Cine, TV, Video: crítica: La Batalla de Argelia

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La Batalla de Argelia – filme prohibido durante la dictadura – es una muestra del cine político de los 60. Una historia sin héroes ni villanos, simplemente la cruel realidad política de los sesentas.

Por Alejandro Franco – contáctenos

La battaglia di Algeri / The Battle of Algiers – Director: Gillo Pontecorvo; Intérpretes: Brahim Hagiag, Jean Martin, Saadi Yacef

La Batalla de Argelia (1965): comentamos el clasico film de Gillo Pontecorvo sobre la guerra de la independencia de Argelia Los sesenta fueron la década de los cambios. La implantación de la Guerra Fría, la década revolucionaria, las transformaciones en la vida corriente de la gente, los cambios socio políticos que culminaron con la generación del actual panorama mundial.

La realidad es que los sesentas fueron una decada radical, y la globalización de los conflictos entre Occidente y Oriente se extendieron a todo el planeta. Si bien es cierto que la lucha por la independencia en Argelia no tiene la misma impronta que las guerrillas revolucionarias a lo largo de América, gran parte del formato de lucha está formado en la cuna del castrismo cubano. La guerra por el terror, el desarrollo de la guerrilla urbana, los cuadros paramilitares…

En la trasnoche de Canal 7 tuvimos ocasión de ver el otro día La Batagglia di Algeri, el multipremiado film de Gillo Pontecorvo. Es otro hijo de una decada convulsiva, al igual que productos similares de Costa Gavras o de otros cineastas italianos.

Como todo filme político, es uno muy desparejo y desbalanceado. Pontecorvo intenta ser objetivo y adopta una visión documental, pero sigue siendo una película tendenciosa. Gran parte de esto tiene que ver con la génesis del film: mientras que los productos italianos querían filmar desde el punto de vista de un soldado francés desencantado con las acciones de su país (los ocupantes de Argelia desde hacía más de 130 años), la producción argelina quería centrarse exclusivamente en resaltar los aspectos heroicos de los pro líderes revolucionarios. El resultado es bastante mixto, quedando en un intento de balancear ambos puntos de vista.

El film comienza contando la formación del Frente de Liberación Nacional, desde la óptica de Alí La Pointe. Alí es analfabeto, musulmán, y un criminal de poca monta que vive en la Casbah, el sector musulman de la ciudad capital de Argelia. Contactado por el FLN, Alí se suma a sus huestes y comienza a desarrollar atentados aislados contra las fuerzas policiales francesas. Cada sorpresivo asesinato de un policía o el ataque a una comisaría tiene por objetivo obtener armas. Cuando el FLN se ha armado, comienza a detonar bombas en dependencias francesas (hoteles de lujo en el sector occidental de la capital, oficinas de Air France, etc).

Ya el comienzo del film se muestra exagerado y manipulador, mostrando a Alí como una víctima, siendo despreciado e insultado por los europeos residentes en la capital, perseguido por la policía. El tema es que Alí no es ningún héroe – es un individuo necio, arrebatado y oportunista -. Además cada acción del FLN es netamente cobarde – asesinatos por la espalda a los policías callejeros, plantar bombas en negocios atestados de gente, donde incluso hay niños -. Uno puede notar la opresión francesa y las tensiones raciales que existían en aquel momento, pero de ningún modo puede justificar el asesinato de inocentes por causas políticas y revolucionarias.

Si la intención de Pontecorvo era glorificar a los revolucionarios, resulta obviamente un fracaso ya que la audiencia se aleja de ellos y termina por detestarlos. En cambio donde el filme es mucho más acertado es en su visión de la escalada de la violencia (y de la locura), donde cada facción se vuelve más radical y sangrienta.

El giro que realiza el filme es con la llegada del Coronel Mathieu y su tropa de paracaidistas franceses, los que terminan por aplastar a la insurgencia. Todo el razonamiento de Mathieu es de una lógica fría e impresionante, donde el fin justifica los medios. Esto implica capturar gente en la Casbah, torturarla y comenzar a obtener datos de cómo se compone la red del FLN.

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Lo que resulta estremecedor es que, a partir del arribo de Mathieu, el film pasa a ser otro y termina por convertirse en un seudo manual del guerrillero / manual del opositor a la guerrilla. Los elementos que componen ambos bandos son detallados en lo más mínimo. Desde la organización en células donde cada integrante del FLN solo conoce a dos subalternos reclutados y a su superior – manteniendo el aislamiento de la organización ante posibles capturas – hasta todos los procedimientos militares para purgar la revolución – secuestros y torturas, lanzamiento de volantes, emisión de noticias erróneas -. Uno imagina cuántos militares y cuantos guerrilleros habrán aprendido de las técnicas mostradas en el film.

A pesar de no ser balanceado, el Coronel Mathieu es lo más parecido que aporta el film sobre lo que sería un personaje reflexivo. Uno no puede sentir simpatía por un torturador, pero el perfil de Mathieu es sin dudas carismático. El gran problema que tiene la película (y el cine político en general) es que falta un caracter que termine por filosofar sobre la naturaleza del conflicto y de la violencia. Aquí en cambio son fuerzas disparadas la una contra la otra en un camino imparable de destrucción y sangre. Cada individuo está ensimismado con su causa, aunque ello signifique sesgar vidas inocentes en el camino.

Es un gran film, pero sigue siendo una película polémica. Desde el OLP hasta los Tupamaros, desde la ESMA hasta las esferas militares de Washington (en los sesentas o ahora, con la ocupación de Irak), la cinta ha sido proyectada a públicos de todo tipo de color político como material de discusión e incluso de entrenamiento. Gracias a Dios los sesenta han pasado, pero igual hoy sus fantasmas asolan, de vez en cuando, nuestra mente y nuestros recuerdos.