Novelas y cuentos online: El Devorador de Tormentas, capitulo 9

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Por Alejandro Franco – contáctenos

Capítulo 9 – Ultimo tren al cielo

Santos vio el amanecer a través de la ventana; un Sol radiante en un cielo rojizo impecable, sin nubes ni amenazas latentes. La calidez de los rayos cruzaron los vidrios y saludaron con una caricia su rostro, deseándole buenos días.

Era increíble, pero nunca había deseado tanto ver el amanecer como aquel día. Quizás porque había estado a punto de perderlo para siempre. Un mal recuerdo que, como tantos, la memoria se encargaría de archivar en un baúl y lo hundiría en el abismo del olvido.

Su suerte había sido grande, inmensa. . . así como la de sus amigos. Los cabos estaban a salvo, aunque López quizás nunca pudiera jugar al golf. ¿Pero a quién le interesaba el golf?. El buen doctor Orestes solo había ganado una taquicardia; y el amigo Choi, un diente menos. Al menos, ahora se parecía un poco más a la verdadera gente de campo.

Ahora los jefes departamentales lo habían tenido en cuenta, y le habían contado la historieta completa; que un jefe mafioso había intentado comprar droga, que el intermediario había sido un policía corrupto que quiso quedarse con la mercadería y el dinero, y que el tiro le había salido mal, muriendo bajo las balas de los colombianos que la traficaban. El jefe mafioso mandó a dos matones – uno de ellos era otro policía corrupto – , sospechosos entre otras cosas, de haber liquidado a un comisario provincial en medio de una redada. Esa voz había llegado al jefe, el cual había decidido poner sus propias manos en el asunto, sospechando además que sus enviados tenían sus propios planes para el botín. Y después pasó lo que pasó, resolviéndose todo en un mortal juego de escondidas a medianoche en mitad del campo.

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Agradecieron a Santos los servicios prestados; su gran intuición para descubrir la cueva oculta, y la habilidad suya y de sus colaboradores para poner a los dos sujetos fuera de circulación.
El peritaje oficial halló a la camioneta despeñada junto al arroyo. El oficial corrupto se había abierto la cabeza por el impacto, pereciendo instantáneamente. . . en cuanto al otro matón, ya no había conclusiones oficiales, pues las circunstancias eran realmente extrañas; lo había encontrado a kilómetro y medio del accidente. Al parecer, llevaba horas caminando en círculos; sus heridas no parecían excesivamente importantes, más allá de unas costillas fracturadas. Pero tenía el cuerpo saturado de droga de máxima pureza. . . y de polvo de caliza, que había producido una mezcla realmente tóxica. ¿¿Pero cómo había llegado el polvo de caliza a mezclarse con la cocaína??.
Bueno, pensó el comisario, él solo había levantado todo lo blanco que estaba tirado en el piso, y lo había metido en el maletín; eso también incluía el polvo de roca que cubría el suelo de la cueva.
Pero dejando de lado esas sutilezas fruto de su negligencia, resultaba increíble y torpe el modo en que se había matado aquel hombre:tropezando y cayendo sobre su propia arma. Si no hubiera estado tan drogado, se hubiera limitado a seguir al arroyo o a las torres de tensión, y hubiera llegado en poco tiempo a un poblado, y hubiera logrado huir. Con aquel tiempo, recién se podría rastrear la zona al día siguiente, y recién 24 horas después hubieran podido concluir que se había fugado. Esas 24 hs era tiempo más que suficiente para irse del país con un kilo de droga que, rebajada, hubiera rendido varios millones.

Pero a veces el destino tiene esos chistes de humor negro que pocos entienden. Entre ellos, Santos.

El comisario sintió que aquella noche le habían dado otra oportunidad. Debía dar gracias por estar vivo, pero ahora debía saber que iba a hacer con los años restantes de su vida. Si la parca hubiera cortado el hilo, su existencia hubiera terminado opaca, como la de un hombre encasillado en la rutina y en las cuestiones banales.

Pero ahora, era un nuevo inicio. El comienzo del resto de su vida. No dejaría escapar la chance de ser feliz; si una noche similar se repetía, quizás no habría mas segundas o terceras oportunidades, y la señora de la guadaña reclamaría su cabeza.

Por eso, sus ojos abandonaron la vista hipnótica del amanecer, y se volvieron sobre aquel rostro tan delicado como curtido de la mujer a su lado. Yoli dormía profundamente, ajena a los pensamientos del comisario; Santos sonrió, y su diestra corrió con delicadeza un mechón de pelo rubio que cubría su frente. Como reflejo, Yoli le regaló una sonrisa, y siguió durmiendo.

El comisario se volvió nuevamente hacia la ventana. Efectivamente, el caso estaba cerrado, aunque quedaban un par de detalles que no eran menores. Como dónde había ido a parar el segundo maletín que contenía el dinero. Quizás el Cholo lo había perdido en su fuga hacia la cueva, estando herido de muerte. O lo hubiera escondido en algún lugar para recogerlo después. O tenía un cómplice que prefirió llevarse el dinero antes que la droga, ya que era difícil de comercializar y precisaba contactos. En todo caso, quedaría sepultado en las miles de hojas que formarían el expediente, y en los años y años que se tardaría hasta emitir un veredicto.

Quizás para entonces, Santos estaría muerto. O estaría retirado y viviendo muy lejos, con la Yoli. Porque, a final de cuentas, había decidido cortar las amarras e ir a buscar la felicidad, sin importar el costo.

Ahora su mano descansaba sobre aquel objeto sucio y golpeado, que él había escondido con sumo cuidado entre las rocas del arroyo, en la salida de la cueva secreta de los Pérez Costas, y que esa madrugada había regresado a recuperar.

Y mientras acariciaba el maletín de aluminio cargado con un millón de dólares, supo que ese era el ticket que precisaba para tomarse el último tren al cielo.

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