el devorador de tormentas, una novela policial de Alejandro Franco - capitulo 1 ofertas software para estudios contables
   

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el devorador de tormentas, de alejandro franco: capitulo 1

Por Alejandro Franco (contactenos)

 
 
 

Capítulo 1 - El Dr. Sócrates

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Lo que estamos viendo ahora y, que parece una gran pecera roja, en realidad es un tugurio. Uno de tantos de los que hay en Buenos Aires. Una puerta pequeña con luces de neón libidinosamente coloradas que zumban constantemente, una escalera en penumbras que desciende sigilosamente hasta el sótano, profusamente adornado con papel metalizado colorinche por todos lados; una barra con más luces de neón como los bares americanos; mesas y sillas escondidas entre las tinieblas de la pobre iluminación que, para variar, también es roja. Rojo, rojo y más rojo, más brillante o más oscuro, como para mostrar apenas por donde caminar, y para ocultar los rincones, especialmente los del costado izquierdo del escenario, que es donde se encuentran los "reservados", pequeños compartimentos de madera en sombras y con olores mezclados, donde generalmente la gente destapa sus instintos y resultan atendidos con mayor o menor apuro, de acuerdo al dinero que paguen, como en una casa de comidas rápidas. Música demasiado alta y estridente, aire espeso a humo de tabaco (y otras hierbas), bailarinas reptando por un caño arriba del escenario, coperas reptando debajo del escenario, intentando capturar a espectadores de carácter débil y billetera fuerte que quisieran algo más de un trago. Todas semidesnudas o, en el menor de los casos, prensadas en algún vestido que reacomode lo que sobra de un lado y del otro y las haga parecer más voluptuosas. Las carnadas debían ser apetitosas (o disfrazarse de tales) para que los cardúmenes humanos que visitan el cabaret picaran, y terminaran dejando buena parte de sus pensiones, sueldos, mensualidades y dinerillos extras en el negocio.

La fauna que habita el zoológico es variada. La gran mayoría son provincianas. Hay de todas edades, y las más veteranas se bañan en la falsa fuente de la juventud (que supone unos dos kilos de maquillaje) todos los días. Igualmente la gente que trabaja en un rubro así envejece prematuramente, aunque la oscuridad y los tintes disimulen las arrugas. Kilos de más para todas, unos cuantos dientes de menos en algunas, generalmente por falta de tiempo para ir a un dentista o por alguna trompada ligada en alguna bronca con algún cliente o con el patrón. Todas, historias de sueños frustrados, de hombres vagos y ávidos de dinero que las llevaron por mal camino con alguna promesa de fortuna o falso amor. No faltaban los talentos naturales; aquellas que creían firmemente haber nacido para esto, entendiendo que se trataba del mejor oficio del mundo, ya que mezclaban trabajo, dinero y placer; pero esas eran las menos. Y en todos los casos anidaba la esperanza del retiro a los cuarenta y, con el dinero ahorrado, empezar una vida nueva, poner un negocio, tener una familia. Pero para ello había que romperse bien el traste (nunca mejor dicho), y hacer jornadas de 12 o más horas:ocho en el cabaret y cuatro afuera en la calle, como cuentapropistas. Las que tenían más cabeza ya habían empezado a invertir, comprando un departamentito; otras habían formado alguna cooperativa e instalado un sauna entre amigas. Y las más cerebrales optaban por montar kioscos, invertirlo en plazos fijos, e incluso adquirir y gerenciar uno o dos taxis. Quedaba, pues, la minoría; generalmente las más jovenes o las más ignorantes (o ambas cosas a las vez), que se tiraban la plata encima, gastándola en ropas, viajes y vicios varios. Por supuesto, eran las más problemáticas y las que terminaban mal, porque pasadas de revoluciones, eran explotadas por falsos novios, o acababan tiradas en algún baldío, exterminadas por sobredosis con droga de mala calidad.

Pero más allá de eso, había cierto respeto y profesionalismo flotando en el ambiente. Tanto los celadores, el barman como las chicas tomaban esto como un trabajo como cualquiera, con horarios y obligaciones, muy bien pago sin importar la época (haya dinero o crisis, las hormonas siempre pueden más que la economía en los bolsillos de los hombres). Y esto se debía fundamentalmente al hombre que habitaba ocasionalmente en la puerta a la derecha del escenario, que entendía que un cabaret es una empresa como cualquier otra, y que participaba de la economía de mercado. El servicio debe ser bueno para que los clientes vuelvan, se ofrecen premios por asiduidad, las bebidas deben ser importadas para que la calidad del momento de placer quede en la memoria del visitante; las chicas deben tratarse bien y cobrar mejor, para que haya buen clima laboral y den lo mejor de sí en su oficio. Y sobre todo porque en el Buenos Aires actual se trataba de un empleo más, ya que existía una variada oferta de trabajo en el rubro. Como peones zafreros que migran de cosecha en cosecha, coperas y bailarinas saltan de un cabaret a otro, simplemente leyendo los clasificados del diario y buscando mejores pagas, y mejor ambiente de trabajo. Pero al regente de este cabaret le interesaba retener personal, porque la experiencia le había indicado que así como los clientes habituales son los más tranquilos y los que más gastan en el negocio, las "empleadas" satisfechas con su ambiente de trabajo rinden más y dan menos problemas. Y a las más difíciles se les dejaba la puerta abierta para que busquen nuevos horizontes en otros negocios del rubro. Eran excepcionales las veces que un puño cerrado había descendido sobre la cabeza de alguien para que entendiera razones; esas recetas nunca habían dado resultado en corregir a ovejas demasiado descarriadas. Simplemente, optaba por dejar abierta la puerta del gallinero y conseguir un reemplazo a través del diario. Y, en los casos más extremos, cuando caía alguna muchacha revolucionaria, con ansias de armar algún pequeño "sindicato" con otras chicas para apurarlo con más dinero, o que le espantaba clientes cuando estaba demasiado borracha o drogada. . . en esos casos problemáticos, si no entendían de buenas maneras el ejemplo de la puerta de salida, se terminaba por recurrir a soluciones extremas. Y terminaban sus días flotando en el riachuelo, o acuchilladas en algún callejón. Por supuesto, siempre lejos del negocio.
Porque el Doctor Sócrates, el dueño, siempre había entendido que resolver los temas de una chica problema nunca merecia el dinero que costaba una bala.

El Doctor Sócrates no era ni médico ni abogado. En realidad, a duras penas había terminado el secundario, pero eso ya lo ponía a la altura de una eminencia entre la fauna habitual del malevaje criollo. Su padre era brasileño, y había cruzado la frontera cagándose a tiros con la milicada hacía poco menos de cuarenta años. Después, había conocido una santafesina en su caída por el mapa hasta su descenso final en Buenos Aires, y se había quedado prendado. Cosa rara en el ambiente, había formado una familia estable, posiblemente porque su esposa (con papeles y todo), en vez de ser prescindente de los negocios habituales de su marido, participaba activamente en ellos. Ella había armado el primer negocio de la familia:un pequeño prostíbulo cerca de Rosario, al costado de la ruta. Mientras, Sócrates padre se desenvolvía eficientemente asaltando camiones, y fundando un nuevo rubro laboral, el de los "piratas del asfalto". Encontró un terreno próspero en la Argentina, menos vigilado que sus pagos natales, y con una policía más fácil de corromper. La fortuna familiar había comenzado a crecer, entre putas y mercadería robada, y en el seno de los Sócrates nacieron dos hijos:el "doctor", y su hermano menor, Eliseo, que había perecido junto con su padre en un desafortunado robo a un camión de caudales hacía un poco más de veinte años. Así pues, el doctor se hizo cargo a los quince años del negocio familiar y seguido los pasos de su padre. Pero como siempre sucede, las segundas generaciones aprenden de los errores de la primera, y habia decidido que debía cultivarse un poco para hacer rendir más el dinero, administrarlo y, sobre todo, hacerlo crecer. Terminó como pudo el secundario nocturno mientras de día reclutaba socios para sus atracos en la ruta; expandió el quilombo de su madre, poniendo dos sucursales más. Y aceitó manos con dinero, aquí y allá, para poder entrar en la provincia de Buenos Aires, especialmente gracias a un amigo político que siempre precisó sus servicios en especiales ocasiones. Ese había sido el error de su padre, que quiso probar fortuna fuera de su territorio habitual, Santa Fe, y había pagado con su vida y la de su hermano, al intentar cosas nuevas sin los avales suficientes.

Hacía cosa de diez años, pudo poner pie en la Capital. Había sido muy duro, pero era un trofeo muy tentador. Cerca de ocho millones de almas habitan la city y alrededores, y eso da un mercado enorme y extenso para explotar. Y tal como su padre, había entendido que no solo robar camiones y explotar prostitutas le darían esa gran fortuna que ambicionaba. Había crecido, tenía varias casas de diversión (como le gustaba llamar), tenía unos cuantos empleados, y entre contactos y amigos había armado una pequeña organización. Pero todo requería una vigilancia estricta, un control constante y el dinero que entraba le parecía poco en comparación al trabajo y al esfuerzo empleados. Por eso quería participar en grandes negocios. Cosas que dieran mucho dinero en poco tiempo y con poco desgaste. Por ello, se dedicó a leer, a "profesionalizarse"; devoró textos universitarios de economía, se rodeó de profesionales que consultaba todo el tiempo, asistía a seminarios como cualquier hombre de negocios preocupado por hacer crecer sus empresas y su fortuna. Puso un par de negocios más o menos legales, como una automotora y una distribuidora de autopartes, por donde reducía autos robados. Y si bién, no le había ido mal, seguía desconforme con los resultados, muchas veces zigzagueantes de acuerdo a la golpeada economía del país. Pero su madre, vieja zorra del rubro, que atendía únicamente su viejo prostíbulo de Rosario como si fuera su pensión para la vejez, fue la que le dio la clave de sus siguientes pasos; le dijo un día que, tanto el pobre como el rico, tanto en crisis como en épocas de vacas gordas, lo único por lo cual la gente vacía sus bolsillos gastando incluso lo que no tiene, es por sus vicios. Y como buen entrepeneur y representante de una nueva generación de mafiosos criollos, decidió probar suerte con la droga, que era donde estaba la plata grande y fácil. Por lo menos era lo que pensaba hasta hacía unos días, cuando algo había ocurrido. Algo que había salido mal, que se había llevado buena parte de sus ahorros así como de plata prestada por algunos de sus amigos influyentes. Algo que le quitaba el sueño y que lo había citado aquel día, en aquella hora, en su cabaret más grande en la ciudad, el que hacía las veces de su oficina de negocios.

El doctor Sócrates acomodó su larga figura en el sillón ejecutivo. Sus manos, grandes y venosas, dotadas de dedos largos y finos como lápices, estaban relajadas. Con una sostenía un cigarrillo negro con el cual fumigaba el ambiente de la oficina, pequeña pero funcional, y con la otra, mantenía erguido un diario financiero que descansaba sobre un escritorio de roble tapizado de terciopelo bordó. Estudiaba las cotizaciones de la bolsa y el valor del dólar, aunque su cabeza daba vueltas sobre el tema que iba a tratar en minutos más.
Su cabello era azabache y coronaba un rostro flaco y de contornos angulosos. Sus ojos negros rasgaban el papel y las letras impresas con aguda inteligencia y dureza. Miró el reloj de pared:faltaban cinco minutos para las siete. Volvió a hundirse en la lectura del diario, ajeno de la presencia del guardia que, en pose, estaba parado detrás de la puerta de entrada del cuarto. Ambos eran hombres delgados y enjutos, pero Sócrates tenía una piel blanca y pecosa, a diferencia de la tez café del guardia. Eran hombres secos y austeros, enfundados en baratos trajes grises y con corbatas colorinches, propias de la gente que usa trajes como si fueran uniformes de negocios, pero que odia los cuellos almidonados y que prefiere los jeans a los pantalones, y las zapatillas a los zapatos.

La puerta sonó dos veces. El guardia miró a Sócrates y, con su aprobación, abrió la entrada al recinto.

Dos hombres desparejos cruzaron la entrada. Vestidos en trajes azules baratos y de peor calidad, parecían más dos ordenanzas de un banco que dos matones. Saludaron a su jefe con una expresión casi inaudible, y ante el gesto de la mano de Sócrates, tomaron asiento en dos sillas de madera frente al escritorio.

La oficina tenía un par de armarios de metal con documentación del cabaret, el escritorio y las sillas donde estaban los tres hombres, y un par de fotografias enmarcadas de Toulouse Lautrec con motivos del can-cán y del Moulin Rouge, colgadas para tapar manchas de la humedad de la pared. Era sobria en extremo, y debilmente iluminada con un plafón bajo como el de las mesas de billar, que llegaba hasta la altura de las cabezas de los hombres sentados, dando un aire de sala de interrogatorios y dejando en penumbras al resto del cuarto. El guardia parecía una estatua viviente, oculto entre sombras. Sócrates le hizo una seña, y salió a custodiar la puerta, pero desde el lado de afuera.

Los hombres parecían relajados, pero no lo estaban. El más bajo, de cabello grisado y grasiento, tenía un bigote desparejo que conservaba aún el color negro original de su pelo. Algo panzón, tenía pinta de policía medio retirado. Una nariz afilada y unos ojos sombreados por ojeras escudriñaban por la habitación hasta que su jefe les prestara atención y despegara la mirada de aquel maldito diario. El otro, en cambio, era flaco, muy alto y huesudo, de pelo negro y algo largo, sin mentón y con una nuez prominente que lo hacía ver como un pájaro bobo de cuello largo; mantenía una mirada vidriosa clavada en el dorso del diario levemente alzado que leía Sócrates. Estaba de brazos cruzados, y su diestra vivía acariciando la pistola que colgaba en su axila.

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Al bajo le decían Chico; al alto, el Chueco. En silencio esperaron que el doctor Sócrates terminara de leer el informe del economista de turno. Fue entonces cuando el diario quedó chato contra el terciopelo del escritorio y aquella mirada dura se les incrustó en los ojos.

- No me gusta que me tomen por pelotudo. . . - escupió Sócrates mientras dirigía una mirada fulminante e inquisidora , primero a Chico, luego al Chueco.
Generalmente, aquella era una buena táctica que daba eventualmente resultados. Una acusación disparada al aire, un silencio incómodo, una mirada furiosa del gran jefe. . . hasta el cura más fanático podía terminar declarándose ateo.
Pero ambos hombres rebotaron aquella prueba, uno con indiferencia, el otro con otra mirada directa.
- Los llamé porque hay algo que quiero que se encarguen. Rápido, no sé si limpio, pero rápido.
Apagó el cigarrillo negro. Encendió otro. Le pegó una pitada larga como si fuera el último; era su pequeña ceremonia que celebraba cuando tocaba temas importantes.
- Verán, muchachos. . . Hace cosa de unos meses me propuse ampliar el negocio. Entre mis conocidos me recomendaron a un tipo que creo que ustedes han visto. . . el Cholo Chávez.
Ambos asintieron con la mirada.
- El Cholo tenía buenas referencias. Es cana, pero pasa - o pasaba - más tiempo con nosotros que con la yuta. Siempre es bueno tener a un policía amigo. ¿No, Chico?.
Chico era poli. En realidad, tenía placa y arma, e iba a cobrar una vez por mes el sueldo, pero casi nunca estaba en la comisaría. Sus jefes recibían un sobrecito abultado todos los meses para que, entre otros favores, Chico estuviera atendiendo negocios varios del Dr. Sócrates.
- El Cholo se mueve muy bien en el tema de la falopa. Tiene muchos contactos que pueden mirar para el costado cuando viene una carga. Entre otros amigos, tiene a uno que es dueño de una estancia en el norte de la provincia. Tiene una pista de aterrizaje y hace las importaciones.
Pegó una pitada larga al cigarrillo, hasta consumir la tercera parte. Tragó el humo y empezó a largarlo con las palabras.
- Hace cosa de dos semanas, avanzamos con el Cholo y este tipo para traer una carga. Ya tenía un circuito armado para rebajar, empaquetar y distribuír la merca. Solo faltaba recibir el envío y pagar contra entrega. . . al menos, así de simple parecía. . . El envío se acordó para hace tres días. Esta gente colombiana es muy quisquillosa, más con los nuevos clientes, así que el Cholo era el encargado del contacto de la primera compra. Después nos iría presentando. Esto era habitual, se había hecho cientos de veces y no había ningún motivo para que las cosas salieran como el culo. Por lo menos, hasta que pasó lo que pasó.

Aplastó el cigarrillo, a medio terminar. Una nube quedó en medio del escritorio, entre los dos oyentes y el disertante, que se estaba malhumorando.

- Y lo que pasó, es que hubo quilombo. Hubo una trampa. No sé quién mierda la tendió, pero todo salió mal. Ayer me llama a la madrugada el Comisario Pedriel, que es el jefe del Cholo, diciéndome que saliera cagando hacia la estancia de este flaco. Me fui con un grupito de muchachos, bien "cargado", por si había que cagarse a tiros. Lo que nunca imaginé es que cuando llegué a la estancia, me iba a encontrar con una matanza. . . - los ojos de Sócrates se abrieron más de la cuenta, como si estuviera viendo aquella escena en aquél mismo momento - Quince tipos muertos. El estanciero, los colombianos, los guardias del estanciero. . . Todos baleados. Pero el único que faltaba era el Cholo. ¡Y faltaba la merca y la guita!.
El puño de Sócrates golpeó fuertemente la mesa. Ya no era el mismo tipo frío y letal de hace unos instantes. Ahora era un tipo rabioso y más mortífero, destilando bronca.
- ¡Me importa tres carajos a quién tengan que cargarse, pero quiero mi plata!. ¡Y lo quiero al Cholo, vivito, como para cogérmelo y que sepa, él y el resto, que conmigo no se jode!. - bajó unos decibeles la voz - El que lo hizo, debe haber ido con un ejército para voltearse tantos tipos, tan cargados de fierros. No me importa si es Sadam Hussein o Al Capone, con un ejército enorme de gorilas, pero cuando lo encuentren, a ése también le voy a dar por el culo. Y con una 45. - tomó un poco de aire, para recuperar su tono calmado del principio - ¿He sido claro?.
Ambos asintieron. Chico abrió el juego.
- ¿De cuánto hablamos?.
- De un palo verde y dos kilos de merca de ultra pureza.
Chico procesó la información. Siguió preguntando.
- ¿Y Pedriel?
- Parece limpio. . . no creo que haya ido con sus muchachos a hacer el trabajo. El tipo es cagón, solo le gusta la plata fácil, nunca ensuciarse las manos con sangre. Pero investíguenlo.
- ¿Alguien de la estancia faltó a la cita?
- Nadie. . . se voltearon hasta los caseros.
- ¿Y los colombianos?
- Están también recalientes. Nunca perdieron gente acá. Piensan que alguno de la competencia vino a cagarles la fiesta. - hizo una pausa - Si bien conviven, ya llevan dos años de paz con otros dealers. Pero nunca falta alguno nuevo, que quiere patear el nido y hacerse un hueco. . . están investigando por su cuenta, y me pasarán algún dato si saben algo.
Sócrates se levantó del asiento, dando por terminada la reunión.
- Pedriel tiene los detalles de los cuerpos, las balas. . . hasta el expediente del Cholo. Pregúntenle lo que quieran a él. Y también revísenlo. No quiero puntada sin hilo. . . Llámenme a cualquier hora y pásenme lo nuevo que sepan. - se inclinó hacia los hombres, por encima del escritorio - Esa guita costó mucho laburo juntarla. Me la traen de vuelta. Y ní si les ocurra hacer alguna pelotudez, porque conozco donde viven sus hermanos, sus padres, sus abuelitos. . . - su voz se volvió profunda y ominosa - Ustedes son dos percherones, que solo cinchan para donde les indique el amo; o sea, yo. No son dos caballos de carrera. Hagan lo que yo digo, y les doy un buen premio. Háganse los boludos y van a terminar en una zanja, viendo crecer los árboles desde abajo.
Chico también se levantó. El Chueco permanecía mudo. Sócrates lo encaró.
- ¿Les queda claro?
- Nos queda claro - respondio Chico.
- Síp. - susurró el Chueco, que recién atinaba a dejar el asiento.
- Ahora, muevan las bolas, y tráiganme al Cholo Chávez.
Los dos hombres se despidieron del jefe con un movimiento de cabeza y se escabulleron por la misma puerta que habían entrado media hora antes, sumergiéndose en la ciudad.

 
 

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