Historias de vida: acerca del exilio

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Abandonar tu patria o tu ciudad de origen para ir a otras tierras en busca de un mejor estilo de vida entraña un duelo y un proceso de adaptación que no todos logran superar. No sólo se trata de aceptar la pérdida y los cambios, sino de echar raíces en la nueva tierra, formar familia y amigos y encontrar tu lugar en el mundo, ése donde encuentres cosas que te hagan sentir cómodo como en tu propio hogar.

Historias de vida: acerca del exilio

Por Alejandro Franco – contáctenos

Conozco muy pocas personas que no son inmigrantes. Inmigrante no es solo aquel que ha dejado su país, sino también comprende al que ha dejado a su pueblo, su ciudad o su provincia y se ha ido a un lugar lejos, extraño, desconocido en busca de un trabajo, un sueño o un mejor estilo de vida. Uno no migra porque quiere sino porque no le queda otra; en donde vivíamos el dinero no alcanza, había perturbaciones políticas o económicas, o directamente se nos viene encima la guerra. Abandonamos nuestras raíces, nuestros recuerdos, partiendo a una tierra extraña donde no conocemos a nadie y en donde esperamos reconstruir nuestra vida.

Vivir en el exilio es una de las cosas mas dolorosas que existe. Como no somos locales corremos el riesgo de ser discriminados. Las costumbres locales son diferentes a las nuestras. El ritmo de vida es otro y, cuando se trata de las grandes ciudades, es perturbador: un hormiguero de gente en todos lados, ruido todo el tiempo… y aislamiento. Puedes pasar años sin conocer a los vecinos que viven en tu mismo piso. La gente es indiferente y vive en su mundo, y puedes salir disfrazado y con el pelo teñido de rosa que los transeúntes apenas te dirigirán una mirada de curiosidad.

Yo vengo de la tercera generación de inmigrantes. Mi bisabuelo viajó de España a Uruguay a principios del siglo XX, formó familia y tuvo hijos; después mi tío decidió probar suerte en Argentina y hacia allí partimos todos en 1985; y 17 años mas tarde yo decidí salir de Buenos Aires e irme a una ciudad del interior, alejándome del caos de la crisis del 2001 y buscando una segunda oportunidad en San Nicolás de los Arroyos, la tierra de María.

Si cada exilio es una decisión forzada, nos corresponde a nosotros el proceso de aceptarla e integrarnos a nuestra nueva patria. Pero el proceso duele porque dejas atrás las cosas que mas quieres – amigos, lugares con historia, recuerdos, costumbres – para ir a un territorio alienígena donde la cultura es otra, donde el ritmo de vida es abrumador, donde la soledad es aterradora. No hay lugar en el mundo en donde estés mas solo que en las grandes ciudades.

Pero primero debes ver por qué te has ido. En mi caso, me fui de Uruguay porque vivíamos mal, comíamos con lo justo, no teníamos cobertura médica, salir al cine o a comer afuera era un lujo, y uno usaba ropa que iba quedando de otros familiares. Siempre recuerdo que cuando llegué a la Argentina me empaché atiborrándome de yogures y gaseosas porque eran cosas que no podía comprar en Uruguay. Entonces llega un punto en que te preguntas: si tu Madre Patria te ama, ¿por qué te ha hecho la vida miserable a tal punto de tener que abandonarla?. Eso no implica automáticamente que uno ame la nueva patria adoptiva, pero baja la barrera de los resentimientos. Ahora, con las necesidades cubiertas, es hora de ser feliz. Porque mejores ropas, salidas a doquier, viajes y golosinas a granel no te hacen automáticamente feliz: te puede hacer sentir mas desgraciado si no tienes con quién compartirlo.

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El paso siguiente en el proceso de digerir el exilio es la necesidad de echar raíces. Uno no puede vivir en una burbuja pensando que ésta es una situación pasajera y que el regreso a la Madre Patria estará disponible, tarde o temprano, en mejores condiciones. Es hora de integrarse, de casarse, de tener hijos. Y cuando los tienes y no has conseguido ser feliz en la nueva tierra, entonces debes asumir el sacrificio, de que te quedarás porque esta tierra le plantea un futuro aún mejor a tu progenie. Es matar nuestro egoísmo de la idea del regreso constante y pensar en el bienestar de aquellos a quienes le hemos dado vida y por quienes nos preocupamos.

Mi madre decía que la patria está donde está el trabajo. Pero también es cierto que no todas las ciudades son para cualquiera. Si la locura estresante y el egoísmo generalizado de Buenos Aires me agobiaron, entonces el destino me presentó la oportunidad de irme a vivir a una ciudad del interior, huyendo del caos de diciembre 2001 cuando el país estaba en llamas. Porque allí encontré esposa y formé familia, y porque encontré otra clase de gente – la cultura del vecino, el saludo del conocido por la calle, la gente solidaria y educada, la amabilidad y los buenos modales – que yo tanto extrañaba de Uruguay. Y porque San Nicolás se parece mucho a Piriápolis, un balneario uruguayo que me gustaba mucho, con dos calles centrales llenas de negocios y carteles, y una hermosa rambla junto al río Paraná. Al fín había encontrado mi lugar en Argentina, había encontrado mi gente y habia encontrado la felicidad. No dejo de amar a mi Uruguay natal, pero ya no lo extraño, simplemente porque encontré mi lugar en el mundo. Y si tu has migrado a otro país y te sientes infeliz, te sugiero que lo recorras y veas otras ciudades y otras personas: ya encontrarás un pueblo o una ciudad con la cual te identificarás, te sentirás a gusto y verás que vale la pena el sacrificio de intentar echar raíces allí, simplemente porque nosotros buscamos las cosas que nos resultan conocidas o parecidas para sentirnos cómodos, perder el miedo y lanzarnos a la aventura de vivir en una tierra que ya no nos parece tan extraña.