Opinión: La Inutilidad de los Monjes de la Guerra

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Opinión: La Inutilidad de los Monjes de la Guerra
El monje budista Thich Quang Duc se suicida a lo bonzo en Junio de 1963 con el fin de protestar y detener la guerra de Vietnam; pero la muerte de un pacifista es sólo una gota en el océano de sangre desatado por burócratas militares y políticos, quienes han mandado a una generación entera a morir en la letal jungla dominada por el VietCong

Por Alejandro Franco – contáctenos

En la Primera Guerra Mundial 300.000 hombres – lo que sería la población de una ciudad mediana de Argentina – murieron en la Batalla de Verdún, una carnicería que se extendió durante 11 meses y que no sirvió para cambiar la guerra. En la Segunda Guerra Mundial Adolfo Hitler, enfurecido por el diezmamiento de sus fuerzas alrededor de Stalingrado, le ordenó a su general del frente ruso que resistiera hasta morir… cosa que el oficial claramente no hizo ya que sus tropas llevaban años de hambruna y falta de municiones. En la Guerra de las Malvinas un gobierno tiránico mandó al muere a miles de jóvenes conscriptos, pensados como fuerza de ocupación de una isla perdida en el sur del Atlántico y a la cual, estimaban, nunca volverían a reclamar los ingleses ya que deberían hacer un esfuerzo titánico nunca antes visto, atravesando medio mundo para intentar recuperarla (eso sin contar que los planes y la logística utilizados tenían décadas de antigüedad).

Las guerras son inútiles porque están plagadas de decisiones tácticas y estratégicas completamente estúpidas. De parte de los “monjes de la guerra”, individuos que viven para el formalismo (General, sí mi General!)  y que tienen el culo sentado en un escritorio a cientos o miles de kilómetros de la zona del conflicto y dando órdenes sin salpicarse de sangre. Gente que ve las posiciones en un mapa y piensa que juega al ajedrez con el enemigo donde cada peón equivale a una división compuesta por miles de seres humanos. Los dichosos monjes de la guerra son realmente inútiles a la hora de batallar simplemente porque no toman decisiones eficientes y “tantean” el terreno y las debilidades del enemigo, sacrificando miles de individuos en cada prueba que le da algo de información – inútil, por cierto – al general de turno. “En ese punto el enemigo está fuerte”. “Bueno, confirma mis sospechas”, y sigue con lo suyo con la conciencia libre de todo cargo y culpa después que decenas, cientos o miles murieron para probar su tesis de laboratorio.

La Primera Guerra Mundial es un ejemplo cabal de esa inutilidad propia de los altos mandos militares. Para ser un general eficiente deberías estar en guerra todo el tiempo y aprender nuevas tácticas todo el tiempo, pero todos estos tipos – alemanes, franceses, ingleses – llevaban décadas sin enroscarse en ninguna refriega. Como sus ejércitos eran masivos pero su armamento era ineficiente, decidieron hacinarse en cientos de kilómetros de trincheras con el fin de fortificar (y hacer inexpugnable) los territorios ocupados. Ahora a las muertes en batallas se le agregaban las muertes por las enfermedades de las trincheras, las cuales sumaban números iguales o superiores en algunos casos – las napas de aguas contaminadas por la descomposición de cadáveres del campo de batalla, la proliferación de las ratas, el frío y la humedad extrema -; y, por si esto fuera poco, los números aumentaban por la ineficiencia de las desfasadas tácticas de guerra, donde los generales ordenaban suicidas cargas de bayoneta en la “Tierra de Nadie”, algo totalmente estúpido considerando que un rifle de la época podía matarte a 350 metros de distancia y que los alemanes hacían tiro al blanco desde sus trincheras. Pero vaya uno a explicárselo a los generales franceses de turno, que creían que todavía estaban en la Guerra Franco Prusiana de 1870. No solo eso; en la Batalla de Verdún antes mencionada los generales franceses empantanaron el avance alemán con miles de cadáveres, una multitud de soldados enviados a morir con tal de agotar las municiones del enemigo y enlentecer la invasión hasta la llegada de refuerzos frescos desde París.

La historia está plagada de decisiones militares atroces y, lo que es peor, el mundo no fue mejor después de cada guerra. Miles (sino millones) de familias quedaron truncadas: se perdieron generaciones enteras o quedaron seriamente traumatizadas: gente perseguida hasta la muerte por las peores pesadillas – de la matanza, de los cadáveres, de la sangre y de los estruendos de la artillería; del frío extremo, la soledad y la hambruna; de la pérdida de amigos y compañeros en una refriega inútil -; mutilados incapaces de retomar sus vidas. Pero, mientras tanto, una caterva de generales se ha llenado el pecho de sangrientas medallas, venerados estrategas que solo mandaron a la muerte a miles de corderos con la excusa de la defensa de la Patria. Si hay algo que nunca te pediría tu Patria es que mueras en una guerra inútil, sangrienta e injustificada, porque tu Patria representa el espíritu de tu Nación y nunca querría que pongas en riesgo tu vida (a la que valora tanto) por algo que solo es la ambición de un puñado de políticos. Los gobiernos disfrazan sus excusas de causas nobles, patrióticas y hasta humanitarias cuando solo desean apropiarse de tierras ajenas, buscar una excusa para dar vuelta la opinión publica que le es reacia, o intoxicar la mente de los pueblos con un falso nacionalismo. Un gobierno no representa tu Patria – mucho menos cuando es una dictadura! -, y es solo un conjunto de individuos plagados de secretas ambiciones que busca utilizarte para obtener un beneficio personal. Los países ya tienen limites; entonces… ¿por qué cruzarlos?. Pero lo peor de todo es que, cuando ofreces tu vida en haras de una causa tildada de patriótica, estas poniendo tu cuerpo al servicio de un grupo de individuos que no saben nada sobre como librar una guerra eficiente – oh, si, los Estados Unidos pueden liquidar a un país chato como un arenero en menos de un mes gracias a toda su super tecnología de satélites y armas de ultima generación… pero los quiero ver empantanados en una jungla, al estilo Vietnam (¿o la selva amazónica en un futuro no muy lejano?) donde la guerra de guerrillas es imposible de aplastar -, se la dan de genios y te mandan al muere para sacarse de una duda sobre donde atacar. La Patria es otra cosa, no es seguir las ordenes del desquiciado de turno sino el estado de  justicia y bienestar de los individuos que integran un país y que se reconocen como integrantes de un grupo, en donde la Patria es el espíritu que los une. Pero la historia está infestada de miles y miles de matanzas cometidas con la excusa de la defensa de la Patria (sin ir mas lejos, la historia argentina de la década del 40 hasta los 80s), de la invención de enemigos (internos y externos) y del avivamiento del espíritu para tomar las armas en pos de causas injustas o inexistentes. Y tras ello hay gobiernos y generales, tipos a los que no se les mueve un pelo por enviar a la muerte a cientos o miles de personas, individuos escasos y realmente especiales cuya amoralidad está mas allá de todo lo conocido.

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