil.
Del chico recuerdo la imagen antes que el verdadero
cuerpo (esto se entenderá después), mientras
que ahora estoy seguro que de la mujer recuerdo mucho
mejor su cuerpo que su imagen. Era delgada y esbelta,
dos palabras injustas para decir lo que era, y vestía
un abrigo de piel casi negro, casi largo, casi hermoso.
Todo el viento de esa mañana (ahora soplaba apenas,
y no hacía frío) le había pasado
por el pelo rubio que recortaba su cara blanca y sombría-dos
palabras injustas-y dejaba al mundo de pie y horriblemente
solo delante de sus ojos negros, sus ojos que caían
sobre las cosas como dos águilas, dos saltos
al vacío, dos ráfagas de fango verde.
No describo nada, trato más bien de entender.
Y he dicho dos ráfagas de fango verde.
Seamos justos, el chico estaba bastante bien vestido
y llevaba unos guantes amarillos que yo hubiera jurado
que eran de su hermano mayor, studiante de derecho o
ciencias sociales; era gracioso ver los dedos de los
guantes saliendo del bolsillo de la chaqueta. Largo
rato no le vi la cara, apenas un perfil nada tonto-
pájaro azorado, ángel de Fra Filippo,
arroz con leche-y una espalda de adolescente que quiere
hacer judo y que se ha peleado un par de veces por una
idea o una hermana. Al filo de los catorce, quizá
de los quince, se le adivinaba vestido y alimentado
por sus padres, pero sin un centavo en el bolsillo,
teniendo que deliberar con los camaradas antes de decidirse
por un café, un coñac, un atado de cigarrillos.
Andaría por las calles pensando en las condiscípulas,
en lo bueno que sería ir al cine y ver la última
película, o comprar novelas o corbatas o botellas
de licor con etiquetas verdes y blancas. En su casa
(su casa sería respetable, sería almuerzo
a las doce y paisajes románticos en las paredes,
con un oscuro recibimiento y un paragüero de caoba
al lado de la puerta) llovería despacio el tiempo
de estudiar, de ser la esperanza de mamá, de
parecerse a papá, de escribir a la tía
de Avignon. Por eso tanta calle, todo el río
para él (pero sin un centavo) y la ciudad misteriosa
de los quince años, con sus signos en las puertas,
sus gatos estremecedores, el cartucho de papas fritas
a treinta francos, la revista pornográfica doblada
en cuatro, la soledad como un vacío en los bolsillos,
los encuentros felices, el fervor por tanta cosa incomprendida
pero iluminada por un amor total, por la disponibilidad
parecida al viento y a las calles.
Esta biografía era la del chico y la de cualquier
chico, pero a éste lo veía ahora aislado,
vuelto único por la presencia de la mujer rubia
que seguía hablándole. (Me cansa insistir,
pero acaban de pasar dos largas nubes desflecadas. Pienso
que aquella mañana no miré ni una sola
vez el cielo, porque tan pronto presentí lo que
pasaba con el chico y la mujer no pude más que
mirarlos y esperar, mirarlos y...). Resumiendo, el chico
estaba inquieto y se podía adivinar sin mucho
trabajo lo que acababa de ocurrir pocos minutos antes,
a lo sumo media hora. El chico había llegado
hasta la punta de la isla, vio a la mujer y la encontró
admirable. La mujer esperaba eso porque estaba ahí
para esperar eso, o quizá el chico llegó
antes y ella lo vio desde un balcón o desde un
auto, y salió a su encuentro, provocando el diálogo
con cualquier cosa, segura desde el comienzo de que
él iba a tenerle miedo y a querer escaparse,
y que naturalmente se quedaría, engallado y hosco,
fingiendo la veteranía y el placer de la aventura.
El resto era fácil porque estaba ocurriendo a
cinco metros de mí y cualquiera hubiese podido
medir las etapas del juego, la esgrima irrisoria; su
mayor encanto no era su presente, sino la previsión
del desenlace. El muchacho acabaría por pretextar
una cita, una obligación cualquiera, y se alejaría
tropezando y confundido, queriendo caminar con desenvoltura,
desnudo bajo la mirada burlona que lo seguiría
hasta el final. o bien se quedaría, fascinado
o simplemente incapaz de tomar la iniciativa, y la mujer
empezaría a acariciarle la cara, a despeinarlo,
hablándole ya sin voz, y de pronto lo tomaría
del brazo para llevárselo, a menos que él,
con una desazón que quizá empezara a teñir
el deseo, el riesgo de la aventura, se animase a pasarle
el brazo por la cintura y a besarla. Todo esto podía
ocurrir, pero aún no ocurría, y perversamente
Michel esperaba, sentado en el pretil, aprontando casi
sin darse cuenta la cámara para sacar una foto
pintoresca en un rincón de la isla con una pareja
nada común hablando y mirándose.
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Curioso que la escena (la nada, casi: dos que están
ahí, desigualmente jóvenes) tuviera como
un aura inquietante. Pensé que eso lo ponía
yo, y que mi foto, si la sacaba, restituiría las
cosas a su tonta verdad. Me hubiera gustado saber qué
pensaba el hombre del sombrero gris sentado al volante
del auto detenido en el muelle que lleva a la pasarela,
y que leía el diario o dormía. Acababa de
descubrirlo porque la gente dentro de un auto detenido
casi desaparece , se pierde en esa mísera jaula
privada de la belleza que le dan el movimiento y el peligro.
Y sin embargo el auto había estado ahí todo
el tiempo, formando parte (o deformando esa parte) de
la isla. Un auto: como decir un farol de alumbrado, un
banco de plaza. Nunca el viento, la luz del sol, esas
materias siempre nuevas para la piel y los ojos, y también
el chico y la mujer, únicos, puestos ahí
para alterar la isla, para mostrármela de otra
manera. En fin, bien podía suceder que también
el hombre del diario estuviera atento a lo que pasaba
y sintiera como yo ese regusto maligno de toda expectativa.
Ahora la mujer había girado suavemente hasta poner
al muchachito entre ella y el parapeto, los veía
casi de perfil y él era más alto, pero no
mucho más alto, y sin embargo ella lo sobraba,
parecía como cernida sobre él (su risa,
de repente, un látigo de plumas), aplastándolo
con sólo estar ahí, sonreír, pasear
una mano por el aire. ¿Por qué esperar más?
Con un diafragma dieciséis, con un encuadre donde
no entrara el horrible auto negro, pero sí ese
árbol, necesario para quebrar un espacio demasiado
gris...
Levanté la cámara, fingí estudiar
un enfoque que no los incluía, y me quedé
al acecho, seguro de que atraparía por fin el
gesto revelador, la expresión que todo lo resume,
la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen
rígida destruye al seccionar el tiempo, si no
elegimos la imperceptible fracción esencial.
No tuve que esperar mucho. La mujer avanzaba en su tarea
de maniatar suavemente al chico, de quitarle fibra a
fibra sus últimos restos de libertad, en una
lentísima tortura deliciosa. Imaginé los
finales posibles (ahora asoma una pequeña nube
espumosa, casi sola en el cielo), preví la llegada
a la casa (un piso bajo probablemente, que ella saturaría
de almohadones y de gatos) y sospeché el azoramiento
del chico y su decisión desesperada de disimularlo
y de dejarse llevar fingiendo que nada le era nuevo.
Cerrando los ojos, si es que los cerré, puse
en orden la escena, los besos burlones, la mujer rechazando
con dulzura las manos que pretenderían desnudarla
como en las novelas, en una cama que tendría
un edredón lila, y obligándolo en cambio
a dejarse quitar la ropa, verdaderamente madre e hijo
bajo una luz amarilla de opalinas, y todo acabaría
como siempre, quizá, pero quizá todo fuera
de otro modo, y la iniciación del adolescente
no pasara, no la dejaran pasar, de un largo proemio
donde las torpezas, las caricias exasperantes, la carrera
de las manos se resolviera quién sabe en qué,
en un placer por separado y solitario, en una petulante
negativa mezclada con el arte de fatigar y desconcertar
tanta inocencia lastimada. Podía ser así,
podía muy bien ser así; aquella mujer
no buscaba un amante en el chico, y a la vez se lo adueñaba
para un fin imposible de entender si no lo imaginaba
como un juego cruel, deseo de desear sin satisfacción,
de excitarse para algún otro, alguien que de
ninguna manera podía ser ese chico.
Michel es culpable de literatura, de fabricaciones
irreales. Nada le gusta más que imaginar excepciones,
individuos fuera de la especie, monstruos no siempre
repugnantes. Pero esa mujer invitaba a la invención,
dando quizá las claves suficientes para acertar
con la verdad. Antes de que se fuera, y ahora que llenaría
mi recuerdo durante muchos días, porque soy propenso
a la rumia, decidí no perder un momento más.
Metí todo en el visor (con el árbol, el
pretil, el sol de las once) y tomé la foto. A
tiempo para comprender que los dos se habían
dado cuenta y que me estaban mirando, el chico sorprendido
y como interrogante, pero ella irritada, resueltamente
hostiles su cuerpo y su cara que se sabían robados,
ignominiosamente presos en una pequeña imagen
química.
Lo podría contar con mucho detalle, pero no
vale la pena. La mujer habló de que nadie tenía
derecho a tomar una foto sin permiso, y exigió
que le entregara el rollo de película. Todo esto
con una voz seca y clara, de buen acento de París,
que iba subiendo de color y de tono a cada frase. Por
mi parte se me importaba muy poco darle o no el rollo
de película, pero cualquiera que me conozca sabe
que las cosas hay que pedírmelas por las buenas.
El resultado es que me limité a formular la opinión
de que la fotografía no sólo no está
prohibida en los lugares públicos, sino que cuenta
con el más decidido favor oficial y privado.
Y mientras se lo decía gozaba socarronamente
de cómo el chico se replegaba, se iba quedando
atrás-con sólo no moverse-y de golpe (parecía
casi increíble) se volvía y echaba a correr,
creyendo el pobre que caminaba y en realidad huyendo
a la carrera, pasando al lado del auto, perdiéndose
como un hilo de la Virgen en el aire de la mañana.
Pero los hilos de la Virgen se llaman también
babas del diablo, y Michel tuvo que aguantar minuciosas
imprecaciones, oírse llamar entrometido e imbécil,
mientras se esmeraba deliberadamente en sonreír
y declinar, con simples movimientos de cabeza, tanto
envío barato. Cuando empezaba a cansarme, oí
golpear la portezuela de un auto. El hombre del sombrero
gris estaba ahí, mirándonos. Sólo
entonces comprendí que jugaba un papel en la
comedia.
Empezó a caminar hacia nosotros, llevando en
la mano el diario que había pretendido leer.
De lo que mejor me acuerdo es de la mueca que le ladeaba
la boca, le cubría la cara de arrugas, algo cambiaba
de lugar y forma porque la boca le temblaba y la mueca
iba de un lado a otro de los labios como una cosa independiente
y viva, ajena a la voluntad. Pero todo el resto era
fijo, payaso enharinado u hombre sin sangre, con la
piel apagada y seca, los ojos metidos en lo hondo y
los agujeros de la nariz negros y visibles, más
negros que las cejas o el pelo o la corbata negra. Caminaba
cautelosamente, como si el pavimento le lastimara los
pies; le vi zapatos de charol, de suela tan delgada
que debía acusar cada aspereza de la calle. No
sé por qué me había bajado del
pretil, no sé bien por qué decidí
no darles la foto, negarme a esa exigencia en la que
adivinaba miedo y cobardía. El payaso y la mujer
se consultaban en silencio: hacíamos un perfecto
triángulo insoportable, algo que tenía
que romperse con un chasquido. Me les reí en
la cara y eché a andar, supongo que un poco más
despacio que el chico. A la altura de las primeras casas,
del lado de la pasarela de hierro, me volví a
mirarlos. No se movían, pero el hombre había
dejado caer el diario; me pareció que la mujer,
de espaldas al parapeto, paseaba las manos por la piedra,
con el clásico y absurdo gesto del acosado que
busca la salida.
Lo que sigue ocurrió aquí, casi ahora
mismo, en una habitación de un quinto piso. Pasaron
varios días antes de que Michel revelara las
fotos del domingo; sus tomas de la Conserjería
y de la Sainte&endash;Chapelle eran lo que debían
ser. Encontró dos o tres enfoques de prueba ya
olvidados, una mala tentativa de atrapar un gato asombrosamente
encaramado en el techo de un mingitorio callejero, y
también la foto de la mujer rubia y el adolescente.
El negativo era tan bueno que preparó una ampliación;
la ampliación era tan buena que hizo otra mucho
más grande, casi como un afiche. No se le ocurrió
(ahora se lo pregunta y se lo pregunta) que sólo
las fotos de la Conserjería merecían tanto
trabajo. De toda la serie, la instantánea en
la punta de la isla era la única que le interesaba;
fijó la ampliación en una pared del cuarto,
y el primer día estuvo un rato mirándola
y acordándose, en esa operación comparativa
y melancólica del recuerdo frente a la perdida
realidad; recuerdo petrificado, como toda foto, donde
nada faltaba, ni siquiera y sobre todo la nada, verdadera
fijadora de la escena. Estaba la mujer, estaba el chico,
rígido el árbol sobre sus cabezas, el
cielo tan fijo como las piedras del parapeto, nubes
y piedras confundidas en una sola materia inseparable
(ahora pasa una con bordes afilados, corre como en una
cabeza de tormenta). Los dos primeros días acepté
lo que había hecho, desde la foto en sí
hasta la ampliación en la pared, y no me pregunté
siquiera por qué interrumpía a cada rato
la traducción del tratado de José Norberto
Allende para reencontrar la cara de la mujer, las manchas
oscuras en el pretil. La primera sorpresa fue estúpida;
nunca se me había ocurrido pensar que cuando
miramos una foto de frente, los ojos repiten exactamente
.la posición y la visión del objetivo;
son esas cosas que se dan por sentadas y que a nadie
se le ocurre considerar. Desde mi silla, con la máquina
de escribir por delante, miraba la foto ahí a
tres metros, y entonces se me ocurrió que me
había instalado exactamente. en el punto de mira
del objetivo. Estaba muy bien así; sin duda era
la manera más perfecta de apreciar una foto,
aunque la visión en diagonal pudiera tener sus
encantos y aun sus descubrimientos. Cada tantos minutos,
por ejemplo cuando no encontraba la manera de decir
en buen francés lo que José Alberto Allende
decía en tan buen español, alzaba los
ojos y miraba la foto; a veces me atraía la mujer,
a veces el chico, a veces el pavimento donde una hoja
seca se había situado admirablemente para valorizar
un sector lateral. Entonces descansaba un rato de mi
trabajo, y me incluía otra vez con gusto en aquella
mañana que empapaba la foto, recordaba irónicamente
la imagen colérica de la mujer reclamándome
la fotografía, la fuga ridícula y patética
del chico, la entrada en escena del hombre de la cara
blanca. En el fondo estaba satisfecho de mí mismo;
mi partida no había sido demasiado brillante,
pues si a los franceses les ha sido dado el don de la
pronta respuesta, no veía bien por qué
había optado por irme sin una acabada demostración
de privilegios, prerrogativas y derechos ciudadanos.
Lo importante, lo verdaderamente importante era haber
ayudado al chico a escapar a tiempo (esto en caso de
que mis teorías fueran exactas, lo que no estaba
suficientemente probado, pero la fuga en sí parecía
demostrarlo). De puro entrometido le había dado
oportunidad de aprovechar al fin su miedo para algo
útil; ahora estaría arrepentido, menoscabado,
sintiéndose poco hombre. Mejor era eso que la
compañía de una mujer capaz de mirar como
lo miraban en la isla; Michel es puritano a ratos, cree
que no se debe corromper por la fuerza. En el fondo,
aquella foto había sido una buena acción.
No por buena acción la miraba entre párrafo
y párrafo de mi trabajo. En ese momento no sabía
por qué la miraba, por qué había
fijado la ampliación en la pared; quizá
ocurra así con todos los actos fatales, y sea
ésa la condición de su cumplimiento. Creo
que el temblor casi furtivo de las hojas del árbol
no me alarmó, que seguí una frase empezada
y la terminé redonda. Las costumbres son como
grandes herbarios, al fin y al cabo una ampliación
de ochenta por sesenta se parece a una pantalla donde
proyectan cine, donde en la punta de una isla una mujer
habla con un chico y un árbol agita unas hojas
secas sobre sus cabezas.
Pero las manos ya eran demasiado. Acababa de escribir:
Donc, la seconde clé réside dans la nature
intrinsèque des difficultés que les sociétés-y
vi la mano de la mujer que empezaba a cerrarse despacio,
dedo por dedo. De mí no quedó nada, una
frase en francés que jamás habrá
de terminarse, una máquina de escribir que cae
al suelo, una silla que chirría y tiembla, una
niebla. El chico había agachado la cabeza, como
los boxeadores cuando no pueden más y esperan
el golpe de desgracia; se había alzado el cuello
del sobretodo, parecía más que nunca un
prisionero, la perfecta víctima que ayuda a la
catástrofe. Ahora la mujer le hablaba al oído,
y la mano se abría otra vez para posarse en su
mejilla, acariciarla y acariciarla, quemándola
sin prisa. El chico estaba menos azorado que receloso,
una o dos veces atisbó por sobre el hombro de
la mujer y ella seguía hablando, explicando algo
que lo hacía mirar a cada momento hacia la zona
donde Michel sabía muy bien que estaba el auto
con el hombre del sombrero gris, cuidadosamente descartado
en la fotografía pero reflejándose en
los ojos del chico y (cómo dudarlo ahora) en
las palabras de la mujer, en las manos de la mujer,
en la presencia vicaria de la mujer. Cuando vi venir
al hombre, detenerse cerca de ellos y mirarlos, las
manos en los bolsillos y un aire entre hastiado y exigente,
patrón que va a silbar a su perro después
de los retozos en la plaza, comprendí, si eso
era comprender, lo que tenía que pasar, lo que
tenía que haber pasado, lo que hubiera tenido
que pasar en ese momento, entre esa gente, ahí
donde yo había llegado a trastrocar un orden,
inocentemente inmiscuido en eso que no había
pasado pero que ahora iba a pasar, ahora se iba a cumplir.
Y lo que entonces había imaginado era mucho menos
horrible que la realidad, esa mujer que no estaba ahí
por ella misma, no acariciaba ni proponía ni
alentaba para su placer, para llevarse al ángel
despeinado y jugar con su terror y su gracia deseosa.
El verdadero amo esperaba, sonriendo petulante, seguro
ya de la obra; no era el primero que mandaba a una mujer
a la vanguardia, a traerle los prisioneros maniatados
con flores. El resto sería tan simple, el auto,
una casa cualquiera, las bebidas, las láminas
excitantes, las lágrimas demasiado tarde, el
despertar en el infierno. Y yo no podía hacer
nada, esta vez no podía hacer absolutamente nada.
Mi fuerza había sido una fotografía, ésa,
ahí, donde se vengaban de mí mostrándome
sin disimulo lo que iba a suceder. La foto había
sido tomada, el tiempo había corrido; estábamos
tan lejos unos de otros, la corrupción seguramente
consumada, las lágrimas vertidas, y el resto
conjetura y tristeza. De pronto el orden se invertía,
ellos estaban vivos, moviéndose, decidían
y eran decididos, iban a su futuro; y yo desde este
lado, prisionero de otro tiempo, de una habitación
en un quinto piso, de no saber quiénes eran esa
mujer y ese hombre y ese niño, de ser nada más
que la lente de mi cámara, algo rígido,
incapaz de intervención. Me tiraban a la cara
la burla más horrible, la de decidir frente a
mi impotencia, la de que el chico mirara otra vez al
payaso enharinado y yo comprendiera que iba a aceptar,
que la propuesta contenía dinero o engaño,
y que no podía gritarle que huyera, o simplemente
facilitarle otra vez el camino con una nueva foto, una
pequeña y casi humilde intervención que
desbaratara el andamiaje de baba y de perfume. Todo
iba a resolverse allí mismo, en ese instante;
había como un inmenso silencio que no tenía
nada que ver con el silencio físico. Aquello
se tendía, se armaba. Creo que grité,
que grité terriblemente, y que en ese mismo segundo
supe que empezaba a acercarme, diez centímetros,
un paso, otro paso, el árbol giraba cadenciosamente
sus ramas en primer plano, una mancha del pretil salía
del cuadro, la cara de la mujer, vuelta hacia mí
como sorprendida, iba creciendo, y entonces giré
un poco, quiero decir que la cámara giró
un poco, y sin perder de vista a la mujer empezó
a acercarse al hombre que me miraba con los agujeros
negros que tenía en el sitio de los ojos, entre
sorprendido y rabioso miraba queriendo clavarme en el
aire, y en ese instante alcancé a ver como un
gran pájaro fuera de foco que pasaba de un solo
vuelo delante de la imagen, y me apoyé en la
pared de mi cuarto y fui feliz porque el chico acababa
de escaparse, lo veía corriendo, otra vez en
foco, huyendo con todo el pelo al viento, aprendiendo
por fin a volar sobre la isla, a llegar a la pasarela,
a volverse a la ciudad. Por segunda vez se les iba,
por segunda vez yo lo ayudaba a escaparse, lo devolvía
a su paraíso precario. Jadeando me quedé
frente a ellos; no había necesidad de avanzar
más, el juego estaba jugado. De la mujer se veía
apenas un hombro y algo de pelo, brutalmente cortado
por el cuadro de la imagen; pero de frente estaba el
hombre, entreabierta la boca donde veía temblar
una lengua negra, y levantaba lentamente las manos,
acercándolas al primer plano, un instante aún
en perfecto foco, y después todo él un
bulto que borraba la isla, el árbol, y yo cerré
los ojos y no quise mirar más, y me tapé
la cara y rompí a llorar como un idiota.
Ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos días,
todo este tiempo incontable. Lo que queda por decir
es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo
perfectamente limpio, rectángulo purísimo
clavado con alfileres en la pared de mi cuarto. Fue
lo que vi al abrir los ojos y secármelos con
los dedos: el cielo limpio, y después una nube
que entraba por la izquierda, paseaba lentamente su
gracia y se perdía por la derecha. Y luego otra,
y a veces en cambio todo se pone gris, todo es una enorme
nube, y de pronto restallan las salpicaduras de la lluvia,
largo rato se ve llover sobre la imagen, como un llanto
al revés, y poco a poco el cuadro se aclara,
quizá sale el sol, y otra vez entran las nubes,
de a dos, de a tres. Y las palomas, a veces, y uno que
otro gorrión. |