el devorador de tormentas, una novela policial de Alejandro Franco - capitulo 5 software erp manager, el mejor sistema de gestion para pymes argentinas
   

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el devorador de tormentas, de alejandro franco: capitulo 5

Por Alejandro Franco (contactenos)

 
 
 

Capítulo 5 - "El abismo llama al abismo"

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La lluvia había cesado y, salvo algunos fugaces refucilos, la tormenta se había calmado lo suficiente como para iniciar la marcha. Santos, Orestes, el cabo García, el Chueco y Chico empezaron un cansino peregrinaje hacia la estancia, bajo la guía del coreano.

Era una pradera con suaves colinas, de colores dorados y verdes fosforescentes - según el cultivo de las distintas hectáreas de campo - y matizado uniformemente por el reflejo gris plomo del cielo. Estaba fresco, aunque no hacía frío; y la tormenta permanecía quieta, amenazante, sobre las cabezas de los miembros del improvisado convoy.
El Chueco iba en la retaguardia. Iba absorto, como de costumbre, pero esta vez estaba preocupado e inquieto. Había ido al baño en la chacra de Choi, después de un largo día en el cual ni siquiera había probado un gramo de polvo. Y una vez que se encontraba en cierta privacidad, se dio cuenta que sus reservas habían desaparecido. Y encima que eran pocas!. Durante las corridas del día, había omitido parar siquiera en su casa, o escaparse de la mirada de Chico a ver un dealer. Su cuerpo ahora le exigía su ración diaria de coca. . . que quién sabe dónde y cómo se le habían caído. ¡Mierda!. . . ¿y ahora?. . . Sólo le quedaba aguantar lo mejor que pudiese; ya sentía la electricidad en su cuerpo, sus manos sudaban y estaban inquietas con las riendas del equino. No quería pensar en todo lo que le faltaba hasta que pudiera volver a Buenos Aires a conseguir algo de merca. Serían horas. . . quizás días de aquel infierno. . . a menos que. . .
A menos que encontrara el cargamento que Cholo había afanado a los colombianos. Era una posibilidad tan lejana. . . pero, quién dice, quizás tenía suerte. Según Chico, el tipo estaba aún en la zona. Y si lo podía ubicar, quizás tuviese aún la carga encima. ¡Qué le importaba la plata!. Tan sólo precisaba unos gramos de aquella bolsa. . .
Esas ideas iban y venían martillando su mente. Y tan sólo imaginar aquel kilo de coca hacía que se le retorciera el estómago de ansiedad. Pronto empezó a pelear mentalmente para pensar en cualquier otra cosa, menos en aquel extasiante polvo blanco.

Mientras el Chueco estaba con sus problemas, Chico venía ordenando los suyos. Toda aquella gente ignorante le molestaba, parecía que lo tomaban para la joda. Siempre lucir la chapa y el grado le había traído respeto, aunque sabía que a sus espaldas debían insultar de lo lindo. Pero aquellos hombres estaban cortados por otra tijera. En especial, el comisario, que parecía vivir en la luna y cagarse de risa de cualquiera que fuera superior a él. A él sería el primero en despachar. . . lo había visto husmear cerca de su auto y eso no le había gustado nada. ¿Sospecharía algo, acaso?. Pero dudaba mucho que le pasara una idea por la cabeza a aquél adoquín con pelo. Sí, sería el primero en caer. Y le pedía a Dios que pudiera encontrar la mercancía y la plata rápido, así podía irse pronto y cargarse a estos hombres como un premio extra.
Pero, a metros de Chico, iban Santos, Choi y Orestes hablando despreocupadamente de cosas de campo. El cabo García marchaba mudo, pero no dejaba de mirar ocasionalmente a los recién llegados, en especial al alto.
- Sí, el tiempo es una mierda, comisario. - espetaba Choi - Tanta lluvia no me deja curar la soja. Y la tercera parte del campo está media annegada.
- ¡Jé!. ¡Vas a tener que sembrar arroz!. - bromeó Santos.
- A este paso. .
- Tranquilo, Choi. Para esta noche decían que va a cambiar el viento. Probablemente se lleve la tormenta lejos. - metió la cuchara el doctor.
- ¿Para dónde?
- Para el lado de Santa Fe.
- Uhhh. . . con este clima, lo que me va a caer es una sudestada. Suerte puta.
Santos se rascó la nuca.
- Quizás no. . . ¿acaso en marzo no viene el temporal rojo?
Los dos hombres miraron al comisario, que acababa de emitir las últimas palabras.
- No jodas con eso, Santos. - replicó
Ahora era Choi el que miraba con curiosidad a ambos hombres. Incluso Chico, que estaba alejado un poco del grupo, paró la oreja.
- ¿Qué es eso del temporal rojo?. - preguntó Choi.
- Choi, me extraña. . . Vos hace tiempo que vivís acá. . . Me vás a decir que nunca te agarró el temporal rojo.
El coreano negó enfáticamente con la cabeza.
- Bué. . . es una tormenta caliente que aparece en marzo. No siempre, hubo años en que no vino. - mencionó Orestes.
Choi se rió de buena gana.
- Si, claro. . . Ojalá viniera ese temporal rojo. Porque sino, esta noche nos vamos a cagar de frío.
- Y puede ser que venga. - replicó Santos - ¿Vos te fijaste como se cortó la tormenta en seco?.
Se encogió de hombros.
- No, Choi. Yo llevo más tiempo que vos en este negocio. . . Cuando vos te meabas en los pañales, yo andaba patrullando los campos a caballo. Y te digo que los temporales rojos vienen así; de golpe, cortan a una tormenta, hay una calma chicha y de pronto empezás a sentir ese viento caliente en el rostro. - narraba Santos - . Al principio es una brisa agradable, te seca la ropa. . . pero después se transforma en un animal desbocado. Se traga al temporal que había antes. Y golpea con la fuerza de un látigo.
- Si me hubiera pasado algo así me acordaría.
- ¡Ya lo creo!. Es una experiencia terrible si estás en medio del campo como un boludo. . . así como estamos nosotros ahora.
Orestes y el coreano se rieron.
- Elías. . . - iba a acotar Orestes.
- ¡Se ríe!. ¿Vos sabés que es el viento de la locura?.
El ceño del coreano se frunció en un gesto de incredulidad.
- Este vago sigue sin creerme. . . Decí que lo tengo a Orestes de testigo. - lo señaló al doctor - En marzo pasan las peores cosas. . . - una fugaz imagen pasó por la mente del comisario, pero la apartó inmediatamente para continuar su historia - Las pocas veces que hubo sangre corriendo en Roble Quemado fue en marzo. Y en las noches que caía el temporal rojo.
El comisario se tomó un respiro para proseguir el relato.
- Me acuerdo una vez. . . Hará siete u ocho años. ¿O eran diez?. . . - los rostros de ambos hombres estaban volteados hacia él; y aunque no lo veía, sabía que Chico también estaba atendiendo. Ya tenía agarrada a la audiencia como a él le gustaba. - Fue en ese marzo, cuando pasó lo de la viuda de Méndez.
Se calló. Miró al cielo y al horizonte. Ciertamente el resplandor del Sol muriendo sobre el horizonte parecía darle algo de razón a sus palabras. El tiempo iba a cambiar, y aquél era un presagio de una tormenta. . . distinta.
- ¿Qué pasó con la viuda de Méndez?.
Santo sonrió.
- ¡Ah, m´ijo!. Si tenés estomago suficiente, puede ser que te cuente lo que pasó con la viuda de Méndez. De lo contrario, vas a pasar noches sin dormir.
Orestes hizo un gesto de impaciencia ante la cara ansiosa de Choi.
- No seas guacho, y contále la historia de una vez.
- Bué. . . ¡después no digas que no le advertí!. . . - dirigió su mirada al coreano - Todo lo que te voy a contar ahora es absolutamente cierto, aunque parezca terrible e increíble. Y lo que me demuestra que a pesar de los años de tratar todos los días a la misma gente, uno nunca sabe que és lo que cada uno tiene cocinando en el coco.
Choi sacó un paquete de cigarrillos negros. Orestes rechazó la invitación; Santos aceptó, a pesar que fumaba ocasionalmente, pero aquella vez sintió ganas de saborear el gusto fuerte de aquel tabaco.
Encendieron los cigarrillos con un encendedor barato de gas.
- Resulta que la mina ésta había enviudado hace poco. El marido era un veleta de aquellos; vivía de joda, armaba unas timbas nocturnas terribles en lo de Don Cosme. . .
- ¿El viejo Cosme?
- Si, el padre del intendente. ¡Ah, no sabés que jodas que se armaban!. Estaba la mujer de Cosme, Doña Hilda - la mujer del farmaceútico -, Palacios con el hijo. . . Jugaban fuerte. Y peor, las mujeres. . . Si hay algo que aprendí en esta vida, es que en cuestión de vicios, las mujeres son peores que los hombres. ¡Cuando son viciosas, agarráte Catalina!.
Pitó el cigarrillo. Era malo; ya había desaparecido la tercera parte casi sin fumarlo.
- Bué, . . . esto fue a principios de marzo. ¿Te dije que jugaban fuerte?- Choi asintió - Pues sí, se patinaban lindo la guita. Fijate vos que la farmacia de Hilda se la ganó al viejo Palacios en esas timbeadas. . . Así apostaban. Y también chupaban a lo pavote. Muchas veces caían secos sobre el final de la timba, cuando estaba saliendo el Sol. Pasados de caña y ginebra.

Otra pitada.

- El viejo Palacios ya venía caliente por el tema de la farmacia. Estaba juntando guita para levantar el muerto y recuperarla. Pero el viejo era flor de vicioso, y la guita le quemaba en las manos. Justo en esa noche, ganó un par de manos al truco - que era lo que timbeaban horas y horas - y pensó que si arriesgaba la guita para recuperar la farmacia, podía cubrir la diferencia en una sola noche. . . Como sea, el hijo saltó para detenerlo. Estaba en pedo, pero todavía tenía alguna neurona fresca como para frenar al viejo. Obviamente lo que pasó es que el viejo sacó a patadas al pendejo. Estaba convencido que ésa era la noche de él. -
Empezaron a descender una pequeña colina; ocasionalmente los caballos pisaban en falso y parecía que se irían al suelo, con caballo y todo. Cuando el terreno se niveló, Santos retomó el relato.
- Quiso la suerte que la mayoría largara - por la hora y el alcohol - , y quedaran Méndez y el viejo Palacios en un mano a mano. El resto se había borrado, o estaba tirado por algún rincón. . . Palacios ganó la primera. . . y empezo a perder la segunda, la tercera y la cuarta. La quinta la ganó. . . y es lo peor que puede pasar, porque creés que la suerte vuelve a darse vuelta. Te cebás más, pensás que vas a recuperar lo que perdiste. . .
- Y terminás perdiéndolo todo. . . - acotó Orestes.
- Exacto. . . - hizo una pausa - Ya la noche había terminado, y Palacios había quedado más pelado que un huevo. Sin negocio y sin guita para recuperarlo. Y encima debía levantar ese muerto. . . Méndez, en cambio, se tiraba pedos de colores. Juntó toda la guita en una bolsa de basura, y se las piró.
Siguó pitando el cigarrillo. Ya llegaba al filtro. Paladeó la última bocanada y lo lanzó al vacío de un tinguiñazo.
- Y. . . el viejo no se quedó atrás. No sé sabés que el viejo Cosme tiene la casa a dos kilómetros de la ruta.
- ¿Para este lado? - preguntó Choi.
- No, . . . para la otra salida del pueblo. . . ¿Eh?. ¿Qué te decía?
- Que el viejo Palacios salió detrás de Méndez. . . - dijo con tono aburrido Orestes, quizás harto de escuchar cientos de veces la historia.
- ¡Ahhh. . . sí!. . . El viejo salió chumbando atrás. . . era un día fulero como hoy, y Méndez iba con la pickup por el barro a duras penas. Palacios venía cortando clavos con el caballo, saltando tranqueras. . . No va que Méndez, en una poceada como la de hoy, pega un repingo y la camioneta se le da vuelta!. Flor de piña!. - miró de reojo a Chico. Sus ojos estaban clavados en sus labios. Después de todo, no era tan mal narrador. - Se le cae encima, quedando medio cuerpo bajo la cabina. . . estaba medio muerto. . . y tenía la bolsa con la guita encima de él. Parecía un mal chiste:nunca antes había tenido tanta guita, y cuando la tenía, no la iba a poder gastar. . .
Hizo una breve pausa.
- Y entonces llegó el viejo Palacios. Era el único que había visto el accidente. El único que podía ayudarlo; pero el viejo de mierda estaba tan enceguecido con la guita, que se mandó dentro de la camioneta a buscar la bolsa. Mientras, el otro debía estar pidiéndole ayuda a los gritos. . . Y cuando el viejo se avivó, le manoteó el paquete. Pero, con las últimas fuerzas que tenía, Mendez le hacía fuerza para no largar prenda; tirón va, tirón viene, el viejo - que era bastante viejo, no tenía ni fuerza ni paciencia - se cansó del forcejeo. Y ahí nomás manoteó el facón.
Choi abrió los ojos.
- ¡Le cortó la mano!

Santos asintió con la cabeza.

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- Sin miramientos. Se la rebanó por la muñeca de un solo golpe. Dicen que sintieron un alarido terrible que se te helaba la sangre . . . espantoso. . . Pero Palacios estaba tan chupado que bien poco le importaba. Así que cazó el caballo y se rajó para las casas. Y, dicen, con la bolsa de guita con la mano de Méndez aún aferrada a ella.

Choi recién tiraba el cigarrillo. Evidentemente el coreano no sabía fumar; sólo pitaba de muy vez en cuando, como para hacer pinta. Así que se había consumido prácticamente sólo.
- Al otro día fuimos Angel - dijo, refiriéndose al doctor Orestes - y yo. Feo de ver. Además, de la joda nadie se acordaba nada. . . Como parecía que la mano se la había cortado en el vuelco, mucho no se investigó. . . Lo que era raro era que la mano no aparecía.
- ¿Y que pasó con la mano? - apuró el coreano.
- Tiempo al tiempo. . . - hizo un gesto con la mano como para detenerlo - A los dos días lo enterramos. Fueron todos, incluyendo su mujer estrenando viudazgo, y el viejo Palacios con cara de truco. . . Pero la mujer no masticaba vidrio. Sabía las andanzas de su marido, y todo el mundo sabía que el viejo Palacios era un retorcido. La duda le comía el cerebro. Sabía que algo raro había pasado, y tenía que saber el cómo y el por qué. Y el quién. . . Así que fue a ver a la Lechiguana.
Ahora el relato se interrumpió con una sonora carcajada de Chico.
- ¡No sea burro!. ¿Vé como está mintiendo?. ¡La Lechiguana es de "Nazareno Cruz y el Lobo"!.
Santos se dio vuelta, mirándolo con impaciencia.
- Mire, don oficial. . . yo no sé si hay otra bruja que se llame igual en ese pueblo. . .
- No sea ignorante. . . ¡"Nazareno Cruz" era una película!.
- Como sea. La nuestra le decimos la Lechiguana y se terminó. ¿Qué, tiene que ser la única?. ¿¿Acaso a usted lo confunden con Chico Navarro??.
- Novarro. - aclaró aburridamente Orestes.
- Ese.
- No le dé bola. . . siga, siga. - apuró Choi.
Se volvió y retomó donde había quedado.
- Bué. . . La fue a ver a la Lechiguana. Esta le tiró los huesos. . .
- ¿No tenía plata para comprarse cartas? - interrumpió Chico.
- ¡Ya cállese! - ordenó Santos - Decía. . . le tiró los huesos. . . Se dice que son huesos humanos, del que era el marido de la Lechiguana. . . Que desde el más allá le canta las justas, y le dice lo que va a venir.
Chico agachaba la cabeza, negándose.
- Y el difunto le batió que había sido el viejo Palacios. Le dio todo con pelos y señales; lo de la plata, el vuelco. . . lo de la mano. Hasta le dijo que estaba tirada al costado de un arroyo que cruza la propiedad de Don Cosme, y que el viejo la había perdido en la corrida. . . Como era obvio, la mujer no paraba de llorar. . . Había perdido al marido por algo tan boludo como era guita; la plata va y viene, nunca puede ser motivo para matar a nadie. . . - se aclaró la voz - El odio se apoderó de su corazón. Y le pidió a la Lechiguana que le hiciera un trabajo al viejo, para vengarse por lo que le había hecho a su marido.
Silencio. Silencio largo. Choi se moría por la intriga. Mientras Orestes se divertía pensando que cada vez que escuchaba aquel cuento, cada vez era más largo.
- La bruja le dijo que la venganza vendría. . . cuando llegara el viento de los dioses. . . el temporal rojo. El vendaval de aire caliente que cruza las praderas en marzo, que hace hervir la sangre y niebla la razón. El Devorador de Tormentas, como ella la llama. . . Sabés por qué se llama temporal rojo?.
- No. . . - respondió el coreano.
- Porque hace mucho, mucho tiempo, cuando se peleaban las batallas contra los indios - a final de cuentas, eran renegados y vivían atacando a poblados y caravanas en malones, saqueando casi todo a su paso - , se dice que vinieron por esta zona los últimos de la raza. . . ahh. . . ¿cómo eran?
- ¡No importa!. ¡Prosiga!
- ¡Bueno, che!. Ya debo estar poniéndome viejo. - volvió a su relato - El asunto que eran los últimos de su raza, y después del último ataque, habían caído en una emboscada del ejército federal. . . Sobrevivieron unos pocos a la matanza y vinieron, una noche como la de hoy, a uno de estos parajes. La mayoría estaban muy malheridos. . . era la noche del temporal cálido que te digo. . . y les pareció que el viento les traía los galopes de los caballos del ejército. Viéndose perdidos, lo que hicieron fue matarse. - Chico revoleó los ojos, en señal de incredulidad - Regaron el campo con su sangre, los pastizales se tiñeron de rojo. Y dicen que su espíritu se subió a lomo del viento, que el calor de su sangre calentó la brisa, y que el resto de los hombres quedaríamos malditos, perseguidos por el vendaval que traen sus espíritus, a torturarnos y hacernos enloquecer, en venganza por haber terminado con los de su raza.
- ¡Qué historia!.
- Bueno, como decía. . . La Lechiguana acordó que cuando el temporal rojo cayera, la viuda tendría su venganza. Y eso pasó a las pocas semanas, antes que terminara aquel marzo.
- ¿Y que pasó?.
- ¿¿Que pasó??. - Santos se irguió en el caballo - Ah, eso depende de si querés creer en lo que te digo, o solo soy un mentiroso más.
- . . . Un mentiroso más. . . - murmuró Chico. Santos lo escuchó.
- No le dés bola. . . - dijo sin molestarse en verlo - Lo que pasó aquella noche. . . es algo que no tiene demasiada explicación. . . Sólo sé que en el campo pasan cosas; cosas que no siempre son lógicas o que tienen poco de real. Más como pesadillas de una mente enferma. . . Como sea, pasan. Y eso fue lo que pasó.
Y Choi se quedó en ascuas. Santos divisó algo a un kilómetro de donde estaban ellos, metido en una hondonada.
- ¿Y?.
- Vino el temporal, se fue. . . todo normal, salvo que el viejo Palacios no apareció por el pueblo ya hacía unos cuantos días. . . Todo el mundo pensaba que se había fugado para no pagar sus deudas - recordemos que nadie sabía que había recuperado la guita de aquella noche, aunque algo se sospechaba - Un día, aparece el hijo para que lo acompañe. Me dice que estaba muy preocupado, y estaba seguro que algo le había pasado. Que si era verdad, no quería ir solo. Así que nos subimos a la chata, y nos mandamos al rancho del viejo Palacios. . . Y ahí lo encontramos. . .
- ¿Cómo lo encontraron?
Santos paró el caballo. Efectivamente, aquélla era la estancia de Pérez Costas.
- Muerto. . . pero no del corazón o de un ataque. . . Estaba tirado en su cama, encima de toda la guita que le había afanado a Méndez. . . A un lado había una escopeta tirada, y del otro, estaba la pared bañada de sangre y otros restos nauseabundos. . .
- ¿Se pegó un tiro en la cabeza?.
Santos sonrió ladinamente a Choi. Lo tenía listo para el remate.
- No, Choi. . . Había muerto desangrado. Se había volado la mano izquierda, a la altura de la muñeca. . . Del mismo lado que le había cortado la muñeca a Méndez.
Choi exclamó un sonoro ¡Ohh! de asombro. Santos se sentía satisfecho, y acotó:
- Habiendo tantas maneras de suicidarse, y teniendo toda esa plata. . . no sé. . . pero qué extraña forma de morir, ¿no?
- Sí, ya lo creo.
- Bueno, creo que hay gente que está predestinada a vivir a los tumbos. Gente que sabés que va a terminar mal de una forma o de otra.
Ahora era el doctor el que metía la cuchara.
- "Abyssus abyssum invocat". - acotó Orestes.
Todos lo miraron con un gran signo de interrogación sobre sus cabezas.
- ¿Queé? - preguntó el comisario.
- El abismo llama al abismo. - replicó el doctor - Es de la Biblia. Significa que los vicios llaman a los vicios, como una cadena que nunca se termina y de la cual no se puede salir. . .
- O cuando uno está en el fondo del abismo, que sólo puede traer más males. - dijo Choi -
- En todo caso, el que está en el mal camino está condenado a la desgracia.
- Jé. . . podría ser la moraleja de la historia. - finalizó Santos
Choi iba a asentir y Chico a poner las quejas, cuando algo los detuvo en seco.
El viento era ahora cálido, y las nubes, a pesar de lo tarde de la hora, eran visiblemente rojas como el fuego. La brisa acariciaba el rostro con sospechosa delicadeza, cargado de ominosas intenciones, y trayendo hasta el grupo. . . silencio. Los pájaros habían dejado de cantar, los grillos y chicharras estaban mudos, y ni siquiera se sentía el ruido del agua del arroyo que habían dejado atrás a doscientos metros.
Era un silencio sobrenatural. Chico se percató de ello, y una extraña sensación - ¿un escalofrío? - recorrió su espalda.
Y aquel silencio sepulcral se rasgó con el ruido atronador de un disparo.

 
 

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