Cine, TV, Video: crítica: El Increíble Burt Wonderstone (2013)

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El Increible Burt Wonderstone intenta ser una sátira de la banalidad reinante en el show business de Las Vegas y, apunta sus dardos especialmente contra los ilusionistas mediáticos. El problema es que se queda en el maquillaje y no ofrece mayor substancia a excepción de Jim Carrey, el cual se deleita ofreciéndo una perfomance mucho más oscura que lo habitual. 2/5

Por Alejandro Franco – contáctenos

El Increible Burt Wonderstone Desde que Will Ferrell comenzó a crearse un nicho con comedias basadas en la biografías de personajes épicos e inexistentes (desde Ron Burgundy hasta patinadores sobre hielo, corredores de autos, y un larguísimo etcétera), hubo varios comediantes que creyeron poder explotar la veta y hacerse unos dólares con ella. No es que lo de Ferrell sea particularmente gracioso pero al menos fue innovador al principio… hasta que comenzó a saturar y a demostrar que se trataba siempre de los mismo, sólo que con personajes camuflados con maquillajes y profesiones diferentes. Algo así – degastado y sin gracia – se siente con El Increíble Burt Wonderstone. Todo es exagerado y aburrido, y las cosas sólo parecen revivir un poco cuando Jim Carrey entra en escena. Lástima que lo de Carrey no dura lo suficiente como para rescatar a una comedia sosa y triste.

Esta es la historia de un dúo de magos de éxito de Las Vegas, Burt Wonderstone (Steve Carell) y Anton Marvelton (Steve Buscemi), los cuales entran en crisis después de décadas de trabajar juntos. La fama y el dinero ya tienen empachado a Wonderstone, y ni siquiera siente la amenaza de una nueva oleada de magos muchos más arriesgados y desprejuiciados como el salvaje ilusionista callejero Steve Gray (Jim Carrey) – un tipo capaz de hacer las más improbables proezas físicas, sea dormir en un lecho de brasas, o taladrarse el cráneo sin anestesia -. Ego mediante, termina echando a su compañero de equipo y pronto el acto demuestra tener sus limitaciones, ya que él solo no puede hacerse cargo. Con el auge de Gray y la baja de popularidad de Wonderstone, pronto queda en evidencia que sus días están contados, tras lo cual le cancelan su contrato y termina dando funciones callejeras en lugares de mala muerte. Sólo una vez que muerda el polvo terminará por reencontrar el sabor y la fascinación que le había provocado la magia cuando era pequeño, especialmente después que se encuentra con su ídolo de la niñez, el gran ilusionista Rance Holloway (Alan Arkin), el cual languidece en sus últimos días de la vejez en un modesto asilo.

El libreto es chato, pero también es cierto que la perfomance de Carell es demasiado monocorde. Es un cretino charlatán, pero su Wonderstone no difiere demasiado del aburrido burócrata que interpretó en The Office durante años – al menos su Michael Scott era capaz de tener salidas graciosas -. Acá el tipo vive para sí mismo, y las ocurrencias no son exactamente cómicas. Jamás se siente como otra cosa que no sea una caricatura, y ni siquiera el contrapunto con Olivia Wilde sirve para humanizarlo – curiosamente la tibia perfomance cómica de Wilde es lo mejor que tiene para ofrecer la película durante la primera media hora -. Las cosas se sazonan un poco con la entrada en escena de Carrey, el cual hace de salvaje amoral y se erige como una figura ambigua y amenazante. Mientras que por un lado Carrey obtiene las mejores carcajadas, por el otro lado destila una oscuridad propia que haría juego en un filme de sicópatas asesinos. Lamentablemente no hay nadie en el filme que ponga en su papel el mismo nivel de intensidad de Carrey, o que al menos intente ensayar algo fuera de su zona de confort. El recientemente desaparecido James Gandolfini aparece poco y nada, Alan Arkin sigue con su línea de veteranos amables y delirantes, y Buscemi acepta papeles payasescos que atentan contra su reputación como fino intérprete.

El Increíble Burt Wonderstone es pasable únicamente como material de cable. No vale la pena pagar la entrada ni el precio del alquiler en el videoclub. Carece de filo y se engolosina con sus ropajes de seda y sus nombres estrafalarios, pero no tiene ni alma ni comicidad para salirse de lo que resulta a todas luces previsible. Es una comedia de las que más vale perder que encontrar, no porque sea atroz sino porque divierte poco y nada, con lo cual sería mejor seguir eligiendo en el catálogo para optar por otra cinta enn la cual invertir mejor 90 minutos de nuestro valioso tiempo.