el devorador de tormentas, una novela policial de Alejandro Franco - capitulo 4 oferta software de facturacion electronica
   

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el devorador de tormentas, de alejandro franco: capitulo 4

Por Alejandro Franco (contactenos)

 
 
 

Capítulo 4 - Confianza recíproca

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El convoy estaba formado por la Rastrojero en primer lugar, donde viajaban Santos y el Dr. Orestes, y el Chevy con Chico, el Chueco y el cabo García. Pérez se había quedado de guardia en la dependencia.
Habían pasado hacía un kilómetro la ruta, y doblaron por un camino de tierra aún transitable. Iban a una chacra donde les iban a prestar unos caballos, y los acompañaría un vaqueano.
Santos conducía, absorto por esquivar los badenes. Orestes iba pensativo.
- Hay algo mal.
Santos puenteaba los agujeros del camino. Parecía que lo habían bombardeado.
- Sí. . . ¡este camino de mierda!.
- Vos sabés que no hablo de eso.
La pickup daba unos lindos repingos. El Chevy no se quedaba atrás. Parecían dos cocteleras.
- ¿Y entonces?. . . ¿De estos dos vagos hablás?
Orestes asintió con la cabeza.
- El flaco está ido. No tienen pinta de canas.
- Ah. . . pavadas. Yo tampoco tengo pinta de cana. Además, el flaco se debe haber mandado un par de ginebras.
- Elías. . . - Orestes era el único que llamaba al comisario por su nombre de pila. - El flaco no tiene pinta de mandarse unas ginebras.
- Y entonces?
Orestes lo miró, y Santos captó la mirada.
- Ahh. . . bué, habas se cocinan en todas partes
- Si, ya lo sé, pero vos fijáte que acá en el pueblo nunca pasa nada. Después todo el quilombo, el circo que armaron. . . y después que pasó medio mundo aparecen estos dos tipos descolgados. Además, vos sabés bien que Pérez andaba en cosas raras.
- Medio mundo anda en cosas raras.
De Pérez Costas se contaban muchas historias; que había movimiento nocturno en su estancia, que fletaban camiones hasta un puerto oculto a kilómetros de Roble Quemado, que había un tránsito constante de lanchas de y hacia Uruguay. . . pero nunca nadie supo lo que llevaban las lanchas. Ni lo que traían los aviones que bajaban en la finca de los Pérez.
- ¿Te acordás de Fortunato?
- En ese estaba pensando.
Fortunato era el dueño de una chacra delante de la estancia de Pérez Costas. Su campo era pequeño - cinco hectáreas - y con lo que le daba apenas vivía. Pero era bastante grande como para tener que trabajarlo con tractor. Cosechaba trigo, y le gustaba trabajar hasta tarde, aprovechando el sereno. Al parecer, en una de esas tantas noches vió algo raro que pasaba en las casonas de los Pérez. Al menos ese era el rumor, ya que Fortunato no pudo contarlo. Apareció muerto al otro día, entre las aspas de la cosechadora. La mitad de su cuerpo en la máquina, la otra mitad esparcida por el campo. Se concluyó que había sido un accidente, aunque resultaba más que raro, por la posición de los restos, que alguien dejara el tractor funcionando y viniera corriendo hacia la segadora.
- Yo lo que digo, es que abras bien los ojos. A ver si terminás como Fortunato.
- ¡Dejáte de joder!
- Esos tipos son raros, Elías. Están acá por algo más que la matanza de la otra noche.
La camioneta pegó un brinco y saltó un metro.
- ¡La puta!.
- Más vale que te hagas de un plan.
Otro salto.
- ¡La concha de la lora!
- ¿!¿Me escuchaste?!? - le gritó ante la poca recepción de su compañero.
- Te escuché, Orestes. - asintió Santos. - Siempre te escucho. Y siempre tengo un plan.

En el otro auto, Chico puteaba de lo lindo.
- ¡Mi auto!. . . ¡La suspensión va a quedar hecha mierda!. . . ¡Encima, tenemos que hacerle caso a Landriscina que ahora es el comisario del pueblo!.
El Chueco lo codeó para que se diera cuenta de que no iban solos. El petiso no le dio ni cinco de bolilla. Estaba recaliente con el tiempo, con el castigo que sufría el chasis del Chevy, y con el incapaz que lo guiaba. El creía en las cuestiones de piel; y el comisario ya le había caído mal de entrada. Hay gente meterete, molesta, ignorante y con autoridad, que vive haciendo idioteces y a la que , lamentablemente alguna vez, debemos acudir por su ayuda. Y es entonces cuando nos tenemos que tragar el orgullo y dejarlos hacer, con la profunda esperanza de no precisar nunca más de ellos. Chico se había cansado de ver tipos de ese estilo. Siempre pensó que si el estuviera en ese lugar, haría las cosas doscientas veces mejor. Pero parece que el mundo reservó las jefaturas para que los inútiles nos manden.
Un relámpago rasgó el telón grisáceo que cubría todo el cielo. Eran las cinco de la tarde, pero parecía de noche.
- Ya falta poco, oficial. - murmuró el cabo García, que venía espiando por las ventanillas empapadas.
Chico le hizo gestos al Chueco para que acercara la oreja. Total, en el espejo retrovisor se veía que el cabo parecía un niño con la ñata contra el vidrio, viendo la tormenta, a pesar de los repingos del camino.
- Si se encuentra algo. . . - murmuró Chico.
E inmediatamente hizo un gesto con la mano, como segando el aire. El Chueco asintió con una caída de párpados de sus irritados ojos.
Mientras, a lo lejos, se empezaba a divisar la figura verde de la casona del dueño de la chacra.

Los vehículos frenaron bajo un pequeño alero de chapa de zinc que cubría la mitad de los mismos. Estaban totalmente embarrados y, si bien los pueblerinos habían adaptado su vestimenta dotandose de botas de media caña, los citadinos se habían emperrado en ir de zapatos. Chico se apeó del auto y vió los guardabarros ligeramente abollados del Chevy. Apretó los dientes, maldijo por lo bajo. Sócrates iba a tener que pagarle muy bien ese sacrificio.
- ¡Veo que llegaron sanos!. - comentó una figura que salió a recibirlos. Chico se dio vuelta y abrió la boca.
- Señor Garmendia, le presento al señor Choi. Nuestro vaqueano.
- ¿¿Un coreano??.
Choi Lee Ho era coreano y eso era a todas luces evidente. Aunque sus padres eran orientales y habían venido con la oleada inmigratoria de los ´80, cuando la democracia volvía al país y parecía ser nuevamente una tierra de oportunidades, Choi había llegado siendo muy chico y se sentía más argentino que cualquier criollo. Sus padres lo criaron en su taller de confecciones que tenían en Capital, en el barrio de Once, con la esperanza que se encargara del negocio. Pero decidió delegar esa responsabilidad en su hermano mayor. Amaba el mate y el chamamé, vivía en las exposiciones de la sociedad rural, y sentía que lo suyo era el campo. Especialmente proviniendo de un país en donde el dueño de 100 metros de pasto era considerado un hacendado. En comparación con sus diez hectáreas, Choi se sentía poco menos que Ben Cartwright, el dueño de La Ponderosa.
Incluso a su propiedad le había puesto ese nombre.
A los dieciocho decidió probar suerte y le pidió su parte de fortuna familiar a su padre. Se compró los terrenos en Roble Quemado a precio irrisorio y, sin un pelo de tonto, se puso a sembrar soja. Total, tenía bastantes amigos en el Korean Town - como llamaban a las diez cuadras del barrio de Almagro que aloja negocios, iglesias, templos y empresas exclusivamente de y para coreanos - como para venderles permanentemente la producción de su campo. Mientras, se había enamorado de una argentina - una quemadense, hija de otro chacrero del lugar -, se había casado y sentía que había tocado el cielo con las manos. Su suegro lo había llevado a cazar y lo había adiestrado en las artes campestres. Y, aunque hubo un resquemor inicial, pudo desvanecerlo rápidamente gracias a su gran simpatía y don de gente.
Choi se acercó y extendió la mano con un mate cargado.
- Amargo como le gusta, comisario.
Santos tomó el mate y le dio un buen sorbo. Hizo ruido hasta quedar seco. Mientras, Orestes y García saludaban a Choi y los otros dos abrían con esfuerzo el baúl del Chevy para sacar las escopetas.
- Es ridículo. - comentó Chico.
- Che. . . ¿estás seguro?
- ¿De que es ridículo?
- No, boludo. De quemarlos si encontramos la guita.
Chico alzó la mirada y le hizo un gesto con la boca, frunciendo los labios.
- Está bien. No dije nada.
Santos se acercó hasta ellos con el mate nuevamente cargado.
- ¿Gustan?. Mate con Ginebra. Les va a venir bien para sacarse el frío.
Rechazaron con la cabeza. Santos volvió por donde había venido.
- Ustedes se lo pierden. . .
Los cuatro hombres empezaron una charla intrascendente. Había explosiones de risas, hasta que del interior de la casona apareció una mujer. Delgada aunque de cachetes regordetes, morocha, tez café y rasgos rústicos.
- ¡¡Mary!! - exclamaron casi al unísono.
Chico y el Chueco seguían pintados. Nadie les prestaba atención. Seguían las risas. De pronto, Santos recordó que no habían venido solos, y les hizo gestos para que se acercaran.
- Les presento a estos oficiales. . .
- Ya los presentaste, Elías. - murmuró Orestes, mientras le arrebataba el mate de la mano del comisario.
- El cabo Pérez me había avisado. Tengo los caballos listos. - acotó Choi.
Santos se acercó a Chico. Le habló de cerca; su aliento daba noticias, más que una ginebra, que se había tomado la licorería entera.
- Choi es el mejor vaqueano de toda esta zona. Puede esquivar a ciegas los pozos de barro más escondidos que haya. - se dio vuelta y le gritó al coreano -¡¿Verdad, Choi?!
El coreano no sabía que le estaba susurrando a Chico, pero le devolvió una sonrisa de cortesía. Santos dio una carrerita nuevamente hasta ellos.
- ¡¡¡Choi!!!. - exclamó - ¡Amigazo!.
Y fue y le dio un abrazo.
Mientras todos se reían, Orestes observaba seriamente las payasadas, y Chico desaprobaba; después de todo, él consideraba a los coreanos como otra molestia.
Y el Chueco sorbía fuertemente la novedad de aquel mate con ginebra.

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Adentro se estaban haciendo los preparativos de apuro:juntaban cacerolas, latas de comida, bidones con agua, frazadas, yerba y otros enseres. Sería una jornada larga; en aquella época y con suerte, tendrían una hora más de luz, y otra extra de penumbras. Y si tenían más suerte, esas dos horas les alcanzarían para cubrir los casi diez kilómetros que los separaban, desde la chacra de Choi, hasta el casco de la estancia de Pérez Costas. Pero deberían pasar la noche en la misma.

Santos salió a respirar un poco del aire húmedo y con olor a tierra para ventilarse. Se le partía la cabeza por montones de causas posibles:los sacudones del viaje, el haber almorzado poco, los mates con ginebra. . . la tardecita con la Yoli.
Esa mujer. . . lo tenía mal. Sabía que no podía mezclarse seriamente con ella. ¿No podía?. Eso era una cuestión de perspectivas:hacía diez años que estaba solo, no le interesaba a nadie, no tenía familia. . . era una vida solitaria y dura, sobre todo a la noche, al llegar a la casa y sentir el silencio que invadía la casa después de hablar y hablar tonterías todo el día. . .
Santos se sentía atrapado por el pueblo. No era la primera vez que aquella sensación le golpeaba el pecho. Atrapado porque los únicos conocidos y amigos que tenía eran de ahí, porque su historia estaba encadenada al pueblo, porque no conocía otra cosa que no fuera Roble Quemado. Y estaba viejo y decadente, trabajando desganado en una labor que ya había cubierto más de la mitad de su vida. No sabía hacer otra cosa. Era demasiado grande como para empezar de cero algo.
Salvo, claro está, con la dueña del quilombo del pueblo. Pero. . . ¿cómo olvidar a su mujer, con la que soñaba todas las noches?. Aún estaba fresco en su recuerdo la llamada a medianoche, los apurones al salir disparado bajo la lluvia aquella noche de marzo. . . el llegar hasta las vías de tren y encontrar los hierros retorcidos de la camioneta. . . y el resto de las cosas que pasaron y que su memoria optó por borrar.
Lluvia. . . marzo. . . como hoy, como el día del accidente, como ocho años atrás. . . cuando se emborrachó y se salió del camino, salvándose por un pelo de matarse. Estaba pasado de alcohol y cayó inconsciente. Y solo recordó despertarse en la cama de la Yoli, con un paño frío cubriendo su frente, y una mano suave y perfumada acariciando su cabello.
Yoli aún conservaba, en esa época, su frescura y su belleza. Sólo la había conocido ocasionalmente, por algún asunto de trabajo policial, cuando precisaba averiguar datos sobre desconocidos que anduvieran por la zona. Conocía su historia - quién puede vivir en un pueblo sin que su historia no fuera pública -, y le caía bien, pero nunca se había fijado en ella como mujer. Siempre dejó a ella y a sus chicas trabajar tranquilas, pues consideraba que había cosas mucho más graves por las cuales interesarse. Pero después de aquel accidente, había vuelto a sentir cariño de parte de alguien. Y, aún conociendo su oficio, poco a poco comenzó a visitarla, primero hablando de la tontería de esa noche, después ya siendo confidentes. . . y por último, se habían arriesgado mutuamente a saltar la barrera que lo separaba de íntimos.
Ella lo complementaba, le hacía poner los pies sobre la tierra. Y, como él, cargaba una historia y una condena. Pero ella era más arriesgada, y hacía unos meses que insistía con que estuvieran juntos. Que abandonaran cada cual lo suyo, que salieran de aquel dichoso pueblo, que se fueran lejos, donde nadie los conociera. Y él se refugiaba en el cómo, si eran dos pobres gatos que apenas tenían donde caer muertos. Vender todo, comprar una chacra, empezar una nueva vida a los cincuenta. . . Siempre bromeando, haciéndose el distraído, había esquivado la cuestión de fondo. Y sabía que no tenía mucho tiempo más para seguir con aquellos juegos, porque la Yoli un día se cansaría de él, o él estaría muy viejo como para seguir despertándole alguna pasión. Y si ella un día se retiraba, desaparecía. . . ¿qué sería de él?. Porque lo que más le apenaba era que, habiendo conocido a tanta gente durante tantos años, no le mortificaba el hecho de que fuera una prostituta la unica persona del mundo interesada en él; lo que le mortificaba era que esos sentimientos eran reales y sinceros, y él, por prejuicio o comodidad, no estaba dispuesto a tomar ese tren enloquecido de demoler todo lo que había construido y salir a probar si era verdad o mentira el amor que sentían. Podía ser el último tren al cielo. Y era demasiado caro el ticket.
Lluvia. . . marzo. . . El mes de los peores temporales. Y parecía ser que era el mes en que siempre cambiaba su vida.
La llovizna intermitente bañaba su cara. Sin querer, pensando, había caminado alejándose del refugio del alero y se encontraba cerca de los autos. Su camisa y pantalones estaban satinados por gotas de lluvia minúsculas. Decidió entrar a ayudar con los últimos arreglos. Si aquellos dos idiotas habían insistido tanto, que se la aguantaran. Aquél sería un esfuerzo grande e improvisado, todo por no saber esperar hasta la mañana siguiente, por querer las cosas ya, por estimar que la gente de campo siempre está errada y los únicos dueños de la verdad son los citadinos.
Iba a pegar la vuelta cuando vió algo plateado en un charco, tirado cerca del baúl del Chevy. Santos se acercó hasta él, se agachó y lo tomó con dos dedos. Parecía una envoltura de chicle, pero no tenía ninguna marca o letra impresa; eran simplemente dos cuadraditos plateados de papel aluminio. Estaban cerrados a mano, y a Santos le pareció que los habían hecho con el forro interior de una caja de cigarrillos. Cuando lo desplegó, vió a la luz unos gramos de polvo blanco que empezaron a disolverse con las gotas de lluvia que caían.
Era n ravioles de cocaína.


Chico permanecía contra la ventana, a espaldas de los preparativos que hacían Choi, su mujer, Orestes y el cabo. El Chueco se había ido al baño, sintiéndose algo descompuesto por el mate con ginebra.
Estaba observando la figura del comisario acuclillada cerca de su auto.
- Oficial Garmendia. . . ¿pasa algo?. - preguntó el Dr. Orestes.
El semblante de Chico era serio, preocupado.
- No, nada, doctor. - musitó - Sólo estoy viendo si para de llover.

 
 

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