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Lo decía siempre en las charlas con la "bandita"
de chicos cuando se juntaban en la calle. Al regresar
a su casa y hablar con su padre, también expresaba
su interrogante. Seguramente para "Libro", apodo
dado a Ezequiel por su contracción a la lectura,
a diferencia de los otros chicos esa cuestión personal
se transformaba en tema preocupante, un destello íntimo
que lo laceraba y se traducía en un abismo en relación
con los demás. Su pregunta siempre se reiteraba
como una insistencia sin eco: ¿"Cuándo
volveré a ver a mi mamá"?
Solamente sabía que un día hacía
mucho tiempo sucedió algo que desconocía,
e intempestiva y abruptamente sin un por qué, la
madre desapareció de sus vidas dejando un hondo
vacío que hirió el andar de la existencia
familiar. A partir de allí, solo recordaba que
la responsabilidad para con los suyos se convirtió
en un andar por las calles que lo hizo crecer de golpe,
obligándolo a olvidarse de sus planes personales,
en especial los que tenían que ver con su evolución
dentro del arte y la cultura.
También, para desdicha suya, este año la
crisis económica del país lo privó
de continuar estudiando, y ante esta situación,
sintió manifestarse un conflicto entre el deber
y la necesidad. No tuvo opciones.
Pero el interrogante surgía a cada instante, en
todo momento. Cada día, cada mañana, cada
noche: "¿Cuándo volveré a ver
a mi mamá"?
A pesar de sentirse libre como las estrellas, transitaba
incontroladamente por ese camino en el cual su imaginación
se mecía dejándolo vagar como una hoja
de papel o como un globo que flotaba en su universo
personal, con pensamientos que rodaban hacia una playa
sin olvido cuyo retorno no tenía contención.
Sus ansias vacías no podían retener el
consuelo de la propia voluntad.
Buscaba, aferrándose e intentando detener el
vuelo de sus ideas, pero sin conseguirlo. Iban y volvían
por su mente sin continuidad. Sentía que invariablemente
intentaba hallar un sueño de felicidad que siempre
se le escapaba de las manos, aún a costa de la
lucha interna que no podía gobernar. ¡Con
qué calor cubría sus anhelos abrigando
un manto de esperanzas!
A instancias de la lluvia, esa mañana él
y todos los chicos de la calle que conformaban la banda
salieron. El hambre apretaba y había que buscar
el sustento diario. Sus cuatro hermanos pequeños
y su padre impedido confiaban en "Libro",
quien sentía el deber de protegerlos. El magro
subsidio estatal que su progenitor recibía mensualmente
no alcanzaba para nada. En cada jornada entretejía
sus horas con pequeñas changas, o a veces pedía
y recibía lo que le daban para llevar algo a
su casa. Lo impensado pasaba por robos esporádicos,
los cuales si podía evitaba, pues eran una forma
de vida que en vez de deleite le producía descargas
de adrenalina que lo ponían muy mal anímicamente.
Tampoco la droga nunca fue para él un factor
de seducción, y con elaborado juicio de autoprotección,
codificaba un programa de alarma personal, mentalizando
una barrera contenedora que apuntalaba y garantizaba
reducir riesgos. La sola idea de dejar desamparada a
su familia, hería sus fibras más íntimas.
Otra mañana: Con la modorra a cuestas se levantó
de la cama apenas caliente, preparándose como
cada vez para salir a buscar la luz del día.
El frío apretaba. Tapó a sus hermanos
estampándolos de besos como era su costumbre
siempre antes de salir. En esencia, "Libro"
edificaba un carácter frecuentemente muy cariñoso.
Volvió nuevamente el pensamiento que siempre
lo acompañaba: ¿"Cuándo volveré
a ver a mi mamá"? Le pesaron las penas del
espíritu, y aunque estaban unidas con una luz
que acompañaban las tristezas de su corazón,
la reflexión lo obligó a resignarse. De
todos modos, dispuesto, salió para ganar la calle,
enfrentando la responsabilidad diaria.
De solo pensar en las caricias de su madre que le faltaban,
sentía un nudo en las entrañas...
Generalmente le quitaba espacios de tiempo a sus noches,
leyendo e intentando enriquecerse con los libros que
a veces robaba en los supermercados o librerías.
Recordó a "Juan Salvador Gaviota",
"El Principito", "Ami", "Diálogos
con Luz", las poesías de autores nicoleños.
¡Cuánto había aprendido con tantas
páginas que desfilaron ante sus ojos formando
miles de ensoñaciones que le brotaban del alma...!
La lectura era un amigo fiel que cantaba melodías,
aquietando, alegrando y rescatándolo de las aflicciones
que lo rodeaban. Priorizaba sus aprendizajes de ilustrativos
recipientes con detalles que enriquecían su comportamiento
cultural. Había construido, una casa en su imaginación,
llena de libros. En ella se veía entre sueños,
abriendo una puerta que lo trasladaba a un sendero en
el cual encontraba un santuario eterno poblado de cultura,
mostrándose y abriendo el camino para que sus
sueños se hicieran realidad. Representaba un
pasaporte de fantasías para el vuelo hacia aquel
lugar infinito...
Aquella tarde la inquietud pobló de gozo su alma
cuando con los chicos fueron a la Feria del Libro. Días
antes había observado en muchos lugares los afiches
anunciando el evento y su mente disparó secuencias
de intenciones buscando la forma para concretar la idea
de ir. Dejó pasar el tiempo pensando que ya se
le ocurriría la manera de convencerlos. Entonces,
llevó a la banda medio como engañándolos,
ingeniando el modo para arrastrarlos consigo, porque
no veía la hora de poder observar y sentir la
cultura de la ciudad. Con buen lenguaje controlado para
no herirlos, intentó recomendar que se privaran
de hurtar. Todos le tenían respeto y acataron
la solicitud con disciplina. Solía ocurrir que
a "Libro" lo acometían pequeños
chispazos por enmendar lo que estaba mal, y con los
chicos, existían complicidades y lealtades que
se regían dentro de esa pequeña comunidad
delictiva. Así, aunque a ellos les resultó
una aventura más, pues solo se vieron extasiados
ante el panorama de color y la diversidad de formas,
la sensibilidad de Ezequiel encontró un nuevo
despertar en los rincones del corazón y supo
y pudo gozar plenamente, captando en la profundidad
de su espíritu toda la belleza cultural de cuanto
lo rodeaba. A la noche, llegó a su casa cargando
de sueños sus espaldas, pero apenado porque regresaba
indefectiblemente a una realidad transformada en un
encierro que bloqueaba sus ilusiones.
Había en su tristeza nobleza de autosacrificio...
Continuamente, cada vez, el único sueño
falto de contención, descubriendo ansias y tormentas
lo acompañaba como una ilusión:
¿"Cuándo volveré a ver a mi
mamá..."?
Siempre corría tras esa luz que deseaba hallar,
hacia aquel mundo que tanto anhelaba, y que le permitiera
gozar la paz. Con propósitos bien definidos resguardaba
su ánimo sensatamente, inclinándose por
no sentirse desestimado por las preocupaciones.
Así, en el interior del jardín de cristal
que solo a él pertenecía, una fuente interior
palpitaba sin cesar a cada paso de su vida, dibujando
una hoguera que no respiraba calma a su autodeterminación,
ni le ofrecía vínculos al sonido de las
circunstancias que lo rodeaban.
Sin embargo y a pesar de todo, vislumbraba que a través
de actitudes diferentes podía generar cambios
en su vida. Nunca lo dudaba y constantemente luchaba
por todos aquellos razonamientos que sus sentidos le
dictaban. Reconocía perfectamente el valor e
importancia de los códigos éticos y morales
de la sociedad, y por ello a los chicos de la banda
intentaba imponerles una variación de conducta,
principalmente para que aprendieran a ser mejores. En
su intención por adquirir conocimientos, generalmente
ponía en práctica el viejo principio tibetano
de que "El que más escucha, es el que más
aprende".
Muchas situaciones en la vida de la gente escapaban
a su raciocinio, por lo que no las entendía.
No comprendía por qué se distanciaban
tanto las familias, o los disgustos y separaciones que
ocurrían entre padres, hijos y hermanos. Creencias
éstas que peregrinaban lejos de la tolerancia
de lo que creía debía ser una comunión
fraternal. No justificaba ninguna razón en desacuerdo
con los mensajes del Dios que tanto amaba y confiaba
en sus íntimas conversaciones.
"Volver a ver a mi mamá..." Sí.
Para él sería como tocar el cielo con
las manos...
Aquella tarde se detuvo en la casa de música
al escuchar la melodía y trató de desmenuzar
en sus ideas la semejanza con que se atribuyó
una comparación a sus fuentes de vida. Le volaban
las fantasías. Cerró los ojos. Fue como
un sueño, quizá igual que si se hubiera
quedado dormido. La letra de Alberto Cortes lo transportó
sin querer a una somnolencia sin límites. Se
sintió también un perro, dejándose
llevar por lo que decía la poesía:
"Era callejero por derecho propio, su filosofía
de la libertad, fue ganar las suyas sin atarla a otro,
y sobre nosotros no pasar jamás. Aunque fue de
todos nunca tuvo dueño, que condicionaran su
razón de ser , libre como el viento era nuestro
perro, nuestro y en la calle que lo vio nacer. Era un
callejero con el sol a cuesta, fiel a su destino y a
su parecer, sin tener horario para hacer la siesta,
ni rendirle cuentas al amanecer. Era nuestro perro y
era la ternura, esa que perdemos cada día más,
y era una metáfora de la aventura, que en el
diccionario no se puede hallar..."
Lentamente, dispuso un candado a su imaginación,
trató de regresar a la realidad, e intentando
no derramar sus emotivas cargas sobre la canción,
consintió poéticamente esa brisa de dicha
momentánea que lo envolvió...
Para él no había historias terribles,
y a través de sus pensamientos intentaba no relacionar
similitudes con la crudeza que lo rodeaba. Muchas veces
buscaba marginarse a través del silencio, abandonando
por conveniencia aquellos períodos en los que
la desesperación quería atacarlo.
Cuando a solas y en silencio solía hablarle a
su madre le cuestionaba ciertas cosas que le brotaban
de adentro preguntando: "Mamá..., vos un
día me pariste, entonces, ¿por qué
me abandonaste...?" Allí, reflexivo y dejando
de lado la angustia, recordaba los versículos
de la Biblia. Era un asiduo lector de los evangelios
y ya había perdonado a su madre las más
de setenta veces siete que predicaba Jesús a
sus discípulos en esa parábola que tanto
recordaba. Había aprendido a orar por las noches
antes de acostarse, y utilizaba también sus meditaciones
como un medio para olvidarse del frío. De un
antiguo manuscrito oriental se había instruido
sobre ciertas disciplinas de respiración, las
que a veces lo ayudaban generosamente para equilibrar
mejor la salud cuando el cansancio del trajín
del día lastimaba todo su cuerpo.
En algunas oportunidades en que el vagabundeo con la
banda permitían hacer un descanso, se ponían
a hablar del Sida, un tema que les producía mucho
miedo y preocupación. Por eso cuando un día
uno de los chicos robó varios elementos de librería
y encontraron entre medio de ellos aquella carpeta con
tanto material preventivo sobre la afección del
HIV, amablemente los hizo partícipes de la cuestión
para que supieran cómo cuidarse, evitando enfermarse.
Le guardaban confianza y todos escucharon atentamente
cuando habló que la teoría dice que el
origen proviene de los monos verdes del Africa, señalando
los elementos del organismo que atacan el virus, la
causa y formas de contagio. Resultó una lección
que dejó a todos muy pensativos. Para "Libro"en
cambio, quedó la satisfacción del deber
y servicio hacia esa hermandad participativa con los
chicos de la calle.
Quizá lo presintió. Esa noche al regresar,
faltando muy poco para llegar a su casa y mirar el cielo
como acostumbraba, notó que las nubes formaban
un concierto de banderas matizado de colores distintos.
Le pareció que una percepción desacostumbrada
abría un canal de alarma en sus instintos.
No fue una noche más. El llanto silencioso acompañando
la tristeza en los ojos de su padre delató significativamente
el dolor de la noticia. La carta abierta sobre la mesa
explicaba los detalles de la muerte de su madre.
El orden de sus pensamientos se marginó del mundo
y comprendió que para él ya no habría
un punto de retorno para sus interrogantes. La fortaleza
que siempre conquistó edificando circunstancias
vitales, ahora lo volvió frágil y vulnerable...
Lo invadió una sensación de angustia.
Por primera vez en su vida, se sintió inmensamente
desprotegido.
Desolado e inundado de pena, "Libro"comprendió
que su sueño se había desvanecido, y ya
nunca más volvería a ver a su mamá...
CARLO SOFIA |