el devorador de tormentas, una novela policial de Alejandro Franco - capitulo 7 ofertas software de gestion produccion
   

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el devorador de tormentas, de alejandro franco: capitulo 7

Por Alejandro Franco (contactenos)

 
 
 

Capítulo 7 - Noche de sangre y locura

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Santos se palpó la cabeza en busca de algún agujero. Sentía que le explotaba, y le dolían todos los huesos del cuerpo. Sus ropas estaban mojadas, cubiertas por hojas y tierra arrastradas por la caída. Se levantó con dificultad, sintiendo un gran dolor en las caderas. Siguió tanteándose; parecía completo, sin nada quebrado a la vista.
¿Donde estaba?.
Sólo recordaba ir corriendo en penumbras, y de pronto, la tierra abrirse bajo sus pies. Instintivamente miró hacia arriba; por un hueco de metro y medio se veía algunas nubes de rojizos resplandores, y la luna sonriéndole. El resto era pura negrura.
Debía estar en una cueva. . . no natural, sino hecha por el hombre. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad, pero comenzaron a distinguir algunas formas entre las sombras.
Al lado de Santos había una escalera oxidada de metal, sujeta a las paredes de la cueva, y que llegaba hasta el hueco por donde se había caído. Se suponía que debería haber bajado por allí y no en caída libre como hizo.
Su mano se dirigió a la pistolera y extrajo la Astra 9 mm. La escopeta había desaparecido en la negrura.
No tenía linterna, así que avanzó a tientas. El piso era escabroso, posiblemente cantos rodados. . . como si fuera el lecho de algún arroyo seco. Pero, ¿hasta dónde llegaría aquello?. Evidentemente partía desde la estancia de Perez Costas; un arroyo subterráneo seco y reformado, como si fuera un túnel de escape. . . ¡Sí!. Eso debía ser. Y debía estar tan bien camuflado que ni siquiera cuando estuvo la policía días atrás, rastrillando la zona, lo había descubierto. Salvo él con su impericia.
Sus pies tanteaban el terreno. Iba lentamente. La cueva estaba en absoluto silencio y, de algún modo, se sentía tranquilo. El suelo parecía bastante regular, así que decidió apurar un poco el paso. Con la diestra empuñando la pistola, la zurda manoteaba las penumbras buscando alguna pared, interruptor, lo que hubiese delante.
Ya caminaba a paso casi normal. De pronto su rodilla se estrelló con algo; algo que su mano no había detectado; Santos maldijo en las sombras mientras el fuego inundaba su nueva zona golpeada.
Era un vehículo. El capó de una camioneta. Sus manos siguieron las formas en las sombras. Estaba frío y sucio, como abandonado de hace días.
Guiándose por las líneas de la figura, fue aproximándose hacia la puerta del conductor. Estaba sin llave. Abrió y tanteó debjao del volante. Encontró la llave del encendido puesta, y la giró hasta hacer contacto. El tablero se iluminó y pulsó el botón de las luces, preparándose para. . . lo que fuera. No sabía que iba a descubrir, o si alguien - o algo - lo estaba esperando.
Los focos cortaron las sombras, mostrando un corredor inmenso que parecía no tener fin, ni delante ni detrás del vehículo. Santos se apeó de la camioneta para inspeccionar mejor el lugar.
Si, aquel corredor era enorme. ¿Donde terminaría?. De pronto, se contestó a sí mismo:en el arroyo que habían pasado cuando venían para la estancia. Sonaba lógico; aquella debía ser una vía de escape de la estancia, en caso que a Pérez Costas se le quemaran las papas. . . debía recorrerlo. . . Si la camioneta tenía combustible podía salir por el arroyo y volver por arriba a la estancia. O quizás, llegarse hasta la misma, y subir por ella. O ascender por la escalera del hueco. Bah, la última era mucho esfuerzo. Total, para algo se habían inventado los vehículos, ¿no?.
Santos estaba decidiendo para donde tomar, cuando vió algo que sobresalía del costado de la camioneta opuesto a donde él estaba. Con el vehículo en el medio, no lo había visto antes.
Había dos valijas de metal tiradas, una de ellas abierta y con el contenido blanco tirado por el piso. Y, aferrando el asa de una de ellas, había una mano.


Chico se incorporó con dificultad. Era el jamón de un sandwich humano, entre el Chueco - contra el piso, quejándose - y el cabo García que estaba encima suyo. Sintió un líquido caliente empapando su cuerpo y el pánico se apoderó de él. A empujones lanzó el cuerpo del cabo fuera, mientras su cerebro buscaba señales de alguna herida, dolor en alguna zona de su cuerpo donde hubiera entrado la bala que les había disparado el fantasma.
El cuerpo de García hizo un golpe seco contra el piso. Su respiración era un susurro y estaba totalmente inconsciente.
Chico busco su sobaquera, y extrajo el revólver. Se incorporó lentamente mientras el Chueco se quejaba sordamente en el piso. Arrodillado, examinó al cabo:tenía una fea herida en el pecho, y parecía más muerto que vivo.
A gatas tanteó el piso buscando la escopeta. Miraba constantemente la parte superior de la escalera, esperando que el fantasma volviera a atacarlos de entre las sombras. Encontró el arma y se la pasó al Chueco, que en aquel momento sentía un infierno en su cabeza.
- Cubríme, que voy a subir.
El alto tomó la escopeta, sin saber bien cuál era el derecho y el revés. Estaba muy mareado.
Chico empezó nuevamente la ascensión. El Smith & Wesson estaba martillado, listo para vomitar plomo. Contenía la respiración como para evitar el menor ruido.
Llegó hasta el escalón donde estuvieron antes. De nuevo, la cama, la cómoda, el espejo. . . No parecía haber pasado nada, excepto aquellos zapatos. Nuevamente esos zapatos. Sólo que ahora estaban verticales indicando que su dueño estaba tirado en el piso.
Chico hizo los escalones restantes. Estaba todo quieto. Sintió a sus espaldas los ruidos del Chueco al levantarse. Pausadamente se fue acercando a aquella sombra inmóvil; poco a poco se empezaron a delinear los contornos. Su zapato pisó un charco de un líquido resbaladizo. Chico sabía que era sangre.
Era una figura de traje, con una corbata colorinche que resaltaba en la oscuridad. Estaba muerto; eso era indudable, ya que apenas quedaba algo de su cabeza. Había sangre y restos de pelos contra la pared; Chico no tanteó demasiado y solo se conformó con los fugaces pantallazos que ocasionales rayos de luna le brindaban a su paso por las ventanas.
Empezó a tantear en los bolsillos del saco. Entre los forcejeos, cayó un paquete de cigarrillos. La caja roja y azul se deslizó hacia un costado; eran cigarrillos negros.
La inquietud hizo carne en la mente de Chico. ¿Sería posible que. . . ?
Pero las dudas se disiparon cuando del bolsillo interno derecho, extrajo los documentos. Buscó el encendedor, lo prendió y con la llama iluminó la foto del documento de identidad.
El hombre de aquella foto conservaba aún esa mirada altanera, despótica e inteligente. Sus ojos negros parecían clavados en los de Chico, como preguntándole por qué había pasado lo que había pasado.
Pero era demasiado tarde para darle respuestas al Dr. Sócrates.

Orestes tuvo fracciones de segundo - una eternidad - como para desviar el cañón del arma apuntada al pecho del cabo Lopez. Igualmente la perdigonada lo alcanzó, con menor fuerza, en el hombro sano, con suficiente potencia como para tumbarlo.
- ¡¡Perdonáme, Dios!! - gritó Orestes, que largó la escopeta y salió corriendo al encuentro del oficial herido.
El doctor se arrodilló al lado del cuerpo y le tomó la cabeza.
- ¿Estás bien?
El cabo se quejó, pero le hizo un gesto con la cabeza asintiendo. Orestes levantó la camisa para mirar lo que pudiese con la escasa luz del lugar. El hombro izquierdo tenía como diez agujeritos desperdigados hasta cerca del codo. No había drama; ahora el otro. . . Ya era otra cosa:había un grueso impacto de bala en el antebrazo y sangraba bastante. Orestes sacó un pañuelo de su bolsillo, lo ató alrededor armando un torniquete, y le hizo levantar la mano a la altura de la cabeza.
- ¿Me escuchás?.
- Sí. . .
- ¿Qué pasó acá?. ¿Qué fueron todos esos tiros?
El oficial pareció reaccionar. El hecho de encontrarse con alguien conocido. . . era como si hubiera llegado la caballería y eso lo tranquilizaba. En su mente las palabras se peleaban por salir a borbotones.
- Llegaron de golpe. . .
- ¿Quiénes llegaron de golpe?
- Ellos. - hizo un gesto hacia detrás suyo - Yo estaba en la casa, preparándome un mate, y sentí unos ruidos raros. Cuando me asomé, me pareció ver algo grande volando encima de la casa; pasó rápido y se fue detrás de estos árboles. Así que agarré la escopeta y salí a investigar.
Tosió un poco. De a poco fue incorporándose hasta que dar sentado. No sentía dolor. . . todavía, pero sentía cansancio.
- Cuando me acerqué, vi lo que era. Un helicóptero sin luces. Habían tres tipos de traje, armados. Pensé en ir a saludarlos, porque se me había ocurrido que eran de la federal. . . hasta que me dije que el color del helicóptero era rojo. ¡Nada que ver!.
- ¿Que pasó con esos tipos?
- Estaba uno que parecía ser el jefe. Ese daba órdenes y mandó a los otros dos para el lado del casco. . . justo donde estaba yo. Así que salí y les dí la orden de alto y que se identificaran. Empezaron a cagarme a balazos.
El cansancio era enorme. Sentía su cuerpo de plomo.
- ¿Están muertos?.
El cabo se quedó pensando unos momentos. De pronto, las ideas se habían vuelto lentas.
- Uno sí. Fue el primero, el que me pegó en el brazo; lo bajé al vuelo. Los otros dos salieron cagando. . . El jefe se mandó para la estancia; el otro empezó a rodearme. . . ¡No sé qué mierda tenía, pero no se sentían los balazos!. Veía los cachos de pasto volando, las ramas saltando, . . . ¡era como un montón de pedos que pasaban volando al lado mío!.
El matón usaba un silenciador, algo que el cabo no sabía, y que describía lo mejor que podía en sus coloridas palabras.
- Así que salimos a las corridas, yo siguiéndolo de atrás. . . Se metió en aquella arboleda, aunque me parece que le había pegado con un par de tiros.
La boca se le hacía pastosa. Le estaba costando articular las palabras.
- Bueno, tranquilizáte. Estamos Santos, el coreano Choi y un par de tipos de la provincial. . . Ahora voy a ver esos tipos que dijiste. . .
Orestes se estaba levantando, cuando el cabo le agarró el brazo.
- Doctor.
- ¿Sí?
- Estos tipos. . . algo escuché, aunque no sé si le entendí bien. . . decían algo como que tenían que encontrar no sé qué antes que llegaran unos boludos. . . ¿Usted sabe de qué hablaban?.
Orestes se quedó cavilando. Los hombres del helicóptero sabían de ellos, que estaban en camino. Y buscaban algo; ¿serían de la banda de los colombianos muertos en la avioneta?. Sin embargo, si habían llegado con un helicóptero, no podían venir de muy lejos. No; aquellos tipos eran locales. Y estaban buscando algo que se había perdido el día de la matanza. . . ¡la droga!. A Orestes le pareció la única alternativa razonable. Droga que no se había encontrado cuando rastrearon el otro día en el operativo.
¿Pero como sabían ellos que la droga no estaba?. ¿Y que él y el resto estaba en camino?. . . la única manera era que alguien, de adentro de la policía, les hubiese dicho. . .
¡Claro!. ¡Aquellos dos!.
Ahora todo le cerraba.
De pronto, Orestes se vió en una grave disyuntiva:tenía dos caminos; o ir a la retaguardia, y asegurarse de que los tipos del helicóptero estaban fuera de combate - y un tercero escabulléndose por ahí, armado - , o ir en ayuda del cabo García. . . y de Choi, que encima él lo había mandado solito a la boca del lobo. Precisaba ayuda.
¿Y Santos?. ¿Dónde catzo se había metido?.
Mientras, encima de ellos, la noche roja relampagueaba.

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La camioneta brincaba entre las rocas que rodeaban el arroyo; Santos y el maletín pegaban unos buenos saltos, y el comisario maldecía constantemente por el maltrato que estaban recibiendo sus huesos.
Aguilera meditaba sobre lo que había encontrado en la cueva. El cuerpo de un tipo llamado Sebastián Chávez. Otro policía. Tenía un par de heridas feas a media espalda; dos balazos que le debían haber agarrado los pulmones y que no lo habían matado de entrada. Debió haber durado un buen rato; con la luz de la camioneta vió como el rastro de sangre venía desde la escalerilla hasta el cuerpo. Se ve que poco antes de subir a la camioneta se le había terminado la cuerda a ese muñeco.

No tenía muchas otras cosas reveladoras más, salvo la pistola grande con silenciador. Tenía el cargador vacío y olía a polvora. Evidentemente, ése era el tipo que había limpiado a medio mundo en la estancia.
Ahora el cuerpo estaba en la parte trasera de la camioneta. Había conducido la camioneta por el resto del túnel y a kilómetro y medio había encontrado la salida sobre el arroyito, tal como imaginaba. Era un rodeo, pero estaba dando la vuelta y volviendo a la estancia, esta vez por la superficie.
Observó el cielo rojizo a través del parabrisas.
No le había errado; el temporal rojo estaba comenzando, amenazando bajar sobre ellos con toda la furia. El viento era caliente y golpeaba el rostro del comisario a través de la ventanilla, mientras que en el horizonte las figuras de las dos casas empezaban a crecer ante su vista.


El Chueco se incorporó. Estaba mal, furioso. Chico seguía en el primer piso, entretenido quién sabe con qué. Miró al cuerpo tirado sobre el piso que respiraba sonoramente con dificultad. Tomó la escopeta y le apuntó. Ya estaba harto de toda esa comedia.
Sin compasión, el Chueco gatilló. Una, varias veces. Pero la escopeta estaba muda; debía haberse atascado en la caída. ¡Maldición!. Su mano se dirigió a la sobaquera. ¡Maldita sea!. ¡El arma no estaba!. ¿Sería posible. . . ?. En la caída perdió las armas, y las que tenía no andaban. Te salvaste por unos momentos, pensó el Chueco; ya encontraré algo para fulminarte. Miró en el cuarto, pero con el malestar, el dolor y el calor, ya no pensaba bien. No imaginaba usar la culata de la escopeta, solo pensaba en disparar.
Sus pies empezaron a deslizarse en el piso, intentando golpear su pistola que debía estar por allí tirada. De pronto, la golpeó; pero en su mente no cabía que pateando al vacío, en vez de acercar la pistola la lanzaría mas lejos. Masticó innumerables maldiciones. . .
En ese momento sintió ruidos afuera. Alguien estaba intentando entrar.
Se paró detrás de la puerta, y esperó a que se abriera.
Cuando Choi entró, fue recibido por el impacto de la culata de la escopeta en su rostro - una idea que se le había ocurrido a ultimo momento al Chueco. El coreano recibió toda la potencia del golpe en su rostro y salió despedido, cayendo inconsciente a un metro de la puerta.
Bien. Uno menos.


Chico seguía pensando sobre el cuerpo de Sócrates. ¿Cómo había llegado allí?. Obviamente, después de que lo llamara poco antes de emprender la travesía a la estancia. Le había comentado que estaban los caminos cerrados, y que era probable que el Cholo estuviera en la zona. . . o que nunca se hubiera ido de allí. Con la tormenta de aquella tarde, era imposible salir con auto de allí. Y salvo que conociera muy bien la zona, sería casi imposible salir a caballo, salvo que conociera por donde pisar.
Un relámpago extrañamente anaranjado iluminó el cuarto. Segundos después el primer trueno de una nueva tormenta retumbó, haciendo vibrar el piso como una gran explosión.
Que cagada que se había mandado. Había liquidado a su propio jefe. . . ya no era ni policía ni hampón. Nadie lo querría ni de un lado ni del otro. . . Pero, ¿por qué había pasado esto?. ¿Por qué Sócrates había llegado hasta allí?.
Porque no les tenía confianza. Pensarían que se iban a borrar con la plata y la droga cuando la encontraran. Que lo iban a cagar, tal como había hecho - o querido hacer - el Cholo.
¿Dónde estaría ese hijo de puta?. . . Probablemente muerto, tirado en una zanja no muy lejos de allí. . . se enfrentó a mucha gente, al mejor estilo Rambo, y le resultaba difícil de creer que la hubiera sacado barata. En especial con los colombianos del avión, que traían metralletas. Eso debió haber pensado Sócrates; eso era lo que recién estaba viendo él, ahora.
En ese momento, sintió los ruidos abajo. El Chueco. No debía saber nada de esto. Uno nunca sabe que fidelidades tienen esa clase de tipos, en especial los faloperos.
Se levantó y se dirigió a las escaleras para bajar. De pronto, un pensamiento cruzó su mente.
Sócrates no debía haber venido solo. Lo debían estar buscando.
Ya no tenía manera de regresar. Debía huir.


El Chueco estaba parado en la puerta, observando el cuerpo del coreano, viendo si se movía o se quejaba. Sintió los pasos detrás suyo, y de reojo, vió la figura de Chico a sus espaldas.
- Habías desaparecido.
Chico se acercó a su lado. Vio al cabo y, afuera, al coreano.
- No me interesa saber. . . Tenemos que irnos.
La cara del Chueco se transformó en una mueca de asombro.
- Pero. . . ¿y la guita?. ¿Y la falopa?.
- No, Chueco. Son muchas cagadas en una noche. . . - en ese momento se le ocurrió una historia - El de arriba es un colombiano. Vinieron a buscar lo mismo que nosotros. Y están bien armados.
- Pero. . .
- No sé cuántos serán, pero pueden ser más que todos nosotros. . . Borrémonos; dejá que estos boludos se maten entre ellos. . . - se aclaró la garganta - Mañana podemos volver con la luz del Sol, y buscar tranquilos.
Incluso en su desordenado estado mental, el Chueco se dio cuenta que lo que decía Chico no sonaba lógico. Si volvían al otro día, los colombianos ya debían haber encontrado el dinero y la droga. O seguir allí, buscando. ¿Qué sentido tenía volver?. ¿Que sentido tenía irse ahora?. Y, sobre todo, alejarse de la coca, que tanto precisaba en ese momento. No se imaginaba pasar seco otras 24 horas.
Iba a a replicarle cuando empezaron a escuchar el sonido del motor. Una camioneta se acercaba sin luces al caserón del personal de servicio.


Orestes seguía en la duda del camino a elegir. De pronto, él también sintió el ruido de la 4x4.
- Quédese en silencio. - ordenó al cabo.
Lo hizo quedar tendido en el suelo, y se lanzó hasta el borde de la arboleda. Entonces, entre relámpagos, vió la camioneta. Y también divisó a Santos, bajándose de la misma, y a dos figuras inconfundibles saliendo del caserón a su encuentro.
Una alarma sonó en su cerebro. ¡Santos estaba en peligro!. ¿Llegaría a tiempo para advertirle?. Había casi doscientos metros que lo separaban; y difícilmente su pesada figura sostuviera una corrida veloz hasta ellos, para llegar a apoyarlo.
¿Llegaría?.


Los dos hombres se acercaron a la camioneta.
- ¡Comisario!. ¡Lo habíamos perdido!. - exclamó Chico.
Santos no se percató del tono amable de Garmendia, inusual cuando se refería hacia él.
- Encontré unos regalitos allá atrás. . . Un tipo muerto con unos maletines. - Los ojos de ambos matones se abrieron, aunque el gesto quedó oculto por la escasa visibilidad - Y también encontré este chiche. ¡Al menos, algunos podremos volver más cómodos que con el culo partido en la montura de los caballos!.
Santos se rió, echándose para atrás con las manos en la cintura. En ese breve momento, el revólver apareció en la mano de Chico, mientras exclamaba:
- ¡Eso es lo que usted cree, estúpido ignorante!.
- ¡¡Santos!!! - gritó a la distancia Orestes, con la voz entrecortada por la agitación de la corrida.
El Chueco no atinaba a saber qué estaba pasando. Veía a su compañero intentando dispararle al comisario, a éste tirándose a un costado, y a una lluvia de plomo y fuego que venía hacia ellos. Por la distancia desde la que disparaba Orestes, la perdigonada se iba abriendo en abanico, cubriendo a cada segundo un rango mayor de impacto. El Chueco recibió la descarga de balines en la cara y el brazo derecho; la camioneta chispeó en toda su trompa, rompiendo los faros y parte del radiador; hasta Santos, que se había lanzado al suelo, sintió que una garra invisible le desgarraba el muslo, causándole un profundo ardor.
Pero el grueso del impacto se lo llevó Chico. Un puño descendió sobre su abdomen, y por efecto del golpe terminó desviando el destino de su disparo; con la velocidad de los sucesos, sólo percibió que sus ropas se empapaban rápidamente, manchando su camisa y parte del saco.
- ¡Al auto!. - gritó Chico.
El Chueco atinó a mandarse al lado izquierdo, opuesto al del conductor. No tenía armas, así que sólo podía cubrirse y esperar que terminara la balacera. Se agachó, quedando cubierto bajo el tablero del auto.
Las armas entablaron un largo diálogo. Santos y Orestes disparaban como enloquecidos, mientras que Chico corría hacia el volante, vaciando el cargador hacia donde estaba el comisario. Pedazos de hierba volaban, pero no alcanzaba a acertarle a Santos.
Logró subir a la camioneta y arrancó a toda velocidad; una lluvia de balas y perdigones cayó sobre la parte trasera del vehículo, hasta que los perdieron de vista.
Orestes se acercó a Santos. Estaba empapado en sudor, y el aire caliente que soplaba el viento no le ayudaba a recuperar el aliento.
- ¿Elías, estás bien?
- Sólo tengo unos arañazos en la pierna. ¿Vos?
Se palpó con cierto dramatismo fingido.

- Entero. Parece que el chaleco de grasa sirve.
- ¡Lo que pasa que los hijos de puta como vos tienen el cuero curtido y le rebotan las balas!.
Se rieron.
- ¿Y Choi?.
- Lo había mandado al caserón. . . ¡Uy, Dios!. - exclamó el doctor que, haciendo de tripas corazón, se lanzó nuevamente a la carrera hacia el edificio. Sus pulmones eran fuego puro.
Santos permaneció tirado en el suelo, recuperándose. Hubo un par de relámpagos y de pronto, una fuerte lluvia comenzó a caer. Toneladas de agua caliente formaron una densa cortina, tapando al caserón primero, y a la regordeta figura del doctor después.
Santos extendió la mano, hizo un cuenco y probó un poco de aquella agua; sabía agradable.
- El temporal rojo. - musitó. -
El Devorador de Tormentas ya estaba encima de ellos, desatando su furia.

 
 

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