Cine, TV, Video: crítica: El Método Kominsky (serie, 2018)

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Grandes actores no hacen a una gran comedia. Aquí hay momentos aislados y errores de tono, y en general se deja ver pero es como si la serie no supiera el rumbo que quiere tomar.

crítica: El Método Kominsky (serie, 2018)

Por Alejandro Franco – contáctenos

Si he de ser honesto, lo que mas me impresionó de El Método Kominsky es verlo a Michael Douglas destruidísimo. Ok, tiene 74 y parece hace un millón de años cuando este tipo aparecía desnudo después de transarse a Sharon Stone en Bajos Instintos (y toda una serie de thrillers eróticos circundantes, desde Atracción Fatal hasta Disclosure), pero está visto que el cáncer le ha dejado secuelas. Alan Arkin, con 84 pirulos, se ve mucho mas fresco y cómodo con la edad. Douglas está chico, consumido, arrugado y usa ropa mucho mas grande que la que debiera. Se hace el galán y, aunque es un tipo carismático, la pinta no lo acompaña. Para el personaje – un actor venido a menos que se refugia en una academia de actuación en Hollywood, y que se transó a la mitad de las actrices famosas de la meca del cine cuando era joven – está bien, pero igual su apariencia sigue siendo distrayente. Al menos en la saga de Ant-Man quedaba mejor con una barba tupida.

El Método Kominsky viene de la mano de Chuck Lorre, un fabricante en masa de sitcoms de éxito como Dos Hombres y Medio, That 70 Show, The Big Bang Theory y una tonelada de títulos mas. Acá Lorre saca el pie del pedal y pone mas drama que comedia en la historia de un actor viejo, solitario y fracasado que sobrevive gracias a su amor por la actuación, y a su agente, tipo millonario y fiel, excelente amigo que acaba de perder a su esposa de casi 50 años y para el cual la soledad es el limbo. En si, la historia de Arkin es mucho mas interesante que la de Douglas, ya que el tipo debe seguir con la rutina y salir al mundo sin el apoyo de su compañera de toda su vida. Es Arkin quien saca lustre a su chapa de actor en todas sus escenas, sea llorando por el duelo de su amada o bardeando a Douglas mientras le da un préstamo que sabe que no lo va a poder devolver. Douglas está en el centro de la escena, pero es un tipo mas ríspido: es como una versión anciana del Charlie Sheen de Dos Hombres y Medio, un mujeriego que no pudo calzar con nadie y que hoy sobrevive con su arte y su hija, la mas adulta de los dos y quien le tapa todos los agujeros. Ahora Douglas se mete con una alumna (Nancy Travis, la dulzura en persona y una suerte que la hayan rescatado del olvido), la cual es una cincuentona separada con la vida hecha y que no tiene ganas de soportar a un papanatas cabeza fresca como don Michael.

Mientras hay momentos geniales – algunos monólogos de Douglas sobre el arte de la actuación, Arkin reflexionando sobre la muerte -, hay otros en cambio que bordean la desidia y hasta el mal gusto. Douglas es tan egoísta con la Travis que es un milagro que le de una oportunidad; y toda la historia con la hija adicta de Arkin (Lisa Edelstein, desperdiciada en un papel menor) es cruel, porque el padre ya no quiere luchar para recuperarla de sus adicciones aunque sea la séptima vez que la interna. La dupla de ancianos literalmente se borra de la clínica donde la internaron sin siquiera despedirse, y no hay un segundo de compasión en Arkin, como si su hija fuera un terrible comic relief que solo existe para hacer malos chistes sobre las drogas.

Con un balance desparejo, The Kominsky Method se deja ver, y ojalá reciba una pulida en la segunda temporada. Hay grandes actores, hay mucho carisma y hay un puñado de cosas interesantes, pero por otra parte estos personajes no dejan de mostrarse como dos supremos misántropos que tienen a las perdidas raptos de compasión y solo con aquellos que los han soportado durante años. Cuando los humanicen por encima de lo mínimo, The Kominsky Method puede convertirse en una gran serie, superando los dolores iniciales del parto.

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