el devorador de tormentas, una novela policial de Alejandro Franco - capitulo 6 software CRM Datahouse Company
   

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el devorador de tormentas, de alejandro franco: capitulo 6

Por Alejandro Franco (contactenos)

 
 
 

Capítulo 6 - Disparando a los fantasmas

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Santos y Orestes se miraron. Choi - que había terminado de escuchar por primera vez aquel relato, y que para peor, estaba en medio del campo con algunos resplandores rojos apenas por luz y rodeados por el silencio - sintió temor por primera vez desde que vivía en el campo. Y mientras que Chico investigaba con unos binoculares, intentando averiguar de dónde había salido ese disparo (o si veía movimiento), el Chueco - que a esta altura sentía la espalda empapada más que de costumbre y que, entre el relato, el calor y la falta de coca, estaba sintiendose de muy mal humor - cebó de modo impaciente la escopeta.
- ¿A quién dejaste en la estancia?. ¿A López?
Santos asintió con la cabeza la pregunta de Orestes.
- Alguien tenía que quedarse con los toros y los caballos. Vos sabés que cuando alguien tira la pata, todos saltan arriba para hacer leña del árbol caído.
- Sí, Elías. . . Pero López aún no largó los pañales. ¡Cómo lo vas a dejar solo!
Santos le hizo un gesto para que terminara de fastidiar. Fue entonces que Chico exclamó:
- Veo figuras moviéndose. . . Hay gente allá abajo.
Santos le pidó los binoculares y miró.
- No veo nada. . .
- Mire; le digo que ví sombras allá abajo. . . Además, no hay señales de su cabo.
En eso tenía la razón.
- Bueno. . . sería mejor que nos abramos. Vos, Angel, vení conmigo. Ustedes tres, vayan por la otra punta. . . Si hay alguien, ya nos vamos a enterar.
Por una vez estaban de acuerdo. Bajaron de los caballos, y se acercaron en dos grupos a pie. Santos, Choi y el doctor se internaron en un círculo de pinos que rodeaba el lado sur del casco de la estancia. Mientras, Chico, el Chueco y el cabo García se mandaron de frente, abandonando a los caballos, caminando agachados entre unos pajonales de metro y medio de altura.
La tierra estaba sujeta por las raíces de las plantas; sin embargo, parecía como pisar sobre una superficie de esponjas empapadas. Ya los zapatos de Chico eran como dos gelatinas; debía tener un talento especial para meter los pies en todos los charcos habidos y por haber.
Ambos grupos fueron alejándose. Cuando habían pasado unos cuantos metros, Santos lo tomó del brazo a Orestes.
- Buena hora para ponerte romántico.
- No seas boludo. . . - buscó en sus bolsillos y sacó los ravioles que encontró cerca del Chevy - Decíme que es esto.
Orestes se levantó los anteojos para verlo bien de cerca.
- ¿Qué es? - curioseaba Choi.
- No se ve una mierda. - con las uñas lo abrió, hundió el dedo y lo olió - Elías. . . ¿de dónde lo sacaste?.
- Se le cayó a alguno de aquellos dos del auto.
- Al flaco. Me juego a que es del flaco.
Intercambiaron miradas en la oscuridad. Choi parecía pintado entre los dos, sin entender nada.
- No sé qué decirte. . . - musitó Orestes.
- ¿Un cana falopero?
Se encogió de hombros, como diciendo "puede ser".
- Hay de todo en todos lados. Igual, ya me parecían dos tipos raros antes de esto. Hay que abrir los ojos bien abiertos. . . ¿Mi sobrino sabe?
Se refería al cabo García que en estos momentos, iba a solas con los matones.
- No. . .
- ¡Debíste decirle algo!
- ¿Que querés, que le haga una bandera?. Desde que salimos del rancho, que no se nos despegan.
- Pero, Santos. . . hubieras buscado la manera. . .
- ¡Ya está hecha la cagada!. - chilló para frenar las acusaciones que se le venían encima.
Quedaron en silencio unos segundos pensando.
- ¿Los vas a encarar?. - preguntó Choi.
El comisario seguía pensando.
- No. . . pero algo se me va a ocurrir. .
- Más vale que se te ocurra rápido. - sentenció Orestes - Si le ocurre algo a mi sobrino, . . . ¡te voy a romper el culo a patadas!.
Santos le hizo gestos para que siguieran andando el camino.
- Qué poca confianza que me tenés. . .


La estancia de Pérez Costas era un enorme caserón en forma de U, rodeado por islas de pinos y acacias, y enfrentado en su entrada principal por un extenso y alto pajonal. Era una construcción moderna, pintada de blanco, muy al estilo de la conocida "casa pueblo", con ventanas y portones de reluciente madera repujada y laqueada. Tenía cuatro pequeños torreones, dos en cada punta de la U, situados como falsos puestos de vigilancia, y que lo único que hacían eran arruinar el estilo vanguardista que imperaba en el resto de la construcción.
En realidad, el estanciero lo había hecho construir, a su mal gusto y antojo, hacía cosa de diez años, cuando recién había adquirido la propiedad. El casco original era en realidad lo que ahora era la casa del personal de servicio, una casa de dos plantas con techo de tejas antiguas, ubicado a quinientos metros al frente del caserón, y en medio del pajonal donde se encontraban en estos momentos Chico, el Chueco y el cabo García.
- Podíamos entrar a la casa. - murmuró el cabo García.
Los matones estuvieron de acuerdo. Iban con sus escopetas al frente y apuntando al piso, listos para erguirse de entre los matorrales y hacer fuego si pasaba algo.
El Chueco sentía que la boca se le secaba cada vez más. Abrió la cantimplora y tomó un largo sorbo de agua. Estaba tibia y tenía un resabio salado.
- No, Chueco. . . no es momento para eso. - le recriminó Chico.
El alto lo miró muy mal, pero el gesto quedó oculto en las penumbras.
Lentamente se fueron acercando a la casa del personal. Tenía paredes de ladrillos rústicos, salpicados por lagunas de musgo y, del lado norte, tenía toda una ladera cubierta por enredaderas. Chico pensó que debía tener la misma antigüedad que la comisaría donde habían estado esta tarde.
Llegaron al portón trasero. Había un par de sellos de la policía provincial, cubriendo los cantos de la puerta.
Estaban rotos.
- ¡No estamos solos!. - exclamó infantilmente el cabo.
Ya quedaban poco y nada de las últimas penumbras de la tarde. Solo se veían manchones y sombras por todos lados. Chico miró el reloj:19. 45.
- ¿A qué hora se pone la Luna?
El cabo revolvió en sus pensamientos.
- A eso de las ocho, . . . ocho y media ya está alta. . . aparte hoy es luna llena.
Chico aprobó mentalmente. Le hizo gestos al Chueco para que se acercara, ya que se había quedado algo rezagado.
Parecía que andaba algo lento.
- Bueno, escúchenme. . . Lo que vamos a hacer es revisar esta casona, a ver si hay algo o alguien. Intentar hacer otra cosa es al pedo, por lo menos hasta que la Luna bañe la pradera. . . De otro modo, a ciegas, vamos a ser un blanco fácil.
- Pero, señor. . . está muy cubierto. . . No creo que la Luna ilumine gran cosa.
Chico se volvió y le mostró los dientes.
- ¿Se le ocurre algo mejor, cabo?
Como el muchacho puso cara de nada, Chico prosiguió:
- Fenómeno, ya me parecía. . . ¡Ahora, a moverse!. - hizo un gesto con la mano - ¡Vaya usted primero, cabo!.
García se adelantó un poco, y con la escopeta fue entreabriendo lentamente el portón. Un suave chillido salió de los goznes.

- ¿Sintieron eso? - dijo Choi, señalando hacia arriba.
- Parece otro balazo. - agregó Orestes.
- Un escopetazo. - concluyó Santos.
Los tres hombres quedaron en silencio, a la espera de nuevos sonidos.
- Sonó lejos.
- En la otra punta. . . -dijo Santos. Se puso de punta de pie, como si con ello viera mejor. - Pero no viene ni del casco ni del en el caserón.
- ¿¿De allá, en medio de los árboles??. . . Che, Elías, ¿que está pasando?- preguntó Orestes.
- La verdad, no sé. . . Algo raro. . . Fijate que la estancia está a oscuras. . . Sabiendo lo cagón que es Lopez, nunca se quedaría a oscuras, en medio del campo.
- A menos que López ya sea un fiambre. - acotó Orestes.
- Sos demasiada ave de mal agüero. Puede estar escondido por ahí. O puede ser que se esté cagando a escopetazos con algún fantasma.
- ¡Fantasmas! - acotó el coreano.
- No sé, Elías. . . Todo esto está mal de un principio. . . Estos tipos raros que vienen, nosotros acá con este día de mierda. . . y encima hay más gente. . . Y todo lo que pasó acá las otras noches. . .
- ¡Son los fantasmas! - agregó excitado Choi.
Santos lo tomó del brazo al coreano para bajarlo a Tierra. De cosechar aburridamente soja todos los días a estar. . . ¿estar qué?. ¿A los balazos con fantasmas?. Como fuera, era romper la rutina y disparar la adrenalina a las nubes.
- No, Choi. Es gente de carne y hueso. Los fantasmas no existen.
- Pero usted. . .
- ¡Me vas a creer todo lo que digo!
Choi sacó un cigarrillo. Santos lo detuvo.
- ¿Estás en pedo?. . . Si lo prendés, con esta penumbra van a ver a medio kilómetro la llama del mechero, y te van a bajar al vuelo. . . Bancáte un poco.
Orestes seguía cavilando, ajeno a la discusión de los cigarrillos.
- Espero que López no esté chupado, disparándole a los patos.
- ¿En medio del campo a la noche?. . . No Elías. Acá están pasando muchas cosas raras. . . Y me parece que no estamos sabiendo toda la verdad.
- Como sea. - replicó Santos. - Lo mejor va a ser separarnos e ir hacia allá. - señaló la isla de pinos que estaba a un costado entre el caso y el caserón, y de donde creía que venían los disparos. - Si vamos los tres juntos, nos van a barrer.
Los otros dos volvieron a estar de acuerdo. Mientras Choi y Orestes iban a meterse a la isla, cruzando el llano separado por unos metros, Santos decidió dar un rodeo. Iba a ir por el costado, protegido por los árboles; porque era más prudente. . . y porque precisaba ir a orinar en algún rincón.

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- No son ilusiones. . . se están baleando. - comento Chico.

El trío iba subiendo las escaleras que llevaban al primer piso. El cabo delante, Chico al medio y a la cola iba el Chueco, que le ardía la vista por el calor que sentía y por forzar la vista en la oscuridad.
Un fuerte olor a flores llegó hasta ellos. García se sobresaltó, y se hizo la señal de la cruz. Chico le hizo un gesto con la mano, preguntando que hacía.
- El olor de los muertos. - susurró el cabo.
Apenas entraba una mínima claridad por las rendijas de los postigos cerrados de los ventanales. Se veían sombras regulares que debían ser los muebles, pero avanzaban realmente a ciegas. La escalera era de ladrillos, con escalones demasiado angostos. A ese paso, costaba hacer equilibrio, a menos que apuraran algo más la marcha.
Por el hueco de la escalera, en el primer piso, primero asomó la cabeza del cabo. Escudriñó el cuarto.
Había un postigo abierto, que dejaba entrar la luz de la Luna. Afuera el cielo encapotado se había transformado en un cielo plagado de nubes y claros; y cuando alguna nube se corría de cubrir a la medalla plateada suspendida en el cielo, fugaces rayos cubrían por escasos segundos la pradera. Y se escabullían entre las rendijas.
Un haz de luz penetró por el resquicio. E iluminó el cuarto.
Había una cama de dos plazas con un cubrecamas barato y gastado que, como el resto de la habitación, se veía gris. También había una cómoda antigua, toda labrada, que tenía encima algunos enseres de perfumería, un jarrón con flores marchitas - de donde venía el olor rancio que sentían - y un espejo antiguo ovalado.
Chico también se estaba asomando del hueco de las escaleras, aunque estaba detrás del cabo. Observaba la habitación cuando un rayo de luz lunar entró por la ventana y rebotó en el espejo, iluminando un poco el resto del cuarto.
Y entonces ambos hombres vieron, primero unos zapatos, y después un reflejo metálico.
- ¿¿Quién está ahí?? - gritó el cabo, antes que Chico lo pudiera detener.
Era tarde. Un fogonazo partió de las sombras, y sólo Chico pudo atinar a disparar la escopeta, ante la sorpresa de todos y en especial el Chueco, que había quedado relegado en la escalera y se estaba perdiendo toda la acción. El resto fueron tinieblas, ya que el impacto golpeó a García con furia y su cuerpo salió despedido hacia atrás, empujando a Chico y el Chueco. Los tres salieron volando hasta aterrizar dos metros más abajo, en el llano de la planta baja del caserón.


Mientras se sucedía la balacera, Orestes y Choi estaban a medio camino del llano. En la oscuridad se miraron. Sintieron los balazos del caserón. Y también sintieron balazos enfrente de ellos.
- La gran mierda. . . ¡Choi!. ¡Andá al caserón!. Aquellos se están cagando a tiros. - Le hizo señas para que fuera al edificio de dos plantas donde hacía momentos se habían visto fogonazos.
El coreano cebó la escopeta y salió agachado, a las corridas. El doctor hizo lo mismo, con su pesada figura, yendo hacia los árboles, siguiendo a los otros disparos. Ahora todos eran blancos fáciles, y como había confirmado, estaban rodeados por gente. Sólo le quedaba el apoyo de Santos en aquella zona. . . que, dicho sea de paso, no daba señales de su existencia.
¿Dónde se había metido el comisario?


Santos apuraba el trámite.
- ¡Ya ni mear tranquilo se puede!. - gruñó mientras sacudía y cerraba de apuro el cierre. Agarró la escopeta apoyada contra el árbol. Sintió la entrepierna húmeda, y maldijo.
Con el arma en la mano, salió corriendo hacia el disparo más cercano, el que había sonado entre los árboles a cincuenta metros delante suyo. Corrió agitándose, pensado que quizás Orestes y el coreano se estaban baleando. Las ramas lo castigaban, como látigos invisibles contra su cara y brazos. El clima se había vuelto ásperamente cálido, y la humedad de la tierra mojada secándose se levantaba, convirtiendo al aire en algo espeso y casi irrespirable.
Iba a ciegas a toda prisa, cuando sus pies dejaron de tocar el piso y quedaron en el aire. La negrura se abalanzó sobre el comisario mientras caía pendiente abajo en un pozo que no parecía tener fin. Hasta que pronto el suelo se encontró bruscamente, primero con su cara, y después con el resto del cuerpo.


Orestes había quedado solo, dentro de la isla de pinos. Sintió ruidos enfrente suyo, a diez metros. Eran ruidos de corridas, de pasos apurados. De varios pasos.
Venían hacia él.
Se agachó y apuntó. A lo primero que viera moverse, lo iba a rellenar de plomo. Todo aquello lo estaba poniendo muy nervioso.
Vió unas ramas moverse. Su dedo presionó levemente el gatillo, martillando el percutor. Una figura venía en tres patas, con dificultad. . . era muy grande para ser un animal. . . Cuando se agrandó lo suficiente como para hacer un buen blanco, su dedo presionó el gatillo.
La luna volvió a iluminar entre las nubes; finos haces penetraron las copas de los árboles y dieron tiempo, por una fracción de segundo, a iluminar a la figura de tres patas.
Y en esa fracción de segundo, Orestes contempló con pavura el rostro aterrorizado del cabo López cuando veía el resplandor mortal de la escopeta, escupiendo muerte hacia él.

 
 

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